De pícaros modernos (ni siquiera posmodernos)

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Bianchi.— Empezando por la conclusión, diremos que no cabe comparación alguna entre la picaresca moderna en el Estado español con la habida en el siglo áureo de los Austrias. Al pícaro del Siglo de Oro le obsesiona el hambre y hace mercancía de su ingenio: al pícaro contemporáneo le mueve el lujo. «El Lazarillo» es un antihéroe: el de hoy, un villano. El pícaro de Tormes no es un delincuente ni un criminal;el de hodierno se lo lleva crudo y hasta se jacta como hacía Zaplana («yo estoy en política para forrarme»). El Lazarillo va aprendiendo a fuerza de zurriagazos y engaños a manejarse en la vida; los pícaros modernos a base de talonarios y transfuguismos. En la época del Lazarillo el ambiente resulta espectral, menos la epifanía diaria del hambre;en la actualidad, todo es real, incluido el paro y la miseria.

En la «Segunda Parte del Lazarillo de Tormes» de H. Luna, Lázaro dice: «porque siempre quise más comer berzas y ajos sin trabajar que capones y gallinas trabajando». J. García Mercadal dirá que el español se conformaba con comer poco a cambio de trabajar menos. Hoy los pícaros sin mérito -«pícaros sin estudios», si se nos permite la chocarrera licencia-, comen de gorra y viven como marqueses sin hincarla a cuenta de dietas, presupuestos y otras morisquetas y martingalas. En la antigua Cajamadrid se prefería un puesto en su consejo de administración a ser ministro «porque se gana más y se trabaja menos». «Guzmán de Alfarache», de Mateo Alemán, sí es el pícaro por antonomasia que engaña sin escrúpulo y se esmera en el rufianismo, lo que le diferencia del Lazarillo, de quien deseamos que no le pillen en ninguno de sus desafueros. Los pícaros modernos son, al igual que el bufón Estebanillo González, «el primero en el botín y el fugitivo primero en la pelea». «El Buscón» de Quevedo, ya es otra clase de pícaro, amargado y cruel, como su genial y semoviente autor.

Tal vez pudiera hablarse de un pícaro literario de carácter subversivo en el sentido carnavalesco -bajtiniano (de M. Bajtin), según el marroquí Ismail El-Outmani. Podría decirse acaso que «El Lazarillo» es un texto disolvente, lixiviante, que parodia la «vida» de los santos (los tebeos de entonces como «vidas ejemplares»). El pícaro es la contrafigura del santo. Su vida es la de un santo puesta al revés, pero fáctica, real y no virtual. Lazarillo no ofende, sino que es ofendido en un medio hostil. El pícaro moderno ofende al prójimo y se siente, de alguna forma, protegido por la autoridad en sus desmanes, que serán castigados, excepcionalmente, como exutorio y chivo expiatorio ante la sociedad. Pero nunca como escarmiento disuasorio. Al revés, se trataría de acostumbrarse al latrocinio y a la corrupción como un fenómeno «natural».

Por eso cuando vemos asaltar supermercados -menos de lo que nos gustaría- en busca de comida, nos recuerda el Lazarillo medieval y simpatizamos con él porque su móvil es el hambre. Y el hambre, lejos de obedecer a una causa, es el peor de los delitos, como nos recuerda la ideología dominante y el quinto mandamiento. Como mucho, ponte a la cola.

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