domingo, septiembre 20, 2020
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España: Una, Grande y de libre mercado

No vamos a hablar de quienes hace tiempo guardaron banderas y consignas para convertirse en la oposición responsable y civilizada

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Vivimos movimientos telúricos en el amplio campo del fascismo español. Las cloacas del Estado se remueven contra un gobierno al que califican de bolivariano y comunista, utilizando para ello el intacto entramado policial, judicial, político e institucional heredado del franquismo, alimentado por el PSOE durante años de gobierno y elevado a los altares por la derecha más reaccionaria del PP.

La irrupción de Vox en la escena política ha sorprendido a muchos. La candidez es extrema, igual que la derecha española: nunca quemaron sus banderas, sólo cambiaron el escudo franquista por el monárquico, pero en el fondo la rojigualda, ya sea con pollo o con corona representa a un Estado, el español, y a una clase social, la burguesía, con un sector oligárquico a la cabeza que alentó, instigó, financió y jaleó el golpe de estado de los generales franquistas en el 36; y están ahí para recordarnos que España es una, grande y de libre mercado.

Se trata de la misma clase social que en el 82 aupó al poder a Felipe González, después de resucitar a un PSOE del que no quedaban ni las cenizas gracias a un nuevo ejercicio de ingeniería institucional: inventar una izquierda que evitase la ruptura social y política real con el régimen heredado del franquismo.

Mucha gente se pregunta por qué en España la oposición parlamentaria fustiga al gobierno en la gestión de la crisis provocada por la pandemia del COVID-19 en lugar de colaborar con él “como hacen en Portugal”. Y esa pregunta que se hace la izquierda, pero que la derecha ni se plantea, demuestra hasta qué punto el régimen español está injertado en la mente de millones de ciudadanos y ciudadanas, y es que no nos damos cuenta (o no queremos) de que el fascismo ganó la llamada guerra civil dos veces: en el 39 y en el 77. Y siguen en el poder, gobierne quien gobierne.

Los gobiernos del PP han disfrazado el fascismo español de siempre vestido de traje y corbata, gestionando de una manera práctica la economía y la política para regenerar los beneficios de la burguesía patria, pero en cuanto han tenido la oportunidad han vuelto a ponerse el tricornio, la camisa azul y a sacar la bandera franquista.

Los gobiernos del PSOE hicieron lo mismo, con la salvedad de que se autodenominaron de izquierda, aunque estos enarbolan la bandera nacional con la corona real, en un aire de modernidad. Podemos aún hacer memoria reciente de la historia de los gobiernos del PSOE: la desindustrialización, la permanencia en la OTAN, la heroína en los barrios obreros, la represión y las torturas, el GAL, la ley de las ETTS, las primeras reformas laborales…

Existe un pacto de estado consagrado en la Constitución Española, y no es otro que la negativa a tocar los intereses económicos de la burguesía dominante, y garantizar la unidad del marco territorial en el que el capital español hace su negocio interior: la indisoluble unidad de la patria española. Para ello está bajo su directriz, el Ejército, la Policía, la Guardia Civil y la Iglesia española. Y como colaboradores necesarios, las burguesías periféricas con sus propios intereses.

En ese pacto de estado están la inmensa mayoría de los partidos con representación parlamentaria, excepción hecha, por el momento, de la representación de las CUP.

No vamos a hablar de quienes hace tiempo guardaron banderas y consignas para convertirse en la oposición responsable y civilizada, dejando en la cuneta toda una historia de lucha contra el sistema y abandonando a la clase obrera.

Sólo los ingenuos se sorprenden de la condescendencia policial con los llamados cayetanos y borjamaris de la ultraderecha que se han saltado el confinamiento para manifestarse en las calles, a la par que reprimen sin miramientos las movilizaciones obreras a favor de la sanidad pública. Es la expresión del odio de clase, es la policía del Estado, y es el Estado de los ricos.

Mientras esto sucede, desde Unidas Podemos, la versión renovada del PSOE, claman contra el “secuestro de los símbolos de la patria, que es de todos, como la bandera, que hace la extrema derecha”. Reclaman una bandera que jamás sirvió al pueblo trabajador, enarbolan la Constitución Española como la mejor herramienta para “acabar con las diferencias sociales” y se postran ante el rey a cambio de algunos ministerios.

No podemos olvidar ahora a los muchos miles de trabajadores y trabajadoras que pese a la propaganda ministerial han tardado casi tres meses en cobrar las prestaciones por los ERTE, como no podemos evitar indignarnos ante el tsunami burocrático que hay que enfrentar para acceder a la moratoria de hipotecas y acceso a ayudas sociales para amortiguar las duras consecuencias de la crisis económica provocada por el COVID-19.

El tan proclamado ingreso mínimo vital aprobado por el Gobierno está lejos de ser una herramienta para acabar con la pobreza en el Estado. Su diseño está hecho con los parabienes de la clase dominante, para quienes no constituye un problema en sus bolsillos pues no cambia la política fiscal.

Celebramos el pasajero alivio que supondrá para las familias de origen trabajador que se encuentran en situaciones críticas de pobreza, pero no olvidemos que el IVM está lejos de alcanzar la cuantía del salario mínimo interprofesional, que ya es ridículo y que no supondrá jamás un avance real para la clase trabajadora y su camino hacia la emancipación. Queremos acabar con la pobreza, no suavizarla.

Por su lado la banca sigue sin devolver los más de 65 mil millones de euros que costó el rescate de la llamada crisis financiera, y los gravámenes fiscales a las grandes fortunas siguen sin aparecer en el horizonte pese a la propaganda que se desliza desde sectores del gobierno de coalición.

En esta coyuntura el fascismo español agita sus banderas y tricornios, desde la amenaza y el miedo intenta parecer fuerte e invencible, pero no lo es. Lo verdaderamente preocupante son los amplios sectores de la clase obrera que han sido seducidos por sus promesas vacías y de esto, por desgracia, en Castilla sabemos mucho. Los ricos mueven los hilos y el pueblo trabajador constituye la fuerza de choque.

Para enfrentar a ese fascismo que en su discurso aplasta y ningunea a los y las trabajadoras hace falta rearmarse ideológicamente, tener claro quién es el enemigo de clase y no caer en la trampa de la socialdemocracia y el Gobierno que nos quiere arrastrar en su miseria. Es una necesidad construir un tejido social obrero y unitario para combatir al fascismo que camine hacia el socialismo como verdadero cambio de sociedad.

Desde Comunistas de Castilla no vamos a defender la estrategia inoperante de quienes activa o involuntariamente se colocan como salvaguarda de los revisionistas del Parlamento. El Gobierno de Pedro Sánchez no es el de Salvador Allende, ni aquél era el de los Soviets y basta ya de desviar el foco de los intereses de las familias trabajadoras de los pueblos del Estado.

¡Contra el fascismo sí, con el Gobierno no!

Comunistas de Castilla, a 3 de junio de 2020.

Fuente: lahaine

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