Pearl Harbour: los imperialistas crean un mito para ir siempre de víctimas por la vida

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A finales del año pasado falleció Robert Stinnett, un marino y fotógrafo que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la radio de la Armada y luego acabó convertido en periodista. En 1992 buceaba en los Archivos Nacionales de Belmont, California, para escribir un libro sobre la carrera de George Bush en el reconocimiento aéreo durante la campaña del Pacífico Sur (1) cuando topó con unas grabaciones de audio que nadie se había preocupado de catalogar.

Las grabaciones consistían en transmisiones de radio interceptadas a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial que daban una descripción del ataque a Pearl Harbour muy diferente de lo que ha trascendido como “historia”. Stinnett dedicó a ello ocho años de investigación, demostrando que Roosevelt supervisó la elaboración de un plan para alentar el ataque de los japoneses. Las conclusiones aparecieron en 1999 en forma de un libro titulado “Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor” que lleva 47 páginas de apéndices documentales con reproducciones fotográficas de documentos oficiales clave (2).

El plan que condujo al ataque japonés a Pearl Harbor fue implementado a principios de octubre de 1940 sobre la base de un memorando de ocho puntos del capitán de corbeta Arthur H. McCollum, jefe de la Oficina del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval.

Es poco probable que McCollum las redactara por iniciativa propia, pero ahí está lo interesante, según Stinnett: “Sus ocho acciones exigen en la práctica un ataque japonés contra las fuerzas terrestres, aéreas y navales estadounidenses en Hawai, así como contra los puestos coloniales británicos y holandeses en la región del Pacífico”.

Estados Unidos interceptaba y decodificaba las comunicaciones de radio diplomáticas y navales japonesas y McCollum supervisaba el flujo de comunicaciones a Roosvelt desde principios de 1940 hasta el 7 de diciembre de 1941, proporcionando al Presidente informes de inteligencia sobre la estrategia militar y diplomática de Japón. Todos los informes militares y diplomáticos japoneses interceptados y decodificados para la Casa Blanca pasaron por la sección del Lejano Oriente de la Oficina de Inteligencia Naval que dirigía McCollum.

En el otoño de 1940, mientras hacía campaña en Boston para un tercer mandato, Roosevelt dijo: “Ya lo he dicho antes, pero lo diré una y otra vez: los muchachos no serán enviados a guerras en el extranjero”. El 1 de noviembre en Brooklyn, dijo: “Lucho para mantener a nuestro pueblo fuera de las guerras extranjeras. Y seguiré luchando”. En Rochester el día 2 dijo: “El gobierno nacional… es también un gobierno de paz, un gobierno que pretende mantener la paz para el pueblo estadounidense”. Ese mismo día en Buffalo, dijo: “Vuestro Presidente dice que este país no irá a la guerra”, y al día siguiente, en Cleveland, dijo: “El primer objetivo de nuestra política exterior es mantener a nuestro país fuera de la guerra”.

Roosevelt mintió en la campaña electoral. Quería entrar en la guerra pero, como es habitual, las declaraciones públicas van en una dirección y la política real en otra muy diferente. Según su orden directa de 27 y 28 de noviembre de 1941, Japón debía cometer la primera agresión de manera clara y evidente.

El almirante Richardson, comandante de la Flota del Pacífico, se opuso a las órdenes de Roosevelt de estacionar la flota en Pearl Harbor porque la ponía en peligro, por lo que fue reemplazado por el almirante Kimmel, con el almirante Anderson, de la Oficina de Inteligencia Naval, en el tercer escalón de mando. Sin embargo, este último no informaba a su superior de las comunicaciones de radio interceptadas. El general Walter Short tampoco fue informado de las comunicaciones japonesas. Más tarde ambos, Kimmel y Short, se convirtieron en chivos expiatorios del ataque.

Por su parte, Anderson fue enviado a Hawai para verificar la información, pero estableció su alojamiento personal lejos de Pearl Harbor, fuera del alcance del inminente ataque.

A principios de enero de 1941 los japoneses decidieron que en caso de guerra con Estados Unidos, comenzarían con un ataque sorpresa contra Pearl Harbor. Los servicios de inteligencia estadounidenses se enteraron de este plan el 27 de enero.

Hasta finales de noviembre Estados Unidos siguió bloqueando los intentos de los diplomáticos japoneses para llegar a un acuerdo que evitara la guerra entre ambos.

Desde el 16 de noviembre las interceptaciones de radio revelaron la agrupación de la flota japonesa cerca de las Islas Kuriles en el norte de Japón, y desde el 26 de noviembre hasta la primera semana de diciembre, McCollum vigiló estrechamente cada uno de sus pasos a lo largo del del Pacífico hasta Hawai.

El Jefe de Operaciones Navales, almirante Stark, era uno de los 34 que estaban informados del ataque. Fue quien ordenó a Kimmel que enviara sus portaaviones con una gran flota de escoltas para entregar los aviones a las islas Wake y Midway. Por orden de Washington, Kimmel dejó sus barcos más antiguos dentro de Pearl Harbor y envió 21 barcos de guerra modernos, incluyendo sus dos portaaviones, hacia el oeste a Wake y Midway. Con su partida, los barcos de guerra que quedaban en Pearl Harbor eran en su mayoría reliquias de la Primera Guerra Mundial, de 27 años de edad. Por lo tanto, “los acorazados hundidos en Pearl Harbor con sus tripulaciones fueron utilizados como señuelos”, concluye Stinnett.

El 22 de noviembre de 1941, una semana después de que la flota japonesa comenzara a agruparse y cuatro días antes de partir hacia Oahu, el almirante Ingersoll ordenó a Kimmel que retirara sus patrullas de la zona desde la que se iba a organizar el ataque aéreo japonés.

La fila de acorazados de Pearl Harbor y sus viejos y ruinosos barcos de guerra, escribió Stinnett, eran un objetivo atractivo. Pero fue un gran error estratégico para los japoneses. Los 360 aviones de combate japoneses deberían haberse concentrado en las enormes reservas de petróleo de Pearl Harbor y destruir la capacidad industrial de los diques secos, talleres de maquinaria e instalaciones de reparación de la Armada.

La “investigación“ sobre el ataque a Pearl Harbor comenzó inmediatamente después, poniendo en la picota al almirante Kimmel y al general Short, y continuó luego con ocho “investigaciones” más del Congreso durante y después de la guerra, con una auténtica tramoya, al más puro estilo estadounidense, con eliminación de documentos y declaraciones en falso. Hace 20 años, en el momento de la publicación del libro Stinnett, todavía muchos documentos permanecían ocultos o habían sido objeto de una censura significativa.

Uno de los elementos clave de la investigación de Stinnett fue el descubrimiento de copias duplicadas de las comunicaciones japonesas, descifradas, traducidas y luego enviadas después de la guerra a los Archivos Nacionales de Belmont, California, y que aún se encuentran allí, mucho después de que las copias de los archivos de Washington hayan desaparecido.

Sin embargo, aún hay “historiadores” que aseguran que McCollum no había logrado descifrar los códigos navales japoneses o que la flota japonesa guardaba silencio en la radio. El pretexto de que los códigos navales y diplomáticos japoneses no habían sido descifrados fue desestimado por primera vez en un tribunal federal de Chicago en 1943. Cuando se produjo la batalla de Midway, la prensa estadounidense atribuyó la victoria a la capacidad de la Oficina de Inteligencia Naval para descifrar las comunicaciones japonesas. El Departamento de Justicia decidió acusar al Tribune y al Times-Herald de revelar secretos militares. El Fiscal General consideró que la información periodística equivalía a una traición, ya que daba a los japoneses la posibilidad de cambiar sus códigos. El editor del Times-Herald, Waldrop, fue citado a Chicago para testificar ante un gran jurado. En medio de su declaración la Armada reveló que uno de sus censores había examinado previamente el artículo.

Por lo tanto, se supo desde el primer instante que la Armada estadounidense era capaz de descifrar las comunicaciones japonesas y que les habían dejado hacer porque necesitaban un pretexto para entrar en la guerra. Ese pretexto era Pearl Harbour y lo demás son películas.

(1) George Bush: his World War II years, Washington DC, Brassey’s, 1992
(2) Day of Deceit: The Truth About FDR and Pearl Harbor, Simon & Schuster, 1999

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