Ha muerto Marta Harnecker, una amiga, una maestra. Con ella aprendí a entender el mundo, con ella me formé como intelectual, como militante, como persona. Sus «Cuadernos de educación popular» han sido leídos, releídos, subrayados, devorados. Su «Conceptos elementales del materialismo histórico» ha sido mi libro de cabecera durante años. Guardo como un tesoro su dedicatoria en el libro «América Latina. Izquierda y crisis actual«.

Coincidí con Marta Harnecker varias veces, en Cuba. Me la presentó otro amigo, otro maestro también muerto hace unos años: Ernesto Gómez Abascal. Esas veces siempre comíamos juntos y las tertulias se alargaban, y se alargaban… Las discusiones entre el maestro y el alumno sobre Oriente Próximo eran seguidas con avidez por Marta, siempre deseosa de conocer el estado de los movimientos populares en el mundo. Un mundo que Ernesto conocía a la perfección y en el que yo me iba asentando.

Marta no se cansaba de preguntar, de apuntar, de conocer, de analizar. Marta siempre ponía el contrapunto a nuestras casi eternas discusiones con una sonrisa, siempre hacía la pregunta adecuada, la pregunta mordaz. No tenía miedo de reconocer que había cosas que desconocía, y se empapaba de ellas con avidez. No se cansaba de conocer, no se cansaba de analizar, no se cansaba de estudiar. Así ha vivido, así ha muerto. Y gracias a ello muchos, muchas hemos aprendido.

Si ya estaba casi huérfano con la muerte de Ernesto, ahora estoy huérfano del todo.

Hasta siempre, maestra, hasta siempre.

El Lince

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