Diez días de protestas contra el Gobierno de Lenín Moreno han convertido a Quito en un campo de batalla donde las movilizaciones convocan a múltiples sectores de la sociedad ecuatoriana.

Barricadas, incendios, multitudes, carreras, gases, heridos, muertos… La escenografía alcanzó su punto máximo el 12 de octubre cuando el presidente Lenín Moreno anunció que el toque de queda, vigente desde el día 9, sería a partir de las tres de la tarde en vez de las ocho de la noche.

A la hora de su anuncio las avenidas principales que desembocan sobre la Asamblea Nacional, epicentro de las manifestaciones, reunían a miles de personas en medio de humaredas.

A los trabajadores de los transportes se les unieron muchos sectores sociales: campesinos, estudiantes, jóvenes, profesionales, mujeres, solidarios… con un elemento común: el descontento profundo hacia el gobierno.

El 12 de octubre fue cuando con más nitidez pudo verse cómo se acercaron más sectores a la movilización.

Finalmente el gobierno ha tenido que dar marcha atrás, anulando las medidas económicas que han causado un amplio rechazo popular.

La solidaridad entre la gente de Quito y los manifestantes se manifestó de muchas maneras. Una de ellas fue la permanente labor de las brigadas de médicos voluntarios, así como del constante ir y venir de camionetas con alimentos e insumos, muchas veces caseros —como paños mojados con limón— para hacer frente al efecto de los gases lacrimógenos.

Otra imagen del encuentro entre diferentes sectores se dio con las movilizaciones que iniciaron desde diferentes barrios populares de la capital que se fueron sumando de a poco al punto central del enfrentamiento. Se vieron pasar columnas con banderas de Ecuador y la misma consigna repetida: «fuera Moreno fuera».

El gobierno optó por varias tácticas ante esa situación. Intentó generar miedo con el anuncio del toque de queda, luego con la represión masiva que le siguió, y finalmente con el despliegue de militares en las calles. El objetivo fue aislar hasta acorralar al movimiento popular ante una ciudad vacía por la prohibición de estar en la calle.

«Somos gente que estamos protestando por un bien común, un bien para todos, no queremos ser más pobres de lo que ya estamos, la gente pobre que puede comprar un pan ya no va a poder siquiera comer, y ese es el pueblo que está reclamando eso, si la gente no se levanta hoy este Gobierno se va a seguir llenando los bolsillos de dinero», dijo un joven, uno de los tantos que han protagonizado estas jornadas.

El objetivo de aislar políticamente a la protesta fue impedido por el cacerolazo que atravesó la ciudad de Quito y en varias partes del país durante la noche. Así quedó nuevamente ratificado que Lenín Moreno no enfrenta una protesta de los indígenas, sino que está ante una crisis de legitimidad producto de sus decisiones y su violencia que no paró de escalar en los diez días de protesta.

Llega ahora el momento de las negociaciones. El gobierno tendrá que sentarse a la mesa después de los muertos, los heridos, los detenidos y la ola de represión en un escenario que no se veía en el país desde hacía muchos años.

Quito, una ciudad que se ha transformado en campo de batalla, podría tener una tregua en caso de lograrse un acuerdo. De lo contrario continuará su espiral de movilización frente a un gobierno dispuesto a aumentar la represión para mantener las medidas económicas del FMI rechazadas por una mayoría del pueblo ecuatoriano.

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