martes, septiembre 29, 2020
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Deshumanizados, excluidos e invisibilizados: Los múltiples rostros del racismo en América Latina

Casos de México, Colombia, Argentina y Ecuador ilustran los cotidianos comentarios racistas, que siempre van acompañados de la discriminación estructural en la que viven millones de personas en la región.

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«Cuando nací, Mamá Locha me inspeccionó las nalgas en busca de la mancha oscura, la señal del indio, o peor, de sangre mulata», cuenta la académica, feminista y activista chicana Gloria Anzaldúa (1942-2004) en su ensayo autobiográfico La prieta. El gesto, que podría sonar exagerado, todavía resulta familiar en una región que se extiende desde el Río Grande hasta la Patagonia.

En América Latina, un crisol donde viven cerca de 640 millones de habitantes negros, indígenas, blancos y mestizos, persiste una desigualdad que aflora con la crudeza de actos expresamente discriminatorios o que se esconde bajo la engañosa piel del chiste, de la convención social o de las frases asumidas como normales.

Aunque se sabe que es una región diversa, millones de personas son objeto de discriminación racial todos los días. Haciendo alusión a los rasgos físicos y orígenes étnicos, generación tras generación se repiten comentarios que hieren, que lastiman en lo más hondo, y que incluso condicionan su acceso a la educación y al trabajo.

«Se embarazan como conejos»

Tamya Morán Cabascango, una joven cantante kichwa de la localidad de Cotacachi, en la provincia ecuatoriana de Ibarra, cuenta que sintió en carne propia el racismo cuando ingresó —tras conseguir una beca bajo el programa de diversidad étnica— a la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), en la capital ecuatoriana.

«Para mí la vida estudiantil ahí fue muy dura y todo era gracias al racismo», cuenta y menciona algunas de las frases que ha escuchado: «Es que los indígenas huelen mal»; «son pobres porque quieren, porque son vagos«; «los indígenas o los pobres se embarazan como conejos».

Estudiantes indígenas en la escuela bicultural de Milenio en Cotacachi, Ecuador, 8 septiembre 2012. | Guillermo Granja / Reuters

Morán relata que, dentro de la universidad, la discriminación comenzó desde el primer día. «La bienvenida que nos dieron fue decirnos: aquí hay papel, no se sorprenderán. Y por favor —ahí dijo el director—, no se lo vayan a robar».

Esta joven, en algunas ocasiones que considera especiales, se viste con su traje tradicional kichwa, que incluye anaco (falda).

«Una vez llegué con anaco, así bien bonita, y cuando me senté al lado de un chico, se tapó la nariz como si yo estuviese apestando», menciona.

En otra oportunidad, en la USFQ comenzaron a pedir a los estudiantes su carné para el ingreso. Morán comenta que al pasar junto a amigos «mestizos» no les solicitaron el documento; sin embargo, cuando trató de entrar junto a compañeros indígenas les impidieron el paso y les exigieron la identificación. Tras denunciar, la explicación del oficial fue: «Es que nosotros como guardias tenemos un perfil de la gente que estudia aquí».

«Haraganes que no trabajan»

En la nación vecina, Colombia, los pueblos indígenas viven una situación similar, que permeabilidades incluso desde las propias autoridades. «Siempre hemos estado ante unos gobiernos que han sido discriminatorios, racistas», dice Ferley Quintero Quinayaz, consejero mayor del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC).

«A nosotros nos tratan de indios que no producimos, que solamente nos dedicamos a pedir y que hay que darles», comenta Quintero.

Recientemente, salió a la luz un audio de funcionarios del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones (Mintic), en el cual se referían despectivamente a los pueblos indígenas, en una sesión relacionada con el CRIC. Concretamente, decían: «¿Qué tal esos ‘hijueputas’? (…) Ellos nunca van a cambiar y van a ser miserables y brutos toda su vida. Malparidos».

Una mujer indígena sostiene una bandera en Bogotá, Colombia, 25 de abril de 2019. | Luisa Gonzalez / Reuters

Para Ferley Quintero, esos términos «hieren», no solo a los integrantes del CRIC, «sino a las comunidades indígenas de toda Colombia«. El consejero mayor comenta que constantemente son tratados como «indios robatierras, indios ladrones», «haraganes» que «no trabajan, no se bañan».

«En Colombia, los indígenas sufren el racismo todos los días, a tal punto que hay cifras de asesinatos casi cotidianos, a veces uno por día», dice, por su parte, Javier Guerrero-Rivera, docente investigador de la Universidad Libre de Bogotá.

Con ello, señala que, en el país sudamericano, «así como se ha naturalizado hacer un chiste o un comentario desde las élites, se ha naturalizado el exterminio de las culturas indígenas o el abandono total de las culturas afrodescendientes, indígenas y campesinas».

«Pelo de negra»

La periodista colombiana Velia Vidal recuerda una vez que, dentro del vagón atestado del Metro de Medellín, alguien le dijo en voz alta: «Es que esa negra con su pelo no me deja salir«.

La también promotora de lectura cuenta en entrevista con RT que la vez que fue discriminada estaba de paso en la ciudad colombiana, pues vive y dirige una corporación educativa y cultural en Quibdó, en el Chocó, el departamento colombiano que ocupa el primer lugar en pobreza monetaria y en donde más del 60 % de la población se identifica como afrodescendiente, según el censo de 2018 realizado por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Esta experiencia que padeció Velia parecía contradecir la creencia popular de que en Colombia no existe el racismo. Una idea equivocada, como apunta el Barómetro de las Américas de 2016, que estima que el 21,7 % de los colombianos han sido víctimas de hechos discriminatorios. Después de la condición económica, el color de piel es la segunda causa de discriminación en el país suramericano.

Una niña en la municipalidad de Bocas de la Larga, departamento del Chocó, 20 de diciembre 2010. | José Miguel Gómez / Reuters

«Cuando considero que unas comunidades son pobres por el hecho de ser afro, es porque está instalada en mí la idea racista«, dice la periodista sobre uno de los comentarios habituales que se dirigen a los afrocolombianos, pese a ser casi tres millones de habitantes y representar el 6,68 % de la población, según el DANE.

El Observatorio de Discriminación Racial afirma que «existe una correlación entre el porcentaje de población negra, los índices de pobreza y otros indicadores de bienestar«, como lo muestra «de forma dramática la grave situación de Chocó», el departamento de donde es originaria Velia.

Velia explica que aunque las mujeres afro padecen el racismo tanto como los hombres, pero ellas suman la discriminación de género. «Eso se convierte en un agravante que los estudiosos han denominado como interseccionalidad», que es «el fenómeno por el cual cada individuo sufre opresión u ostenta privilegio con base a su pertenencia a múltiples categorías sociales», según Kimberlé Williams Crenshaw, profesora estadounidense que acuñó el término.

Según las cifras del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, los afrocolombianos son el grupo étnico que más se ha sentido discriminado por su color de piel (19,8% del total de los encuestados lo manifiestan así). Este sondeo también arrojó que 27,5% de las mujeres aseguraron haber sido víctimas del racismo en su casa, mientras que ningún hombre manifestó lo mismo.

Para la periodista y promotora cultural, con la abolición de la esclavitud en América Latina, se creó la falsa idea en los países de que todos los ciudadanos «eran iguales». En efecto, había igualdad ante la ley, pero en la práctica «no todos tenían la plena garantías de derechos». Esto provocó un rezago en la población afro e indígena que no fue subsanado por el Estado mediante la formulación de políticas públicas dirigidas a atender a estas poblaciones vulneradas, explica.

Frente al racismo estructural que permea en Colombia, «la gran conquista para la población afro es la garantía de sus derechos», resume Vidal.

«Nos deshumanizan»

Es mayo de 2018 y Melina Schweizer viaja en el subterráneo de Buenos Aires junto a su madre, y se ve feliz, porque le va a mostrar lo bien que se adaptó a Argentina tras dejar República Dominicana. Es la primera vez que Rosa visita este lejano país del Cono Sur, mucho más frío que su habitual zona caribeña, y le entusiasma recorrer la ciudad que recibió a su hija.

Están por bajar del vagón en la estación Plaza Miserere, de la Línea A, para ir hacia La Conga, un clásico restaurante de comida peruana ubicado en el centro porteño. Al mismo tiempo, una anciana quiere ingresar al medio de transporte, pero debe aguardar, y cuando finalmente entra, grita: «¡Tengo que esperar a que estas negras de mierda salgan, para yo subir!». Y luego las escupe.

Usuarios del Metro de Buenos Aires, el 3 de enero de 2018. | Eitan Abramovich / AFP

Melina, a sus 29 años, recuerda esa experiencia con lujo de detalles. Actualmente es una ciudadana nacionalizada argentina que ejerce el periodismo, con una postura abiertamente antiracista. Desde la comunicación, cree que puede dar su aporte para cambiar algo, aunque sea difícil.

«Uno de los insultos que he recibido, es que soy un mono, y que solo me falta la banana», repasa, mientras la indignación le resquebraja la voz.

«Me duele mucho, siempre a las personas negras nos deshumanizan. Lo negro está ligado a lo primitivo, salvaje, sucio, la delincuencia y la ‘hipersexualización’, en el caso de las mujeres», subraya.

Melina también destaca que, además de afrontar agresiones verbales por su color de piel, su condición de migrante se tradujo en otros actos discriminatorios: «El racismo, la xenofobia y el nacionalismo van de la mano, y cuando se combinan los tres, son un condimento explosivo».

Ahora afirma que no deja pasar estos graves delitos, para evitar que se sigan reproduciendo: «Decidí no ser más tolerante y tomar cartas en el asunto, utilizando las herramientas institucionales que existen, para decir que las vidas negras también importan».

El Instituto Nacional Contra la Discriminación y el Racismo (INADI), entidad a cargo de recibir las denuncias, le informa a RT que la tercera parte de los damnificados suele tratarse de personas que padecieron racismo estructural. Para ese organismo estatal, esto tiene un trasfondo histórico, que data de la colonización: «Relegó a las poblaciones no blancas a los extremos sociales de menor oportunidad«, indica. De esta forma, «se naturalizan diferentes mecanismos cotidianos de discriminación, predominando la tradicional exclusión de clase y racial», concluye.

«Mejorar la raza»

Hace unas semanas, la actriz mexicana Bárbara de Regil —de tez blanca y cabello negro— grabó uno de sus habituales videos, en donde aparecía sonriente mientras realizaba intensas rutinas de ejercicio. Solo que esta vez, colocó un filtro que la hizo ver con el rostro moreno, y de paso, la retrató de cuerpo entero: «Ay, qué prieta, no. Qué feo«, dijo la protagonista de la serie de televisión ‘Rosario Tijeras’.

La expresión de la ‘influencer’ generó una ola de rechazo en la Red, pero confirmó, una vez más, lo extendidas y normalizadas que están las prácticas racistas en México. Desde el siglo pasado y hasta nuestros días, en las familias mexicanas es habitual escuchar el consejo de casarse con una persona de tez blanca «para mejorar la raza«; o una típica felicitación a los nuevos padres de familia, porque su bebé «es moreno, pero está bonito«.

A casi 200 años de que se concretó la Independencia de México de España, parece que el país latinoamericano se sigue negando a sí mismo, pese a que se construyó un mito alrededor de una «nación mestiza», que habla de un país de descendientes del conquistador español Hernán Cortés y la mujer indígena Malintzin (Malinche). Un ideal de mestizaje que, de paso, borró a la numerosa población afromexicana y excluyó a miles de comunidades indígenas.

«Estamos acostumbrados a pensarnos como una nación de mestizos, pero a presentarnos como una nación de blancos«, escribió el politólogo Mario Arriaga en la revista Nexos después de realizar un ejercicio que denominó Conteo de Blancura Editorial (CBE), donde inspeccionó revistas y suplementos de sociales para ver cuántas personas de tez morena salían en las deslumbrantes páginas.

En una edición del suplemento Club del periódico Reforma, Arriaga revisó las fotografías y encontró un total de 300 personas con tez blanca por solo dos morenos —uno era el conocido exportero Jorge Campos—. La blancura de las páginas no parecía acorde con la realidad de un país en donde siete de cada diez habitantes se identificaron con la piel «oscura» o «intermedia», según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENDIS) de 2017.

Este ideal de «blanca belleza» y las lapidantes expresiones racistas que la acompañan, en prácticamente todas las esferas de la vida privada y pública de la nación, está relacionado con la enorme desigualdad de oportunidades entre los distintos sectores. La ENDIS refiere que solo el 16 % de las personas de piel morena o negra alcanzaron la educación media superior, frente al 30,4 % de las personas blancas.

Por tipo de ocupación laboral, también hay diferencias significativas. El 6,1 % de las personas blancas son funcionarios u ocupan puestos de dirección y jefatura. Esto es más de doble que en el caso de las personas de piel más oscura (2,8 %).

Racismo como obstáculo

La Organización de Naciones Unidas (ONU) ha señalado que el racismo es «un obstáculo para el desarrollo en América Latina».

Un estudio del Banco Mundial sostiene que los afrodescendientes de la región tienen «2,5 más probabilidades de vivir en pobreza crónica que los blancos o mestizos». Asimismo, pese a que los pueblos originarios en América Latina representan el 8 % de la población de la región, las comunidades indígenas también constituyen, aproximadamente, el 14 % de los pobres y el 17 % de los extremadamente pobres de Latinoamérica, refiere otro reporte del organismo.

Afrocolombianas se peinan en la entrada de su casa en Soacha, 23 de mayo de 2018. | Nacho Doce / Reuters

Fernando García, antropólogo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Ecuador, considera que el racismo en toda América Latina está vigente, aunque en algunos países esté invisibilizado.

En entrevista con este medio, el académico afirma de manera tajante: «El racismo en toda América Latina está vigente, por desgracia. Tiene nuevas formas de mostrarse, y en muchos países persiste de manera invisible, pero es un problema con múltiples rostros».

Lo más preocupante, a juicio del investigador, es la inexistencia de medidas integrales desde los Estados para erradicar el racismo, en una región donde persiste la exclusión. Las iniciativas, casi siempre, surgen de la sociedad civil y los grupos sociales organizados y el panorama, en definitiva, es desolador: «En realidad, las políticas oficiales, estatales, están bastante abandonadas».

Texto de Nathali Gómez, Leandro Lutzky, Edgar Romero y José Beltrán.

Fuente: RT

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