En un comunicado oficial el gobierno del PSOE ha condenado la “escalada de violencia” en Bolivia, lamentando farisaicamente (“tajantemente”) que haya habido tantos muertos.

El diario Público dice lo mismo que su gobierno: hay una “escalada de la violencia”, que también se puede calificar como “ola de violencia”, una especie de repentino tsunami que nadie sabe de dónde viene ni a dónde va.

La CNN dice que se trata de “enfrentamientos” entre policías y manifestantes, como si de un combate de boxeo se tratara o como si salieran a la calle a pegarse en una riña tumulturaria.

Otros hablan de “altercados”, como un follón o una pelea en el bar de la esquina, protagonizada por los que se han tomado unas cuantas copas de más. Para referirse a los cadáveres alcazamos a saber lo obvio: que “han muerto”. No han sido asesinadas, sólo “han muerto” y hasta que la autopsia no establezca el motivo de su fallecimiento…

A Evo Morales, según dicen, se le ocurrió dimitir pocos días después de ganar unas elecciones y el Vicepresidente Garcia Liñera hizo lo propio. Pero si no querían gobernar, ¿para qué presentan a las elecciones?

Unos dicen que las elecciones fueron fraudulentas y otros que no fue así, de donde deducimos que es imposible aclararse. ¡Vaya Usted a saber! Por eso el gobierno español es partidario de investigar “los hechos”. No saben qué es lo que está ocurriendo.

Los relatos de guerra sicológica son siempre así porque los medios hacen lo mismo que los criminales de la más baja estofa: ocultar las pruebas. Que no se sepa nada y cuando se sepa, decir que no hay pruebas. Es la palabra de los unos contra la de los otros…

En Bolivia se ha producido un Golpe de Estado de manual, con las últimas técnicas con las que se llevan a cabo en el siglo XXI, o sea de manera diferente a golpes como el que derrocó a Allende en 1973.

En lugar de permanecer en el cargo para el que le habían elegido, como Allende, el Presidente Evo Morales ha salido corriendo y ha tenido que exiliarse en México porque amenazaron con asesinarle si no se marchaba.

Tras asumir las riendas, los golpistas han impuesto un régimen de terror contra el pueblo que, como suele ocurrir, ha demostrado que está muy por encima de ciertos personajillos y de ciertos partidos que dicen actuar en su nombre. Si hubiera sido así debían demostrarlo poniéndose a la cabeza de la resistencia popular.

Los 23 cadáveres cuya sangre ha regado las calles de Bolivia no son, pues, consecuencia de ninguna “escalada” sino de la represión política impuesta por los golpistas, única y exclusivamente.

Conocedores de la tramoya que se estaba gestando, si el gobierno hubiera detenido a 23 golpistas, el pueblo se hubiera ahorrado muchos sufrimientos y la voluntad expresada en las urnas se hubiera respetado, es decir, para rescatar a un régimen democrático hay que saber defenderlo.

Los golpistas no pueden convocar nuevas elecciones porque todas y cada una de las decisiones que adopten son nulas. La única alternativa es reponer en sus cargos a quienes han sido desalojados de ellos por la violencia y exigir responsabilidades a los golpistas, es decir, detenerlos, juzgados y meterlos en la cárcel a fin de que puguen por sus crímenes.

Las elecciones de los golpistas son como la transición “modélica” de España: pretenden blanquear tanto su situación como los crímenes de los que son responsables.

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