El sol sale por el este.

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Y se pone por el oeste. Es sabido. Y eso es lo que está pasando ahora con el coronavirus. China, el modelo chino combinación de un capitalismo sui géneris y el socialismo de características propias, se levanta triunfante. Amanece, que no es poco. Y el ocaso llega a Occidente rápido, muy rápido.

Siendo entusiasta diré que «el viento del socialismo llega al mundo occidental». Me paso, ¿verdad? Sin embargo sí es indudable que hay una solicitud de cambio clara en el sentimiento público. Los modelos sanitarios de China y de Occidente se exponen de forma evidente, se contraponen de forma palmaria y la gente se da cuenta. Por eso, en Alemania, la pequeña reina de Liliput llamada Angela Merkel dice que Alemania no es «la China comunista» y que vencerán al virus sin seguir sus medidas. ¿Significa eso que devolverán la sanidad al ámbito público? No, pero se ve obligada a reconocer que «hay que fortalecerla». Igual que en Francia, en Italia, en el estado canalla más conocido como España… En todo el Oeste, en general. Es el neoliberalismo el que está tocado, herido de muerte.

La influencia del sistema social de China (o de Cuba, no hay que olvidarlo) está ya alumbrando al mundo. Como el sol, que sale por el este. La combinación de elementos del socialismo (y la planificación ha sido determinante para derrotar al coronavirus) y del capitalismo en su sistema social es ahora visto, estudiado, con mucho detenimiento en Asia, África y América Latina y su modelo socioeconómico está abriendo no solo muchas puertas, sino muchas mentes.

Pero no solo en esos continentes. También en Europa. Volviendo a Alemania, el reino de Liliput Occidental, el ministro de Asuntos Económicos acaba de decir que «es justificable la intensificación de la intervención estatal en la economía» por la situación que se está viviendo, pero que eso no significa «seguir a la China comunista».

La repetición constante de «China comunista» pone de relieve el miedo que se ha asentado en Occidente, incapaz de reaccionar con rapidez a una crisis sanitaria como la que se está viviendo. Antes toda Europa corría para lograr contratos en y con China. No había calificativos. Ahora, de repente, se descubre que «China es comunista». Y que ha vencido al virus donde Occidente falla. Y eso es visto por la gente. Y a los burgueses les da miedo.

Pero no solo eso. China, al haber actuado como lo ha hecho, protegiendo a su población a costa de su economía, es el país mejor posicionado para lidiar con cualquier escenario apocalíptico. China ha dicho en repetidas ocasiones que no quiere un «desacoplamiento global» pero lo cierto es que ahora, que hay un «desacoplamiento temporal», tiene mucho más espacio que otros países para responder. Y un espacio importante es el interno, puesto que la cadena de suministro es autosuficiente en casi todos los productos. Se ha visto con los productos sanitarios y médicos. Mientras que Occidente enfrenta ya una escasez masiva, y no se llega a un mes desde que se extendió el coronavirus, China se sobrepuso con rapidez y ahora se permite el lujo de enviar centenares de miles de máscarillas y equipos sanitarios a otros países afectados. Incluyendo a EEUU, donde el bocazas de Trump sigue hablando de «virus chino» y su administración aprieta aún más las tuercas a Irán -también contagiado- en otra ronda de ilegalidades, mal llamadas sanciones.

Algunos todavía se llenan la boca hablando de la «China comunista», ahora que ya es evidente que su modelo sirve y el occidental no. Es asustar porque no hay otro argumento. Porque será la «China comunista» la que nuevamente, como en 2008, volverá a salvar al mundo porque será la única fuerza estabilizadora de la economía mundial tras este nuevo batacazo.

El Este gana; el Oeste, pierde. El sistema de producción y vida construido sobre el dominio absoluto de lo privado sobre lo público está muerto. Esta es la gran victoria del coronavirus. Gracias a él, todos los «mercados» buscan ahora desesperadamente al Estado, ese que el neoliberalismo mató menos en lo referente a policía, ejércitos, cárceles y jueces. Pero policías, ejércitos, cárceles y jueces son de muy poca utilidad cuando llega un virus y lo que hay que priorizar es la sanidad (un dato: en Madrid, la capital del estado canalla más conocido como España, el 28% de los recursos sanitarios está en manos privadas, tal vez eso ayude a entender por qué esta ciudad es la que más contagiados y muertos por el COVID-19 tiene en todo el Estado).

Y la Unión Europea. Sabéis que la considero un zombi, un muerto viviente y creo que no hacen falta más explicaciones con cómo se está comportando con el coronavirus. Solo disciplina presupuestaria neoliberal que no sabe hacer frente a lo inesperado (pese a que China dio tiempo al mundo, además). La crisis del coronavirus ha demostrado las insuficiencias de las estructuras políticas y económicas de la UE. Sólo se mueve cuando los intereses económicos y financieros dan su consentimiento y se mueve siempre en ese esquema neoliberal: el centro de gravedad son los intereses protegidos del mercado, el fortalecimiento del sistema de ganancias en detrimento de los intereses sociales de la gran mayoría de la población. Supongo que no hará falta un repaso, pero lo voy a hacer: privatizaciones, desinversiones en sanidad y educación, centralidad absoluta del mercado, de los beneficios de las multinacionales en detrimento de los trabajadores…

Eso de la «casa común de la UE» es otra estupidez de los plutócratas, ya es evidente que cada uno va por su cuenta, es un sálvese quien pueda, las primeras ratas abandonando un barco que se hunde sin remisión. El Eurogrupo se reunió el miércoles para financiar un plan de intervención, que ha aprobado el Banco Central Europeo, pero que va a ser algo parecido a la Grecia de 2015, es decir, hay que ver las condiciones de devolución y cómo va a afectar a la gente. Entonces sí serán necesarios los policías, los ejércitos, las cárceles y los jueces. Porque habrá revueltas.

El caso de Italia es de libro. Abandonada por la UE, ha tenido que pedir ayuda a Cuba (en cuestiones médicas) y a China por lo mismo y de infraestructura sanitaria. Pero tendrá que pagar los créditos y las ayudas que ahora dice la UE que le va a dar. Tarde, mal y pagando. Esta es la solidaridad europea.

El sistema occidental ha colapsado, el neoliberalismo está muerto. Un sistema que colapsa no deja un vacío absoluto sino un intento de nuevo orden basado en la fuerza relativa de los sobrevivientes si no encuentran oposición. Junto a esto hay otra consecuencia clara: la crisis del pensamiento único, eso de que el neoliberalismo es la ideología triunfante tras la «muerte del comunismo». Al insistir tanto en lo de «China comunista» se verbaliza la falacia de la muerte del comunismo y se visualiza el miedo a esta ideología y lo que representa para el sector público.

La burguesía tiene pánico, se ve en cada instante, en cada palabra, en cada acción. El sol sale con fuerza por el Este. Y por ello va a intentar repetir, aunque sea algo disfrazada, la situación anterior. Gatopardismo en estado puro.

Este es nuestro reto, cambiar la forma de pensar y de actuar incluso en aquellos que se consideren «alternativa», no digo ya izquierda radical. Casi todo lo que anteriormente constituía las coordenadas del mundo ya no se mantiene. Hasta ahora la «alternativa», más o menos progre, estaba acostumbrada a ese mundo y teorizaba -es un decir- que todo lo que se podía hacer era una oposición más o menos digna sabiendo que no iba a cambiar mucho o nada (ver el ejemplo de Unidas Podemos en el Estado español, sin llegar -aún- al esperpento de Syriza en Grecia). Llamadlo, como hacen todavía desde UP, «correlación de fuerzas». Con ello abandonaban la posibilidad concreta de cambiar el mundo porque hacían desaparecer, tanto del vocabulario como de la acción, la idea misma de cualquier posible cambio.

China, con sus 1.500 millones de habitantes, confió en su sistema de planificación (el socialismo con características chinas) y utilizó todos los recursos necesarios para parar la epidemia, sin prestar atención a la pérdida de ganancias, de mercados y sin preocuparse del enriquecimiento privado para ayudar a toda su población, con salud pública y gratuita. Occidente está muy lejos de eso como estamos viendo. China ha ofrecido al mundo toda la eficiencia y superioridad del sistema de planificación frente a las indecisiones, las lentitudes y las injusticias causadas por el deseo de salvaguardar intereses empresariales y la burguesía transnacional inherente a las estructuras europeas.

El coronavirus nos ha dado esta oportunidad que no se debe desaprovechar. Hay una crisis sistémica, el capitalismo está herido, muy herido, y es el momento de que el cambio se imponga como una necesidad objetiva. Si somos capaces de comprender que el «antes» nunca volverá y que el sol sale, de verdad, por el Este.

El Lince

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