La campaña para detener los robots asesinos, una coalición de 130 ONG respaldados por 29 estados, promueve la negociación de un tratado internacional para prohibir este armamento. Foto: Getty Images.

Las armas “inteligentes” capaces de decidir y ejecutar ataques sin intervención humana, conocidas como “robots asesinos”, están hoy alcance de varios gobiernos, pero el mundo sigue dividido sobre una respuesta a esa realidad, que ha sido discutida por años en Naciones Unidas sin resultados concretos a pesar de que aumenta el peligro de su uso.

“Estas no son tecnologías del mañana, son posibles hoy, aunque resultan muy poco seguras”, explica Liz O’Sullivan, miembro de la Campaña para detener los robots asesinos, una coalición de 130 ONG respaldados por 29 estados que promueve la negociación de un tratado internacional para prohibir este tipo de armamento.

Entre sus miembros figura la estadounidense Jody Williams, ganadora en 1997 del Nobel de la Paz por liderar una iniciativa parecida contra las minas terrestres que logró convencer a países de todo el mundo.

Para Williams, los “robots asesinos” son “inmorales” y tienen que ser prohibidos cuanto antes. “Permitir que máquinas, en teoría a través de algoritmos, decidan qué es un objetivo y atacarlo, es una de las enormes razones por las que consideramos que cruzan un rubicón”, explica.

Los intentos para frenar el desarrollo de este tipo de armamento se han encontrado hasta ahora con la oposición de grandes potencias que están invirtiendo en la tecnología.

La coordinadora de la campaña, Mary Wareham, señala que “la gran mayoría de países” son favorables a legislar, pero están siendo frenados por las “potencias
militares”.

Según fuentes diplomáticas, las potencias, en general, no se oponen de forma explícita a un tratado, pero han ido retrasando y buscando rebajar la ambición de las posibles medidas.

“Nunca es demasiado tarde para regular”, afirma Wareham, quien subraya que las ONG no quieren esperar a que haya un número masivo de víctimas para que el público demande la prohibición de este armamento.

Por ello, poco a poco, están tratando de despertar el interés de la sociedad, recurriendo a herramientas como un dicharachero robot que pasean por el mundo para advertir sobre el peligro de sus parientes “asesinos”.

Los jóvenes resultan un público clave y comienzan a tener su voz, como mostró esta semana Mariana Sanz, una estudiante de la Universidad de los Andes, en Bogotá, quien intervino en un acto en Naciones Unidas para pedir apoyo a los Estados miembros.

“Resulta muy importante en este momento porque ya hay muchos países en
proceso de desarrollo de estas máquinas, de estas armas, y viene con muchos
problemas no solo éticos, legales, morales…”, afirma, “como quién tiene la responsabilidad en caso de las consecuencias, que son víctimas”.

Activistas y expertos avisan, entre otras cosas, del riesgo de que con estas armas las guerras se conviertan en algo aún más habitual o de que un error de una computadora puedan desencadenar un gran conflicto que sea imposible detener.

Gobiernos de todo el mundo comenzaron a debatir oficialmente en 2014 sobre los “robots asesinos”, unas discusiones que se celebran regularmente en Ginebra.

En las conversaciones se deben analizar entre otras cosas los límites legales y éticos, con una pregunta clave: ¿debe un robot poder decidir sin intervención humana si es preciso matar a alguien?

La ONU tiene claro que “la perspectiva de máquinas con el criterio y el poder para acabar con vidas humanas es algo moralmente repugnante”, advirtió el secretario general, António Guterres, a los líderes internacionales reunidos el pasado año en la Asamblea General.

Entre quienes defienden los avances en este ámbito hay quienes aseguran que estas tecnologías pueden reducir el número de errores y daños colaterales y, de hecho, proteger vidas. Pero las máquinas tienen que aprender de alguien y ello amenaza con hacer que se repitan patrones que terminan por perjudicar siempre a los más vulnerables.

“Todos los modelos de inteligencia artificial están sesgados”, considera O’Sullivan, quien recuerda que esos modelos tienden a ir contra quienes no participan en su creación; es decir, comunidades de color, mujeres o personas con discapacidades.

Un “robot asesino” no tiene por qué ser un humanoide de metal armado hasta
los dientes como los que ha imaginado a menudo la ciencia ficción. De hecho,
su apariencia puede ser la de un simple tanque, avión, barco o sistema de
misiles. La diferencia está en si opera de forma autónoma, tomando decisiones sin la participación directa de un humano.

Los especialistas ven como probable que la tecnología se incorpore en un primer
momento a drones, para luego extenderse a otro tipo de vehículos.

Liz O’Sullivan, que dejó la compañía en la que trabajaba cuando sus superiores se negaron a prometer que sus algoritmos no iban a usarse en “robots asesinos”, asegura que la tecnología para crear esas armas ya está disponible, pero subraya que cualquiera que diga que puede producirlas de forma “segura” está mintiendo.

(Con información de EFE)

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