Nadie se esperaba el levantamiento que durante una semana ha puesto en pie a Catalunya.

Nadie se esperaba el levantamiento que durante diez días puso de rodillas al gobierno de Ecuador.

Nadie se esperaba que la subida de los billetes del metro en Santiago de Chile pusiera a todo un país en estado de guerra.

¿Por qué todo el mundo nos quedamos sorprendidos con ese tipo de luchas populares? Es muy sencillo de entender: porque la burguesía nos ha inculcado hasta la médula su desprecio por los obreros, por el pueblo, por las masas explotadas y humilladas.

No creemos en el coraje revolucionario de la clase obrera; creemos que están dormidos y que, a causa de ello, ningún cambio es posible.

Pero no nos engañemos: en quien no creemos es en nosotros mismos. Si, es verdad, que nos gustaría que la situación cambiara, pero que la cambien los demás, y como los demás no quieren cambiarla, entonces tiramos la toalla y nos quedamos en nuestra casa (si es que aún conservamos nuestra casa).

Nuestras ganas de cambiar las cosas tiene un tope: ir a votar cada cuatro años al último cretino con un piquito de oro que nos prometa algo (cualquier cosa), o sea, volver a engañarnos a nosotros mismos por enésima vez.

Luego vienen los desengaños, y el peor de ellos es que esas masas que creíamos adormecidas se levantan, luchan y se enfrentan a los robots del (des)orden público.

Es una auténtica faena porque entonces caemos en la cuenta de que quienes estaban narcotizados no eran los demás sino nosotros, empezando por uno mismo. Los insultos que siempre lanzamos contra los demás debemos, pues, reservarlos para nosotros mismos. Debemos ponernos delante de espejo y decirnos: sí, es verdad, el único atontado soy yo.

Los acontecimientos sólo nos sorprenden por un motivo: porque no sabemos en dónde vivimos o, por mejor decirlo, porque creemos que vivimos en otro lugar, o en otra época, o en otro mundo, o bajo otras circunstancias.

No sólo los creyentes hacen actos de fe, es decir, creen en entes que no existen, en milagros o en la vida eterna. Otros creen que el capitalismo les dará trabajo o que España es un país democrático (burgués pero demócratico al fin y a la postre).

El mundo cambiará cuando dejemos de ser creyentes.

Dejaremos de ser creyentes cuando la realidad nos de una bofetada en pleno rostro, cuando el capital nos eche de nuestra casa después de habernos echado de nuestro trabajo y cuando el juez nos meta en la cárcel porque lo que creíamos que era un derecho, era el peor de los delitos que podíamos cometer.

Ya lo decía el poema de Brecht: cuando estemos amarrados en una celda no nos podremos mover. Nos debemos mover mientras podamos evitarlo.

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