Victoria Abril como Juana de Arco

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Bianchi.— Demasiado famosa para ningunearla, lo que procedía era lapidarla, crucificarla y enviarla a la hoguera. Sale una voz -cada vez más- discordante con el mantra general y uniforme y unifirme, que pía por sí misma, con criterio, que no habla por boca de ganso, que tiene capacidad crítica y cognitiva, que sabe las negativas consecuencias de sus declaraciones -«nos están utilizando como a cobayas metiéndonos en el cuerpo una cosa que ni ellos saben lo que es», refiriéndose a las vacunas- y no le importa: «ya más no me podéis quitar», que le da igual que la llamen «conspiranoica», que no habla de la implantación de siniestros chips en los cuerpos para «dominar -espectralmente- el mundo», como si fuera un tebeo, y por aquí, por este flanco, la podrían atacar, pero no, no ofrece esta ventaja, que habla del miedo inoculado, esto sí, en las masas, sometidas a estados de alarma, toques de queda, confinamientos, mascarillas (que ella no lleva), que desenmascara las «cepas» que surgen como setas, de los muertos tras ponerse las vacunas, que, en definitiva, no traga con las neolenguas del discurso dominante transmitido a diario por los venales medios de comunicación y desinformación lavando el cerebro de las personas, es, decimos, nuestra heroína, linchada y estigmatizada por las voces mediáticas de su amo. Desde las más burdas a las más refinadas. Todas al servicio del Gran Hermano que obedece, a su vez, al capitalismo: control social, amedentramiento, nuevos ciclos de acumulación de capital y hasta neomalthusianismo con ribetes eugenésicos.

Un cínico, amoral y criminal como Felipe González, pensando que el género humano es como él, esto es, muñidor, tramposo, tahur, camandulero y felón, preguntaría que qué necesidad tenía una actriz famosa como Victoria Abril de meterse en estos carajales y berenjenales y complicarse la jubilación sabiendo de antemano cómo se las gasta la cloaca y purria mediática. Evidentemente la artista madrileña dice lo que dice segura de sí misma en todos los órdenes, de ahí su desgañitado «ya más no me podéis quitar», otrosí: ya no me podéis joder más, que os den por saco. Ni da el brazo a torcer ni rectifica ni «matiza» sus declaraciones (como Echenique de tan poco aliento ante los tribunales de la Inquisición política que es eso que llaman hoy «opinión pública» perfectamente timbrada y masajeada): una mujer digna. Alcemos la copa.

Fuente: mpr21.info

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