Bianchi.— Las huelgas son un buen termómetro de la lucha de clases, indican y denotan la temperatura de las clases trabajadoras, incluso cuando son rechazadas como huelgas-farsa cuando son convocadas por sindicatos reformistas vendeobreros.

Dicho esto, cuando de cortes de tráfico o terminales de aeropuertos, trenes o autobuses se trata, los medios masivos de desinformación y propaganda del régimen (no diré «del 78» porque estos barros vienen de los lodos del 39, «Año de la Victoria»), reaccionarios en su mayoría, sacan a relucir, sistemáticamente, la oposición entre quienes ejercen su derecho a la huelga y sus manifestaciones violentas y quienes van, pacifiquísimamente, a sus trabajos (no por cuenta ajena, mayormente).

No hay derecho, no puede ser, que buenos ciudadanos-contribuyentes vean impedido su derecho constitucional al trabajo por hordas y piquetes de desalmados que lo impiden. O no respetan los horarios mínimos (en hospitales, por ejemplo, o el Metro). Si algún representante sindical «mayoritario» es entrevistado es para recalcar que serán respetados los «servicios mínimos» y que la protesta transcurrirá por los cauces previstos, esto es, una manifestación-procesión, o sea, normales y legales, nada que temer. Se trata de conciliar a las partes enfrentadas y «condenar» a los «violentos» al servicio objetivo de la gran patronal, privada o estatal.

Se pasará mil veces por las pantallas las declaraciones del paisano/a que se ha visto atropellado en sus derechos, ¡toma ya!, por un grupo de «energúmenos» que impiden dirigirse a su puesto de trabajo, sin más, sin explicar el por qué de esa situación. Sin llegar a decir que esa suerte de contradicción es, bajo el capitalismo, irresoluble e inconciliable. No tiene solución, por tanto, el choque entre un, vale decir, huelguista y un honestísimo ciudadano que va a abrir su mercería, es, por antipático que suene, secundario y por eso se pone, como si fuera lo principal del conflicto, en las pantallas. La responsabilidad siempre la tendrá quien no se aviene a negociaciones obligando a un choque inevitable con quienes por ahí. La cuestión, visto desde fuera, es posicionarse, como todo.

Otra cosa es el papel egoísta de quien dice que también es un trabajador al que se le impide trabajar, y el verdadero solidario que está con la causa del huelguista, económica o política, a sabiendas de que le puede perjudicar a él y sus intereses.

Bona tarda.

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