Darío Herchhoren .— En este «corsi y recorsi» de que hablaba Gramsci la realidad de Latinoamérica hay que mirarla como un todo para poder entender por qué ocurren las cosas que ocurren. Parecía que Evo Morales era o iba a ser eterno, pero cayó ante la coyunda fascista que recorre el continente con los Bolsonaro, los Iván Duque y los Piñera. Como en un contrapunto; a cada triunfo popular se corresponde con una respuesta del fascismo. Ante el triunfo popular en Argentina, un golpe contra el pueblo boliviano, ante la liberación de Lula, el aumento de la represión en Chile.

Parece que la consigna es ahogar al futuro gobierno popular en Argentina y ello surge fácilmente de mirar un mapa. En efecto, Argentina tiene a su lado a un gobierno fascista en Chile, al noreste a Brasil, en manos de otro fascista como Bolsonaro, y ahora tendrá al noroeste, a otro gobierno fascista en Bolivia. Solo falta que en Uruguay gane las elecciones la derecha en la segunda vuelta.

Todos estos datos indican que Evo Morales, no calculó bien sus fuerzas, y pensó que las urnas le iban a dar no solo el gobierno sino el poder. Y resultó que las urnas se le están convirtiendo en urnas funerarias, que serán llenadas con los cadáveres de todos aquellos que se opongan en Bolivia a lo que se viene ahora. Seguramente se desatará una gran represión a cargo del ejército, habrá un baño de sangre, y el pueblo humilde de Bolivia que fue favorecido por los gobiernos de Evo Morales perderá todo lo conquistado. Será un calco de lo ocurrido en Chile luego del golpe de Pinochet.

Quiero recordar que la historia reciente de Bolivia pasó por un episodio similar pero al revés. En efecto, en 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario a cuyo frente estaban Victor Paz Estenssoro, un abogado que se acercó a los mineros y Juan Lechín, líder sindical de  la Central Obrera Boliviana (COB), consiguieron con la ayuda de Perón acabar con el gobierno de la «rosca del estaño», y una de las primeras medidas que tomaron fue la creación de milicias populares encuadradas militarmente y bien armadas, y la disolución del ejército, que siempre había sido el sostén de los gobiernos de la rosca.

El poder de la oligarquía fue minimizado por el gobierno de Evo, que confió en que las elecciones eran el camino para lograr cambiar la historia de Bolivia, y en un principio, y durante todos estos años los hechos parecían darle la razón. Pero hay algo perverso en la oligarquía y es que se llena la boca de democracia en cuanto le sirva a ella, y es enormemente cruel y despiadada cuando se trata de cuidar y conservar sus intereses. ¿Cómo es posible que un líder experimentado como Evo confíe en una misión de la OEA, cuando sabe que la OEA es solo el brazo del imperio? La ingenuidad en política se paga a un precio muy alto y este error le costará al pueblo boliviano luto y sangre. Ahora es cuestión de salvarle la vida a Evo, cuya casa, por cierto muy humilde ha sido saqueda esta madrugada, y la casa de su hermana ha sido incendiada.

El odio al indio de la oligarquía cruceña y su negativa absoluta a acatar los resultados de las elecciones, salvo cuando les favorecen, han hecho su labor. Ahora toca organizar la resistencia. Costará mucho y muchos militantes serán salvajemente torturados y muertos. Una larga noche espera a los bolivianos.

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