Palo de Hockey: la necesidad de recurrir a pequeños trucos para demostrar la ola de calor que nos invade.

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En 1998 el climatólogo Michael E. Mann utilizó los anillos de crecimiento de los árboles como un indicador climático (proxy) para deducir las temperaturas de los tiempos pasados.

Para dar más fuerza visual a su tesis, se le ocurrió presentar los datos acompañados de un gráfico que pretendía mostrar la evolución de la temperatura media en el hemisferio norte desde el siglo XV, lo que posteriormente amplió hasta el año 1000 de nuestra era.

Sus conclusiones se publicaron en la revista científica “Geophysical Research Letters”. Para obtener los datos de las temperaturas pasadas, Mann y sus colaboradores recurrieron a Keith Briffa, quien estudió los anillos de los árboles del hemisferio norte.

Pero Mann mezcló las churras con las merinas: los datos indirectos (del pasado) con los directos (del presente), es decir, con datos obtenidos de lecturas actuales tomadas de los termómetros. Las temperaturas tomadas por una vía (árboles) o por la otra (termómetros) no coinciden. Se produce una duplicidad de datos para las mismas fechas.

Es evidente para cualquiera que las conclusiones, además de aproximadas (proxy), no se podían extender a todo el plantea más que con sumo cuidado. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. El gráfico se hizo famoso y se le denominó “palo de hockey” porque, mostraba que después de siglos de estabilidad, en las fecha más recientes las temperaturas se disparaban. En mil años la temperatura había sido como un encefalograma plano, hasta que se comenzó a elevar en el siglo pasado. En fin, Hansen pretendía sostener que la subida de las temperaturas actuales es una “anomalía”, algo sin precedentes históricos.

En 2001 el IPCC incorporó el “palo de hockey” a su tercer informe y en 2006 el Comité Nacional de Investigación de Estados Unidos aprobó las conclusiones de Hansen.

Aquello no sólo era ciencia sino mucho más. En el mismo año 2006 el documental de Al Gore “Una verdad incómoda”, que ganó un Óscar de Hollywood y un Premio Nobel al año siguiente, también mostraron el “palo de hockey”, lo que disparó su fama. Se propagó por todo el mundo, convirtiéndose en el icono del movimiento contra el calentamiento del planeta. El gobierno canadiense envió a todos los hogares un folleto alertando sobre los peligros del calentamiento acompañado del gráfico de Mann.

Que aquello era una chapuza se confirmó al divulgarse los correos electrónicos de la Universidad de East Anglia en 2009 y a partir de entonces se llenó de remiendos, rectificaciones, desmentidos y matizaciones.

La Universidad pública de Pennsylvania, donde Mann trabajaba, le abrió un expediente, absolviéndole un año después. El fiscal general de Virginia, Ken Cuccinelli, denunció a la universidad de ese estado, donde Mann había trabajado con anterioridad, y exigió que se investigara el trabajo que había realizado en ella. Finalmente, en 2011 el Tribunal Superior desestimó la denuncia del fiscal.

No sólo la investigación de Mann no era fraudulenta sino que era uno de los más grandes descubrimientos científicos, por lo que en 2014 la revista Geophysical Research Letters lo seleccionó entre las 40 publicaciones científicas más destacadas de los últimos 40 años sobre 1.000 disciplinas científicas diferentes.

“Mantenella y no enmendalla”. Al revolcarse en la mierda, algunas universidades y algunas revistas científicas no parecen nada diferente de los gorrinos.

El que mejor sabía lo que se traía entre manos era el propio Mann. A pesar de que no había tal fraude, en declaraciones a la BBC reconoció que su gráfico no se debería haber convertido en el icono del calentamiento porque su base científica era “incierta”.

Era muy benévolo consigo mismo. En su artículo Mann aseguraba, entre otras cosas, que el año 1998 había sido el año más cálido del milenio en Estados Unidos. Le apoyó el otro pontífice de la climatología, James Hansen, arrastrando consigo a la NASA tras sus desvaríos.

Las tesis de Mann y Hansen son rotundamente falsas y así se supo desde el principio: en Estados Unidos el año más caliente había sido 1934.

En 2003 dos canadienses, Stephen McIntyre y Ross McKitrick, demostraron las artimañas de Mann a la hora de manejar los datos. Comenzó así un tira y afloja en el que comenzaron a participar más científicos. Unos critican a otros o salen en su defensa.

Inicialmente, cuando le pidieron los datos en bruto para poder evaluarlos, Mann sólo entregó una parte, hasta que finalmente tuvo que acceder. Aquella actitud sonaba muy extraña.

Al mismo tiempo, Mann empezó a rectificar parcialmente, afirmando que las “incertidumbres” eran la clave del artículo que habían escrito. Se necesitaban más datos de alta resolución antes de obtener conclusiones fiables. Si bien el tratamiento matemático de los datos era, en efecto, erróneo, ello no significaba que los resultados lo fueran también.

A partir de entonces se produjeron más rectificaciones en cadena, empezando por el IPCC. Por un momento el asunto pareció desmoronarse como un castillo de naipes. En 2006 el Congreso de Estados Unidos formó un grupo de estudio compuesto por científicos que declaró su apoyo a las tesis de Mann, aunque advertía que existían “pequeños errores estadísticos” que, sin embargo, tenían “pocos efectos” en las conclusiones finales. Posiblemente se referían a aquellos “pequeños trucos” que aparecieron en los correos electrónicos que salieron a la luz en 2009.

Las estadísticas no se necesitan falsear. Un buen matemático consigue que sus truquillos apenas se noten, lo mismo que un buen falsificador consigue que un lienzo parezca casi como el original. Los que hacen los sondeos electorales tienen mucha experiencia en ello.

Por ejemplo, Mann había obtenido sus datos de cierta variedad de pino en unas montañas de Estados Unidos que habían sido fertilizados con CO2 y, en consecuencia, no se debieron utilizar como indicadores de la temperatura ambiente.

Mann volvió a responder de la misma manera: aceptó la crítica pero dijo que si se eliminaban las mediciones basadas en los pinos, los resultados apenas cambiaban. Lo que Mann no pareció entender es que se trata justamente de eso, de una tautología que siempre vuelve al punto de partida. Si lo que buscas es calentamiento, lo que encuentras son aumentos de temperatura por todas partes.

La tautología es idéntica a la de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático (CMNUCC), que lo define como aquel cuyo origen está, directa o indirectamente, en la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y se suma a la variabilidad natural observada durante períodos de tiempo comparables. En otras palabras, el cambio climático es responsabilidad del ser humano porque así lo define la ONU; en caso contrario, el clima no cambia de manera “natural”.

Con posterioridad se han llevado a cabo varios intentos de rehabilitar el “palo de hockey” en diferentes revistas científicas, utilizando “proxies” diferentes, como sondeos en el hielo. Sin embargo, el IPCC no ha vuelto a mencionar el asunto. Hoy nadie habla de ello porque parece irremediablemente contaminado.

Lo interesante es que, como escribió McKitrick, aún siguiendo el mismo método estadístico de Mann, las temperaturas del siglo pasado no mostraban nada excepcional. En la Edad Media, hacia el año 1000, también aparece una época de calor con temperaturas superiores a las actuales.

Las oscilaciones de las temperaturas a lo largo de la historia del planeta van en una dirección y luego en la contraria. No existe eso que Mann calificaba como “anomalías”. En los últimos mil años las temperaturas no han seguido una línea recta y cuando han subido, como en la Edad Media, su ascenso no tuvo nada que ver con el CO2, ni con la industria, ni con el capitalismo. Ni siquiera tuvo que ver con los seres humanos.

Reconstrucción de las temperaturas históricas del planeta
(Christopher R. Scotese, Paleomap Project)

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