La entrega y el amor de los médicos cubanos es reconocida y agradecida en todos los países en que ofrecen sus servicios. Foto: Omara García Mederos

Cuando el Dr. Hernández Pina decidió quedarse en la ciudad de Remedios, apenas existía un grupo de médicos colegas suyos en la antigua provincia de Las Villas. La profesión había sufrido los azotes de la propaganda contrarrevolucionaria y muchos se marcharon, creyendo en los cantos de sirena y en la parafernalia anticomunista, que satanizaba a la naciente Revolución Cubana. Hernández, hombre de probada solidaridad, mantuvo su consulta particular, mientras se integraba al sistema de salud que Fidel Castro había definido desde el propio Programa del Moncada.

Sesenta años después, con la graduación de este 2019, ya la Revolución ha formado 376 608 en diferentes ramas de las Ciencias Médicas. Muchos, como el Dr. Hernández Pina, tuvieron la enorme tarea de convertirse en pedagogos y hacedores del nuevo hacer humanista forjado desde 1959.

LA VOLUNTAD POLÍTICA

Durante la República neocolonial, la Mayor de las Antillas estaba ocupada por marines estadounidenses, el número de doctores era bajísimo, mucho menos el de las consultas disponibles, y a pesar de la campaña para sanear la Isla de numerosas plagas, la cobertura sanitaria siguió siendo casi la misma durante más de medio siglo. Se trataba de un sistema calcado del estadounidense, donde la mayoría de los médicos se graduaban en las excelentes universidades del norte, pero carecían, en muchas ocasiones, de la visión social y humanista que debe acompañar a la profesión. Otros, sin embargo, estaban entre los que –al decir de Fidel– «salían de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica».

En el juicio del Moncada, Fidel denuncia que una enorme cantidad de niños del campo morían de enfermedades curables, y describe con exactitud las pésimas condiciones en que la mayoría de las mujeres debían dar a luz. Esa era solo una de las aristas de la pésima situación de salud en que vivían los cubanos en 1953.

«El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. La sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura, pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos, agonizando entre los estertores del dolor, y cuyos ojos inocentes, ya en ellos el brillo de la muerte, parecen mirar hacia lo infinito como pidiendo perdón para el egoísmo humano y que no caiga sobre los hombres la maldición de Dios. Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses al año, ¿con qué puede comprar ropas y medicinas a sus hijos? Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción. El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, sólo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siempre igual o peor», señalaba el joven abogado.

Hoy, desde las redes sociales en internet y algunos medios de manipulación, se insiste en reconstruir esa Cuba prerrevolucionaria como si todos aquellos problemas «no existían» y por otro lado, no cesan los ataques contra el sistema de salud cubano revolucionario, una obra tan inmensa que ninguna persona racional de este mundo se atrevería a desmentir.

Logros como los programas de vacunación a recién nacidos y niños pequeños, el sistema de atención materno-infantil, con el control estricto a los indicadores desde el embarazo, han permitido una baja tasa de mortalidad infantil y el aumento de la esperanza de vida a niveles altamente reconocidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y por quienes dan seguimiento permanente a los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas.

Y es que, ante todo, se ha impuesto la voluntad política de un país, de un gobierno, de un pueblo que construye todos los días una sociedad lo más justa posible.

NO SOLO MÁS MÉDICOS

Cuando el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ofendió a los galenos cubanos y cesó el contrato con el Programa Más Médicos, se puso de manifiesto el dolor de muchos sudamericanos, quienes perdían a seres que eran afecto, entrega, profesionalidad y altruismo; eran, más que médicos, su propia familia. En la memoria de millones de brasileños sin recursos –como en la de muchos otros pueblos del mundo– está la imagen del cubano abnegado.

Todavía algunos se preguntan de dónde sale la fuerza de Cuba para resistir tanto, como si el país no tuviera muchos como el doctor remediano Hernández Pina, desde los mismos orígenes de la nación. Fueron esos hombres quienes enaltecieron la dignidad martiana en un país donde cada persona tiene la misión de convertirse en apóstol de un mundo más humano, como lo soñaron los locos de amor del centenario de Martí, hace ya 66 años.

Decía también el entonces abogado Fidel Castro en 1953 que la política cubana «sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a las naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí, no como hoy, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo».

Mediante la voluntad de hacer, de dar, los 3 000 médicos de 1959 hoy son miles y miles, que luchan no solo por una mayor y mejor cobertura sanitaria nacional, sino también por seguir llevando al mundo, con su mano amiga: solidaridad, amor y vida.

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