jueves, septiembre 24, 2020
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Ecuador: la guerra interna en Colombia y la renta feudal de la tierra (FDLP-EC)

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Una de las estrategias que ha impulsado el imperialismo para contrarrestar a los movimientos y organizaciones revolucionarias en Latinoamérica ha sido contraponer masas contra masas; es decir, generar grupos irregulares armados por el Estado para que combatan a las guerrillas con similares tácticas y en el mismo teatro de operaciones.

Pasó en el Perú, con las llamadas mesnadas, grupos de paramilitares armados por el gobierno y cuyos componentes eran básicamente campesinos pobres, de hecho, miembros de nacionalidades indígenas como son el caso de los Ashaninkas.

La estrategia en alguna medida dio sus resultados, pues impulsó a que los guerrilleros tarde o temprano choquen o golpeen a estos grupos al servicio del viejo estado y les causen bajas, aspecto aprovechado por los medios de prensa burgueses quienes se apuraron a señalar que la guerrilla “de sendero” asesinaba “humildes campesinos”, cuando en verdad se daba de baja a elementos armados vinculados informalmente al aparato militar del viejo Estado

En Honduras, El Salvador, Nicaragua, Colombia se aplicó la misma estrategia. Quizá en Colombia fue algo más definida con los grupos paramilitares que tienen sus orígenes con los Chulavitas (1940-1950) y devinieron en las Autodefensas de Córdova y Urbá; Magdalena Medio, Bloque Central Bolívar, las AUC y otras, quienes en muchos lugares del país derrotaron militarmente a la guerrilla, tal es el caso del EPL que fue prácticamente aniquilada y asimilada por las AUC.

Hoy, la estrategia de combate a la guerrilla (por dar una definición genérica para este ejercicio) sigue siendo “contraponer masas contra masas”, pero con una variante, se utiliza como punta de lanza a grupos de sicarios para que “ablanden” el escenario en conflicto realizando asesinatos masivos o selectivos induciendo a las masas a que tomen partido por cualquiera de los grupos y que generalmente resultan ser los más violentos, más sangrientos.

Los últimos y magros sucesos que se vienen dando en Colombia donde diariamente sicarios de distinto cuño comenten masacres o asesinan públicamente a dirigentes indígenas o campesinos.

La bancarrota de las FARC evidenciada, además, en mal llamado proceso de paz, no podía tener otro corolario que la muerte de muchos de sus militantes, cuadros y combatientes de base, quienes hasta de manera ingenua se reincorporaron a la vida “legal” del país. ¿Las consecuencias?, guerrilleros en condiciones de indefensión y vulnerabilidad que fueron fácil presa para los grupos paramilitares, y no pocos se vieron obligados a retomar las armas, no con el propósito de la lucha por el Poder, sino como elemento de presión al viejo estado para que les dé mejores y mayores garantías de reinserción, en otros casos, para recuperar tierras y espacios de movilidad política para sostener una guerrilla viciada y que jamás tuvo un norte revolucionario objetivo, claro y coherente con los propósitos de la clase y del pueblo.

Este profundo resquebrajamiento del “proceso de paz” en Colombia, ha llevado a que el retorno de los guerrilleros al campo devenga en una nueva, cruenta y más abyecta guerra entre los grupos disidentes de las FARC; el ELN, remanentes del EPL, paramilitares, narcos y militares, es decir, un verdadero pandemónium cuyo único y último objetivo tiene que ver con la renta feudal de la tierra.

El problema de la tierra en Colombia es superlativo, es centro, es eje; la lucha por ella y su uso determina el centro de gravedad de un conflicto en armas que ya lleva 60 años.

Más del 70% de los predios ocupan el 2% del territorio nacional y tienen menos de 5 hectáreas; por el contrario, el 2% de los predios ocupan el 73% del territorio, calculado de más de 1000 hectáreas. Es decir, la mayor cantidad de tierras está en posesión de muy pocas manos; aspecto que evidencia una alta concentración de tierras en manos de los grandes terratenientes.

Más de un millón de campesinos tienen tierras por debajo de unas 1,5 hectáreas. Otro dato importante es que durante el conflicto interno, 10 millones de hectáreas fueron despojadas de sus propietarios (pequeños y medianos campesinos) por parte de los actores del conflicto interno, esto es, militares, guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, todos con dos objetivos en concreto; el más importante en términos cuantitativos: poner a trabajar estas tierras al servicio del narcotráfico; ¿los trabajadores?, campesinos pobres que fueron sometidos a la producción de hoja de coca, raspachines, laboratorios, seguridad y comercialización de droga, etc., bajo una forzada figura que estableció relaciones de producción esclavistas, feudales y semifeudales.

Decenas de miles de indígenas de los resguardos del Cauca o de la población AWA en Nariño, son esclavos en sus propios territorios; es decir, si quieren seguir viviendo en sus tierras tienen que producir obligatoriamente hoja de coca para los carteles de la droga, obviamente, producen productos para el consumo, el mercado local, pero también y sobre todo, la hoja para los “patrones”.

Otros son desplazados y sus tierras pasan a ser ocupadas por “otros campesinos” que se prestan a habitar y trabajar esas tierras ya sea para sostener la producción de la hoja de coca como para convertirlos en forzadas “bases de apoyo”, ya sea a guerrilleros como a paramilitares que en muchos de los casos terminan desangrándose en combates no obstante tener patrones similares cuyos nexos los colocan con los carteles de la droga, esencialmente de México.

El otro escenario no diferente es el de la minería ilegal. Otra fuente de financiamiento para unos y otros; actividad que tiene las mismas características, campesinos convertidos en mineros artesanales bajo coerción armada, bajo la figura de un contrato forzado del que se benefician con un salario que, al igual a los campesinos que siembran hoja de coca, siempre resulta más “atractivo” que la renta que le sacan a la siembra y comercialización de productos tradicionales.

Es decir, los campesinos son obligados a trabajar su tierra o la de otro bajo condiciones serviles; una parte de la producción es para su consumo, la restante (la mayoría) es entregada a sus verdugos a cambio de no ser expulsado o de que pueda vivir “protegido”.

Hay escenarios en los que guerrilleros o combatientes paramilitares son inducidos a trabajar gratuitamente en los sembríos de coca o en los laboratorios como parte de las actividades suplementarias a su condición de “combatiente”; es decir sus mandos, patrones y demás, se aprovechan de su fuerza de trabajo a cambio de nada, quizá de mantenerse con vida o con una militancia que no tiene un objetivo claro.

En este contexto, todo aquel campesino, líder, dirigente indígena o de cualquier organización campesina que promueva o se niegue al desarraigo, automáticamente se convierte en objetivo militar y pasa a ser parte de la estadística de muertos, es más, no son asesinados individualmente, sino con sus familias y colaboradores, tiñendo más aun el agro colombiano con sangre de aquellos que luchan por la tierra pero que aún no cuentan, o encuentran la línea ideológica correcta que los lleve a emprender con una revolución agraria que de por término toda forma o expresión de explotación, opresión y violencia, venga de donde venga.

Y las FFAA de Colombia, particularmente su ejército, no está por fuera de esta tramoya, de esta danza de la sangre, ya que por muchas ocasiones oficiales de alto rango disponen de la ropa para realizar operativos militares que favorezcan a tal o cual terrateniente, capo de la droga o cualquier político que busca posicionarse electoralmente.

El camino de la revolución en Colombia no es diferente al que tenemos que transitar en el Ecuador, el de la revolución agraria, de campesinos, pero bajo guía ideológica del proletariado, aspecto fundamental que no permitirá lo que hoy sucede con las llamadas guerrillas que operan en Colombia, pero que sobre todo, garantizará el norte y carácter de dicho proceso revolucionario rumbo al socialismo.

¡VIVA LA LUCHA POR LA TIERRA!

¡POR LA REVOLUCIÓN DE NUEVA DEMOCRACIA EN COLOMBIA, RECONSTITUIR EL PARTIDO COMUNISTA EN COLOMBIA!

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