En cuanto el pueblo de Chile saltó a la calle y en cuanto el terror policial no pudo contener la marea de protestas, al gobierno de Piñera le faltó tiempo para anular la subida del billete del metro de Santiago, subir los salarios y las pensiones.

Varias empresas chilenas ni siquiera quisieron esperar para hacer lo propio porque “más vale prevenir que lamentar”.

Lo mismo ha ocurrido en Catalunya, donde la patronal Foment del Treball ha desempolvado del viejo baúl de los setenta eso que ahora llaman “capitalismo inclusivo”, a saber, los pactos sociales, la renta básica, las subidas del salario mínimo… Eso que se disfraza con un “mejor reparto de la renta”, más “equitativo” y bla bla bla bla bla bla… Sólo les ha faltado proponer una nueva “reconciliación nacional”, como en 1977.

¡Quién lo iba a decir! La patronal sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando oye los truenos, o sea, cuando las barricadas bloquean las calles y se vuelve difícil lograr que los descontentos vuelvan a sus casas.

Así están las cosas: mientras Pedro Sánchez no le coge el teléfono a Torra, la patronal habla de “pacto social” porque ha decubierto una de las claves de la situación en Catalunya: da lo mismo lo que digan o hagan los partidos, dan lo mismo las elecciones y los escaños, las instituciones no pintan nada (salvo las que empuñan la porra)… El juego ha salido a la calle y hay que impedir que eso se reproduzca.

¿Que podemos decir de los exquisitos que andan por ahí diciendo que lo de Catalunya es una lucha nacionalista y consiguientemente sinónimo de burguesa? Si fuera propio de la burguesía salir a la calle a recibir palos de la policía no sería necesario ningún pacto social.

Catalunya tiene las mismas carcterísticas que otros países capitalistas al borde de un estallido social, como los que han proliferado en este mes de octubre en todo el mundo. No sólo acecha una galopante crisis económica sino, además, una crisis política que la propia represión ha convertido en irreversible.

No hay más que leer las pancartas que encabezan las manifestaciones en Catalunya para que hasta el más inepto acabe de entender que lo que comenzó en 2017 con un inofensivo referéndum se ha convertido una batalla antifascista en toda regla. Muchos creyeron enfrentarse al centralismo y han descubierto el fascismo, la cárcel y los palos en las costillas.

Ha sido el propio Estado el que les ha quitado la venda de los ojos y, en efecto, si la patronal no maniobra rápido, el descontento se les puede ir de las manos. En Ecuador han maniobrado, en Chile han retrocedido… Pero aquí, ¿qué piensan hacer?, ¿dejarlo todo como está para las próximas elecciones?

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