Corona-virus: ¿el fin del neoliberalismo o algo más?

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Andrés Piqueras*.— Efectivamente, estamos en una encrucijada histórica. Ya nada volverá a ser lo mismo. Esta crisis del capitalismo mundial, manifestada en forma de pandemia vírica, cambiará el curso del sistema y dejará una honda huella en las generaciones que la están viviendo. El impacto social será profundo y duradero.

Difíciles de prever todos los cambios que nos depara el futuro. Pero en el punto en que estamos es necesario hacer ya algunos análisis de primer momento y algunas previsiones mínimas.

Uno: El desastre que atravesamos no tiene sus orígenes hace un mes, ni incluso, en el Reino de España, con los recortes del PP, sino que arranca 40 años atrás, cuando unos gobiernos tras otros, en la fase “neoliberal” del capitalismo, fueron descuartizando la sanidad pública, acometiendo procesos de desindustrialización, entregando la soberanía alimentaria, y luego la monetaria y la fiscal. Confiando la economía a que otros tuvieran dinero para divertirse (turismo), abandonaron el capital productivo (ni mascarillas somos capaces de fabricar) para entregarse alegremente a la especulación bursátil (mientras las poblaciones se arruinaban, las Bolsas se hinchaban).

Se destruyó la protección civil social, dejándola en manos exclusiva del Ejército (UME -¿para que éste pudiera adquirir alguna legitimidad social?-). Se eliminaron las cadenas de suministros de proximidad. También estamos empezando a descubrir cómo se ha “aparcado” a la población mayor en residencias-basura, sin condiciones higiénicas (muchas en manos de Florentino Pérez, sin las más mínimas garantías de cuidado, sin personal, con ancianos desnutridos…).

Dos: La espantosa ineficiencia con la que los gobiernos capitalistas están afrontando esta crisis, ha seguido más o menos los mismos pasos en todo el mundo: primero minimización del peligro (seguir con la vida normal y no preparar y dotar los sistemas de salud); segundo, cuando el virus ya ha hecho su aparición, negarse a parar las actividades económicas (incluidas las deportivas, culturales y recreativas, y también las concentraciones y manifestaciones políticas –Francia hasta celebró elecciones-); tercero, no “cerrar” los focos principales de infección (Milán y el conjunto de Lombardía-Véneto en Italia, Madrid y Euskadi-Rioja en el caso español, por ejemplo. A USA le pasa lo mismo con New York); cuarto, hacer suspensiones parciales de las actividades económicas: durante días de plena infección, la fuerza de trabajo ha continuado desplazándose apiñada en metros, trenes y autobuses, además de trabajar sin medidas de protección; por último, llega el desbordamiento final, con unos sistemas de salud que tienen carencia de todo. Prueba evidente de la falta de autonomía industrial que la mayoría de países tienen. También es una muestra de que se han intentado salvaguardar los intereses empresariales hasta el último momento, por encima de la prevención y protección pública. Esto vale también, por supuesto, para los organismos supraestatales, como el FMI y la propia OMS.

En cuanto a la UE, ¿qué decir? su falta absoluta de dirección y de cohesión en esta crisis hace que sea posible que nos encontremos en el principio del fin de esa quimera política, que siempre fue un mercado planificado para beneficio de las elites transnacionales-financieras del capital. Todavía hoy se resiste a emitir una suficiente cantidad de “corona-bonos” para mitigar el impacto económico-social en los distintos Estados (la misma institución que se inventa decenas de miles de millones de euros cada mes para dárselos a las entidades financieras).

Sólo cuando ya la catástrofe está encima es que algunos (sólo algunos) gobiernos capitalistas están empezando a redescubrir los beneficios de la estatalización de ciertas actividades económicas que se fueron privatizando y que ahora vuelven (¿pasajeramente?) a convertirse en “servicios públicos” (como ocurrió tras la segunda guerra mundial, por ejemplo).

Alemania se ha desecho ya de los límites de deuda pública (es lo que tiene ser un Estado mínimamente soberano –el Reino de España, en cambio, sólo puede tomar las medidas macroeconómicas que le permitan las instituciones supraestatales, EE.UU. o Alemania-). Quizás poco a poco los gobiernos del capital descubran de nuevo a la fuerza que, al menos por ahora, el tándem privatización de beneficios – socialización de pérdidas debe de ser invertido.

Tres: Todo esto pasará una alta factura a la legitimidad política de los distintos gobiernos del capital. Lo más probable es que el corona-virus se lleve por medio muchos gabinetes de todo tipo y color (pudiera ser que incluso instituciones de peso como la monarquía española, absolutamente incapaz de hacer nada que no sea seguir proporcionando escándalos; y ya veremos qué pasa con el propio Estado).

También hará trizas bastantes de las expectativas que habían albergado las izquierdas integradas al orden del capital y a sus instituciones (así como las ilusiones que habían despertado en ciertos sectores de la población).

Mientras, los países asiáticos en vías de construcción del socialismo están dando otra lección histórica [no estoy tan seguro de que las medidas en Cuba hayan sido tan rápidas y contundentes, pero al menos allí se cuenta con un sistema de salud preventivo y de investigación puntera, que ya ha mostrado su capacidad no sólo de proteger a su población sino también de ayudar a otros países en repetidas ocasiones, y en ésta, como vemos, también. En cuanto a Rusia, puede permitirse todavía niveles de eficacia sanitaria gracias a la herencia de la URSS, (aunque ya bastante menguada por el paso de la “doctrina del shock” neoliberal por el país, y sólo parcialmente recuperada con Putin)].

Por contra, EE.UU., seguido demasiado a menudo por la UE y sus políticas infames, en plena pandemia mundial continúa bloqueando la dotación sanitaria en general y de medicamentos antivíricos y tests a países tan golpeados como Irán, pero también Venezuela y Cuba, por no citar a la propia Rusia. Aunque nuestros medios hacen todo lo posible por ocultarlo, no creo que a muchas sociedades, en adelante, les pase esto desapercibido.

Cuatro: Sí, estamos en una encrucijada sin precedentes en “tiempos de paz” y sin que sea consecuencia de algún proceso revolucionario en curso. Habrá un antes y un después des esta crisis. El capitalismo que salga de ella ya no será el mismo. Habrá una profunda reestructuración del poder entre las elites del capital. Su globalización implosiona y lo que quede de ella será en adelante liderada probablemente por China (si es que USA no se decanta por la salida bélica) pero, en cualquier caso, de una forma más “multipolar”. Sea como sea, el “neoliberalismo” ha llegado a su fin (hasta los fanáticos de las privatizaciones han redescubierto el gasto público).

El corona-virus le ha proporcionado al capital un tratamiento de choque a la altura de una conflagración bélica de considerables dimensiones. Obviamente, hay fracciones del capital que ya tienen preparado el futuro, con unas nuevas tecnologías y formas de producción que no auguran nada bueno para la fuerza de trabajo mundial. De las luchas de las poblaciones dependerá que tal futuro no se realice, y que esta encrucijada sirva para cambiar el curso de la historia. Pero para ello se necesitan organizaciones sociales, políticas, sindicales, que estén a la altura de los tiempos y que sean capaces de encauzar la rabia e indignación que esta pandemia está ocasionando en las poblaciones el mundo.

Cinco: Hoy apenas tenemos esas fuerzas. Décadas de integración en el orden del capital por parte de nuestras izquierdas, y de asumir que capitalismo conlleva democracia, crecimiento y bienestar, han llevado a una gran orfandad de organizaciones de masas altersistémicas, integrales. Eso quiere decir que la coyuntura tiene hoy por hoy más posibilidades de ser aprovechada por las versiones más reaccionarias y despóticas del capital, que sí están organizadas y dotadas de medios, y que manejan a la perfección clichés aberrantes y maniqueos, pero simples y fáciles de entender por poblaciones amedrentadas, con altas dosis de ansiedad y casi en estado de neurosis.

Seis: En el caso del Reino de España partimos de una desventaja mayor, y es que “nuestras izquierdas” más masivas, o las que hacen de tales, incluida la izquierda clásica “comunista” y parte de la que se decía “anticapitalista”, ESTÁN INCLUIDAS en el gobierno. Es decir, no tenemos una izquierda organizada más o menos de masas, para hacer oposición a un gobierno que ha demostrado la misma incapacidad para afrontar la crisis que cualquier otro gobierno capitalista y que da muestras de querer proteger sobre todo los intereses del capital a la salida de la crisis.

Veamos sólo algunos detalles. La mayor parte de los 200.000 millones de euros de las medidas que el gobierno decreta como “escudo económico y social” están destinadas a las empresas. Sólo 300 de esos millones son previstos para los servicios sociales, mientras que se dedican 100.000 millones a constituir un aval que permita a la Banca gestionar créditos para las empresas. Importe que se podrá ampliar en otros 87.000 millones de euros por parte de los propios Bancos (ya sabemos para quiénes serán los beneficios de todo ello). Se niega la prestación de desempleo indefinida para todas las personas que queden en paro a consecuencia de esta crisis.

El conjunto de medidas de ayuda para la población trabajadora por cuenta ajena y autónoma, no tienen más vigencia que el final del mes en que acabe el Estado de Alerta (ridículo). Ni se intervienen clínicas privadas ni se nacionalizan corporaciones farmacéuticas, ni se incautan los beneficios de la Bolsa (ni, en general, de las principales empresas y fortunas, incluyendo la de la casa real) para financiar medidas sociales y laborales de urgencia.

Ante el acelerado incremento del gasto social y la inevitable bajada en la recaudación de impuestos, sería imprescindible una extracción de recursos de la clase capitalista y aristocracias del dinero, a la vez que la condonación de deudas de pequeños negocios y empresas, así como la quita de deudas estatales con los mercados financieros (satisfacer deudas púbicas en estos momentos es un crimen social).

Nada indica que se vaya por ese camino.

Esto quiere decir que a la catástrofe social se le unirá a buen seguro una debacle económica, con seria contracción, lo que será una tragedia sin paliativos para millones de familias. La implicación directa más probable, de no cambiarse las medidas hacia un giro realmente social, será que la legitimidad de “la izquierda” se irá al garete (en general; aquí da igual que se forme parte del gobierno que no, a falta de una actuación social contundente por fuerzas de izquierda integral, la población indentificará lo que pasa con “la izquierda” en general, y la derecha del capital sabrá aprovechar bien el momento en ese sentido).

Por tanto:

Siete: No queda otra que las fuerzas sociales, sindicales y políticas alternativas, no integradas en la versión socialdemócrata o reformista del capitalismo, entablen una alianza estructural, no coyuntural. Todos y cada uno de nosotros/nosotras hemos de trabajar para ello.

Cabe esperar, además, que con la degeneración de las condiciones de vida de la población en general, y el consiguiente deterioro del gobierno, a ciertos sectores de PCE y puede que de IU, les llegue de nuevo cierta “luz” socialista y la decencia política suficiente como para sumarse en algún momento a esas alianzas. Es más, hemos de hacer lo posible por ello.

Ocho: Las claves que desde esos primeros núcleos pueden llevar a alianzas más amplias, en un segundo pero también urgente momento, deben ser concisas, claras y al tiempo contundentes: 1. Potenciación de lo público. 2. República. 3. Proceso constituyente (incluye forma de Estado).

Por ese orden, paso a paso, sin pasar al siguiente sin haber conseguido antes articular fuerzas en torno al anterior.

Hay que ponerse a la tarea ya mismo. La lucha comienza desde ahora, en nuestros encierros. Para hacer de ellos también un arma política.

(Publicado en Observatorio de la Crisis, el 25 de marzo de 2020)

*Andrés Piqueras, sociólogo profesor de la Universidad Jaume I

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