El mayor saboteador de la Segunda Guerra Mundial que también luchó en España

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Cuando se trataba de demoler edificios enemigos o descarrilar trenes, Ilyá Stárinov no tenía parangón en el Ejército Rojo. Tanto es así que Adolf Hitler personalmente puso una recompensa por su cabeza.

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“El gran bombardero”, “abuelo de las Fuerzas Especiales Soviéticas”, “dios del sabotaje”, “genio de guerra”, así llamaban al coronel Ilyá Grigórevich Stárinov. Durante la Segunda Guerra Mundial lideró la destrucción de 256 puentes y descarriló 12.000 trenes del enemigo.

Stárinov participó en muchas operaciones y también se dedicó a la preparación y el entrenamiento de unidades. Además, creó personalmente varios tipos de minas y equipos subversivos que acabaron produciéndose en masa.

Guerra Civil española

El talento de Ilyá Grigórevich como saboteador se manifestó en toda su extensión durante la Guerra Civil española, donde llegó en 1936 como miembro de las Fuerzas Especiales Soviéticas y bajo el seudónimo de “Rodolfo”.

Stárinov siempre abordaba su trabajo con mucho ingenio: en una ocasión escondió un explosivo en una cocina de campo recién capturada, que dejó en un puente y detonó al paso de una columna enemiga. En otra ocasión colocó la bomba en una mula que recogieron los soldados franquistas y llevaron contentos a su campamento fortificado. La explosión allanó el camino para un rápido ataque de las unidades republicanas que esperaban en las cercanías.

Para bloquear un importante túnel enemigo entre Peñarroya y Córdoba, escondió la mina como si fuera un neumático de un coche y la colocó sobre los rieles. Un tren que pasaba con municiones para las tropas de Franco lo enganchó y llevó el neumático al túnel, donde explotó. El fuego provocado por la detonación de la munición duró varios días.

El mayor éxito de Stárinov en España le costó muchos nervios. Pensaba que al hacer saltar por los aires las vías férreas cerca de Córdoba, no habría cerca pasajeros civiles. Se sorprendieron al ver cómo un tren de pasajeros se acercaba a la bomba y era imposible detenerlo.

“Esa noche fue difícil para mí. No esperaba nada bueno del futuro. Sabía que no había lugar para excusas… toda nuestra operación, que nos habíamos esforzado tanto en preparar, estaba en peligro”, escribió en sus memorias, tituladas Notas de un saboteador. De alguna manera, lo que parecía que iba a ser un trágico evento se convirtió en un triunfo. Resultó que a la mañana siguiente el tren no llevaba pasajeros civiles, sino que pertenecía al cuartel general de la división de la Fuerza Aérea de Italia.

A su regreso a casa, Stárinov casi fue víctima de la represión estalinista. Muchos de los suyos no tuvieron tanta suerte y fueron acusados de traición y fusilados. Conoció personalmente a muchos de los ejecutados, entre ellos a Yan Berzin, su supervisor directo en España. Stárinov se salvó gracias al comisario y mariscal Kliment Voroshilov.

Enemigo personal de Hitler

Poco después de la incursión nazi en la URSS, la doctrina soviética de “golpear a tu enemigo en su propio suelo y con pérdidas mínimas” dejó de funcionar y surgió la necesidad imperiosa de crear una amplia red de partisanos capaz de hacer sabotajes tras las líneas enemigas. La experiencia de Stárinov resultó muy valiosa.

En octubre de 1941 se estaban produciendo sangrientos combates en Járkov, un gran centro industrial de la Ucrania soviética. El grupo de operaciones de campo de Stárinov tenía la tarea de minar la ciudad en caso de ser capturada por la Wehrmacht. Se colocaron más de 30.000 minas antitanque y antiinfantería, así como unas 2.000 minas temporizadas y 5.000 minas señuelo, que tenían como objetivo detener al enemigo, haciéndole gastar tiempo y recursos valiosos.

Además, Stárinov pensó en una trampa especial reservada para los alemanes. En el centro de Járkov había un hermoso edificio, donde el saboteador asumió que se quedaría el comando alemán. Decidió colocar una carga de 350 kg, inteligentemente escondida bajo el suelo de la sala de calderas. Justo en el montón de carbón había otro explosivo más pequeño, no destinado a ser detonado.

Cuando los artificieros alemanes se dieron cuenta y desactivaron el señuelo, se creyó que el edificio era seguro para la llegada del general Georg von Braun y el comando de la 68ª división de infantería. A las 5 de la mañana del 14 de noviembre, explotaron por radio la pesada carga. La poderosa explosión mató a von Braun y a los oficiales que estaban con él.

Hitler estaba furioso. Después de que la inteligencia del Tercer Reich diera con la identidad de Stárinov, le pusieron precio a su cabeza: 200.000 marcos.

Los alemanes nunca lograron capturar al operativo soviético. Ilyá Grigórevich continuó su trabajo durante toda la guerra, organizando actividades de sabotaje detrás de las líneas enemigas y estableciendo una red de enlace entre el Ejército Rojo y las fuerzas del Ejército de Liberación Nacional Yugoslavo. También se centró en el desminado de las carreteras en Hungría y Alemania.

El abuelo de las fuerzas especiales

Después de la guerra, Stárinov se centró en enseñar a miembros del KGB. Fue personalmente responsable de entrenar a docenas de operativos  Spetsnaz altamente cualificados, que cariñosamente lo llamaban “abuelo”.

Stárinov también recibió docenas de medallas y galardones, pero nunca le dieron el mayor premio del país. Fue nominado para la orden del Héroe de la Unión Soviética tres veces durante el período soviético y dos veces en Rusia, pero nunca se materializó. Se debió a su difícil y terca personalidad y a su inclinación por decir verdades sin filtrar a sus comandantes, a menudo a la cara.

Aunque nunca logró alcanzar el rango de general, Stárinov no se lo tomó a pecho. “Es mejor ser un coronel vivo que un mariscal muerto”, decía. Falleció en el año 2000, a los 100 años.

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