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Franco y el Führerprinzip

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Conocida es la financiación inicial del golpe militar que dio origen a la Guerra Civil por el banquero, empresario y contrabandista Juan March, quien en diversas entrevistas en Biarritz, aseguro el futuro de los políticos y generales implicados en la sublevación, Franco entre ellos. De hecho, March fue quien pagó el alquiler del Dragon Rapide, que trasladó a Franco desde Tenerife a Marruecos a fin de tomar el mando del Ejército de África. March puso a disposición de los sublevados 600 millones de pesetas y creó líneas de crédito para financiar a los rebeldes. Financió el primer puente aéreo militar de la historia, por el que se trasladaron de África a Sevilla las unidades de élite —mediante aviones alemanes Junkers Ju 52—, que se plantaron así a las puertas de Madrid en poco tiempo, a la vez que atacaban Extremadura, adueñándose rápidamente de Badajoz.

Pero el gran negocio de Francisco Franco Bahamonde, su gran oportunidad crematística, fue la Guerra civil. El dictador se apropió de las donaciones a la causa nacional, ya en plena guerra. El generalísimo tenía en agosto de 1940 una fortuna multimillonaria y el holding empresarial del Pardo acumuló sueldos, comisiones, regalos y gratificaciones para amasar su riqueza.

Franco era un corrupto que siempre ejecutó mordidas y agradeció generosamente voluntarias donaciones. Un opresor que debilitó las cuentas públicas del Estado y fortaleció un entramado inmoral y deshonesto que derramaba riqueza en su figura omnímoda. “Nuestra Cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”, dijo el dictador en un discurso leído en Lugo, en 1942. Es el lado oscuro e ilícito de una fortuna que engrosó impúdicamente en plena hambruna en una España siniestra y miserable, y que luego se multiplicó exponencialmente con el desarrollismo, al calor de la corrupción sistémica del régimen franquista.

El perfil cleptómano del militar arrancó con el golpe de Estado de 1936 y se incrementó durante la cruzada contra la República. Francisco Franco disfrutó cuatro décadas como Jefe de Estado, acumulando constantemente cesiones, sueldos, entregas, legados, beneficios, gracias, concesiones, dividendos, joyas, ofrendas, dádivas, tributos, inmuebles, fincas, finezas, acciones, cortesías, mercedes, embargos y comisiones.

Recibió innumerables y valiosos regalos, más o menos voluntarios o impuestos por la dictadura; como el Pazo de Meirás, comprado mediante generosas donaciones recaudadas en todo Galicia por intimidadores falangistas, con pistola al cinto.

Todo era posible bajo su manto omnipotente. Como lo era la gratificación mensual de diez mil pesetas que recibía de la compañía Telefónica, no se sabe bien a cuento de qué. Con una nómina en 1935 de 2.493 pesetas y de 50.000 como Jefe de Estado, la fabulosa riqueza del militar llegaba en agosto del año 40 a 34,3 millones de pesetas. ¿De dónde salía?

Franco se consideraba el Estado, porque era el salvador de España. Su acceso a la Jefatura del Estado, como Caudillo, era de carácter providencial y divino. Había sido elegido por la gracia de dios para salvaguardar la patria, protegerla y defenderla. Si quería apropiarse de algo, ya fueran fincas, acciones o dinero, se lo quedaba sin otras explicaciones que no fueran la expresión de su deseo.

Tenía un plan de expropiaciones y robó lo que quiso. Copió la idea del mismísimo Hitler: el Führerprinzip, esto es, que el líder supremo puede hacer lo que le venga en gana porque es fuente de derecho. No es que estuviera por encima de la ley, es que él era la ley. Esto es una clara influencia nazi.  Franco no podía delinquir, porque como fuente de derecho que era, todos sus actos y deseos eran ley. Hasta 1959 usó e instrumentó decretos- ley, normas y reglamentaciones reservadas y ocultas al Boletín Oficial del Estado, así como disposiciones secretas, que no tenían otro objetivo que su propio enriquecimiento. Solo eran conocidas por los privilegiados que se ocuparon de llevarlas a la práctica.

La Ley de Responsabilidades Políticas no fue otra cosa que la sistemática expropiación de los vencidos en la guerra por los vencedores. Tenía un objetivo doble: castigar a los republicanos y enriquecer y premiar a los franquistas adictos. Las donaciones a la causa nacional engrosaron sus cuentas personales, con el objetivo de asegurarse un futuro confortable en el extranjero, en caso de fracaso de su dictadura

Los sobornos y el apoyo económico a la rebelión militar contra la República inauguraron en octubre de 1936 la cuenta corrupta de Franco, que tuvo una memorable aportación al final de la guerra con las 600 toneladas de café entregado por el dictador brasileño Getulio Vargas. Un regalo al Estado español que Franco pasó a la Comisaría de Abastecimientos y Transportes dependiente del ministerio de Industria y Comercio, cobrando personalmente, y por adelantado, su precio de 7,5 millones de pesetas.

Sin embargo, ha perdurado la convicción de que Franco era un hombre honesto y un austero militar africanista, como fruto ridículo de la omnipotente propaganda del régimen. El dictador, y su mujer, conocida como “la collares”, recibían regalos de varios tipos, desde un rebaño de ovejas hasta fincas rurales, desde joyas y collares de perlas hasta automóviles de lujo, desde yates hasta los peces que los submarinistas colocaban en el anzuelo de la caña de Franco, desde el coste de las cacerías hasta las perdices que le ponían a tiro de escopeta.

En su afán recaudatorio, en beneficio propio y familiar, el general golpista trazó negocios secretos y oscuros manejos de testaferros familiares. Era el holding empresarial forjado desde la corte de los milagros instalada en el palacio del Pardo, en el que su hermano Nicolás jugaba un papel destacado. Un patrimonio difícil de digerir y explicar a base de simples sueldos públicos.

Había empresas que, agradecidas por las autorizaciones administrativas alcanzadas por favores especiales, traspasaban sus acciones gratuitamente, porque sabían que ese era el uso establecido por el régimen. De este modo, el dictador percibía dividendos, disimuladas mordidas, así como porcentajes por negocios revueltos y resueltos entre consejos de ministros y de administración. La corrupción estaba en la propia naturaleza de la dictadura. Era su esqueleto organizativo, financiero y legal.

Franco era un narcisista sin freno ni espejo. Llegó a convencerse, y a convencer a su entorno, de que él era el único capaz de interpretar providencialmente los intereses de España, idea que mantuvo hasta el final, y que la omnipotente propaganda del régimen convirtió en una verdad indiscutible y un pilar de la dictadura. En su testamento llegó a decir que nunca había tenido más enemigos que los enemigos de España. Era tan narcisista que se lo creyó. Franco, como los faraones, era el representante terrenal de la divinidad. Esta divinización del Caudillo se conjugaba con un realismo camaleónico que  permitía una flexible adaptación a los cambios históricos internacionales, siempre con el objetivo único de perpetuarse en el poder. El ejército español fue concebido y adiestrado como el recurso último del régimen contra la insumisión interna, siempre muy débil frente a un control represivo estatal de carácter total y totalitario.

El régimen de Franco institucionalizó el pillaje, a través del castigo a los derrotados que algo tenían. El soporte legal, la Ley de Responsabilidades Políticas, era en esencia un mecanismo para justificar el expolio sistemático de los vencidos.

La corrupción lo controlaba todo y la afición cinegética del generalísimo era como una especie de oficina gubernamental ambulante. Importantes sumas de dinero cambiaron de manos, sucios negocios y fabulosos fraudes se fraguaron a la sombra del muy general y favores, subvenciones o permisos a empresarios y multinacionales cayeron como frutos maduros, previo paso por caja, cesión de acciones o acuerdo de porcentajes; mientras los aspirantes a los favorísimos de Franco promocionaban cacerías a fin de conseguir acceso a la fuente de todo poder.

El enriquecimiento ilícito no se limitaba a la persona del autócrata, sino que se desparramó generosamente sobre la oligarquía franquista, desde 1936 hasta la Transición y más allá.

Franco, corruptor y corrupto, unió a la clase dirigente en la confusión premeditada entre lo público y lo privado. Y ese carácter sistémico brotaba en cualquier aspecto de la vida, con el estraperlo como gran ejemplo cotidiano: el comercio prohibido con artículos intervenidos por el Estado o sujetos a racionamiento. Amén del tráfico de penicilina en el ámbito sanitario, el “trabajo esclavo” como inagotable fuente de recursos e incluso la necesidad de recomendaciones para salvar la vida. Todo estaba en venta.

Sin el trabajo esclavo de los presos republicanos, vencidos en la guerra, no se hubiera construido la faraónica obra del Valle de los Caídos. Y el apelativo de faraónico, en este caso, no es una metáfora, sino una definición. En Cuelgamuros, el faraón Franco levantó su tumba gracias al trabajo de los esclavos vencidos en su victoriosa guerra. La cruz del Valle de los Caídos debe ser dinamitada, algún día, porque es una cruz impía y gamada.

El dictador lideraba la patria, convertido en una suerte de gestor único y portero sagaz que controlaba las puertas giratorias. Corrupción y desarrollo se dieron la mano para amasar patrimonios y consolidar el capitalismo español. Familias del régimen, pobladas de empresarios de fortuna, buscavidas con labia y camisa azul, católicos de clase media, funcionarios oportunistas, latifundistas y falangistas de gatillo fácil, altos cargos a la búsqueda de multinacionales… unidos en la caza del dinero y entrenados en la autarquía de la posguerra para enriquecerse con el desarrollismo a partir de 1959. Dado que Franco se benefició personalmente de la victoria, parece sensato creer que toleraba a quienes le imitaban.

En ese capitalismo del franquismo destacaban apellidos como los Fierro, Peydró, Coca, Banús, Meliá, Barreiros, Ruiz-Mateos y Vilá Reyes. Destacaba el pragmatismo del consuegro de Franco, el señor José María Sanchiz Sando, intermediario en la compra de la finca de Valdefuentes.

El capitalismo franquista estaba jalonado de escándalos y pérdidas colosales para el Estado, como Matesa, Sofico, Rumasa, el aceite de Redondela y un largo etcétera. Pero ya hay libros que describen detalladamente esa corrupción…

Aunque nadie dice que esa corrupción sistémica del capitalismo español no terminó con la dictadura, solo se transformó, modernizó y arraigó durante la Transición y hoy es segunda naturaleza en la economía española. Todo atado y bien atado.

La tribu de los Franco jamás tuvo que pasar cuentas por el origen de su fortuna, porque nadie se lo exigió. Y así nos va, con las descaradas rapacerías impunes de su sucesor a título de Rey y de Gran Corruptor, continuador, fomento y protector de la degeneración podrida del capitalismo franquista, que confunde lo público y lo privado.

Cuarenta años de una tiranía colmada de asesinatos y robos, no tiene comparación en la Europa contemporánea. Amén de la nostalgia sentida por muchos de sus fanáticos y seguidores, que incluso lo ensalzan sin consecuencias penales, han dejado en el ciudadano español un poso de servidumbre, sumisión y vergüenza que es imposible hallar en un ciudadano francés. Y es que guillotinar a un rey exalta el carácter y orgullo de un pueblo. Saberlo corrupto y criminal, pero intocable e inmune, atenta a la dignidad de todos, porque degrada, insulta y deprime.

Juan Carlos es y actúa como un hijo putativo del tirano y asesino Francisco Franco.

Quien crea que todo esto lo arregla una República es un iluso o un covidiota, de esos que llevan la mascarilla en un codo o en la barbilla.

El viejo topo zapa y hoza sin cesar, minando en la podredumbre sin sentido del hoy y del ayer, en busca de una respuesta, de un futuro que no sea apocalíptico…

Agustín Guillamón

Octubre 2020

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