En los Acuerdos de Paz de París que pusieron fin a la Guerra de Vietnam, Estados Unidos se comprometió a pagar a Vietnam 3.250 millones de dólares en concepto de indemnizaciones, lo cual significa que los imperialistas reconocían dos cosas fundamentales: que eran los únicos responsables de ella y que habían sido derrotados. “El que pierde paga”.

Como los vietnamitas tenían un conocimiento muy preciso de lo que es el imperialismo, a diferencia de otros, se reservaron un as en la manga: no entregarían a todos los prisioneros de guerra estadounidenses hasta haber cobrado la indemnización.

El acuerdo se firmó y la guerra terminó oficialmente. Para camuflar la derrota, Nixon debía hacer dos cosas. La primera ocultar que hubiese ningún estadounidense encarcelado en Vietnam. La segunda ocultar la naturaleza de los pagos a realizar de manera tal que no parecieran una segunda derrota, aún más humillante que la anterior.

Trató de disimular los miles de millones de dólares como “ayuda humanitaria”, pero el Congreso ni quiso asignar una suma tan grande de dinero a un “régimen comunista” al que despreciaban.

Debilitado por el escándalo de Watergate, Nixon optó por esperar a que las aguas se calmaran para hacerlo todo a escondidas, una vez que el foco de atención se hubiera puesto en otro lugar.

El gobierno de Hanoi le siguió la corriente. Esperó a recibir el dinero pactado y, mientras tanto, declaró que todos los presos estadounidenses habían sido liberados.

Nixon cayó, llegaron otros presidentes a la Casa Blanca y la situación se enquistó, mientras seguía oculta. Durante dos décadas los vietnamitas mantuvieron encacelados a los prisioneros estadounidenses y siguieron negociando su liberación a cambio del dinero que se les debía. Pusieron en libertad a algunos que contrajeron enfermedades, pero otros murieron.

Por razones obvias, el gobierno vietnamita no entregó los cadáveres y cuando lo hizo, los presentaron como si hubieran sido consecuencia de la guerra, es decir, como si los hubieran descubierto con posterioridad. Incluso llegaron a liberar a algunos de ellos, pero siempre mantuvieron a un grupo para asegurarse el cobro del dinero.

En 2013 el diario canadiense “Toronto Star” relataba la aparición de un anciano de 76 años de edad en un pueblo de Vietnam que había sido llevado al país desde Estados Unidos para combatir en la guerra, desapareció en 1968 y padecía trastornos sicológicos. Con su biografía se elaboró el documental “Unreclaimed” (“Sin reclamar”), en el que se concluye que no permaneció en el país porque los vietnamitas no lo dejasen marchar sino porque Estados Unidos no quería aceptar su retorno (*).

En Estados Unidos, el asunto de los presos se reconvirtió en el de los “desaparecidos”. Ni vivos ni muertos. Fue el tema estrella de los sectores más reaccionarios y militaristas, a los que pronto se les fueron sumando los conspiranoicos siempre atentos a este tipo de asuntos cabalísticos.

Los rumores se convirtieron en guiones de Hollywood de ínfima calidad cinematográfica pero gran difusión comercial.

El Senado se vio obligado a crear una de esas “comisiones de investigación” que no investigan nada, sino al revés: intentan tapar el asunto. La operación de encubrimiento la dirigió un personaje que luego fue conocido en el mundo entero: John McCain, el personaje perfecto porque había sido prisionero de guerra en Vietnam.

Naturalmente, los medios de intoxicación participaron en la campaña de encubrimiento como cabía esperar: primero no informaron de nada y segundo desacreditaron a quien lo hizo calificándolo como conspiranoico.

Este tipo de situaciones crea una duplicidad. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo comenta… siempre que los micrófonos y las cámaras estén apagados. Oficialmente, no hay nada de nada, una situación que no cambia de un presidente a otro ni de un partido a otro. Da igual.

Muy poco después de que el Senado emitiera su informe negacionista, apareció un documento gracias a la caída de la URSS, que puso los trapos al descubierto: las actas de una reunión de la dirección del Partido del Trabajo de Vietnam en la que discuten el número de presos estadounidenses que mantienen en las cárceles.

Los dos antiguos asesores de seguridad nacional, Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, aparecieron en la televisión afirmando que el documento era fidedigno y que los prisioneros de guerra estadounidenses habían permanecido detenidos en Vietnam después de finalizar la guerra.

El ocultismo no cesó por ello. Tanto la Casa Blanca como la prensa se atuvieron a un guión del que no podían salir sin admitir su doble derrota en Vietnam, reabrir todas las heridas y reconocer un engaño que se había había prolongado durante muchos años. Es la política del avestruz: “No puede ser verdad”. En el mundo real hay algunos agujeros a los que nadie quiere mirar nunca.

(*) https://actualidad.rt.com/sociedad/view/93236-soldado-eeuu-olvidado-vietnam

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