La poli borroka

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David Torres. — Nunca hay que olvidar que las fuerzas del orden son, ante todo, fuerzas. Cuando se ponen a repartir, les da lo mismo que delante haya un niño, una niña o un anciano con unas muletas. Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Me imagino que si te dan un casco y una porra y te sueltan de una furgoneta como a un toro según sale del chiquero, lo normal es pensar que estás en medio de una película de gladiadores. Desde mis tiempos en la universidad a mis pinitos como periodista me ha tocado testimoniar a la carrera la labor de unas cuantas hordas de antidisturbios y lo cierto es que en todas las ocasiones tuve la experiencia extrasensorial de estar participando en un circo romano. En el papel de cristiano, para ser exactos.

De la primera han pasado casi cuatro décadas y todavía recuerdo el miedo que sentí al cruzar junto a una falange policial que se preparaba para hacer frente a una manifestación de estudiantes en la Gran Vía. Uno de ellos, que medía dos metros cúbicos, se bajó la visera, empezó a dar golpecitos en su mano con la porra y dijo a sus compañeros entre dientes: “Joder, qué ganas tengo hoy de pegar hostias”. Por eso me resisto a ver la miniserie de Antidisturbios, a pesar de todos los elogios y protestas, porque me temo que me va a ocurrir lo mismo que con El reino, que supuestamente habla de la corrupción del PP, la comparas con la realidad del caso Gürtel y en vez de una de Antonio de la Torre parece una de Paco Martínez Soria.

El pasado viernes, en Linares, un hombre y su hija de catorce años salían de un bar cuando la pequeña dio un codazo sin querer a un policía que estaba bebiendo junto a un compañero en la terraza. Tras los insultos, gritos y empujones, la cosa se desmadró y culminó con ambos energúmenos pateando y reventando a golpes al padre y a la hija, quienes terminaron en el hospital, ella con una fisura en un brazo y un ojo hinchado, y él con la nariz fracturada, hematomas en la cara y una lesión en la córnea que puede costarle la pérdida de un ojo. Lo verdaderamente imperdonable, sin embargo, es que hubo varias grabaciones de la paliza que empezaron a circular a toda leche y las protestas callejeras consiguientes desembocaron en otra fastuosa muestra de virtuosismo policial en homenaje al par de bestias a los que acababan de retirar la placa y la pistola.

Como no hay dos sin tres y la violencia engendra violencia, los videos de las cargas policiales podían haberse usado de publicidad para trasladar los sanfermines a Linares. Hasta dispararon munición de verdad y hubo heridas de perdigones, para que no se pensaran que la salvajada del viernes había sido una excepción y confirmar la regla. Luego explicaron que lo de los perdigones fue un error, más o menos el mismo que cometieron al apuntarse a una academia de policía en lugar de apuntarse a un cursillo de banderilleros, matachines o cobradores de la Camorra. Nunca se les ve entusiasmarse a hostias en las manifestaciones de fachas, niños pijos y cayetanos, antes bien, se acarician recíprocamente, casi en plan mascota, y esto por el mismo motivo que los policías estadounidenses se dedican exclusivamente a linchar negros. Conviene no olvidar nunca que son las fuerzas del orden y que el orden, ya se sabe, consiste en lamer la bota del de arriba y machacar la nuca del de abajo.

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