ISIS-K: la nueva película de terror en Afganistán

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En el caos generado por Estados Unidos en territorio afgano, resurge el Estado Islámico, el grupo terrorista más letal de las últimas décadas.

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Leandro Albani.— La extensa sombra del Estado Islámico (ISIS), que desde hace dos años es silenciada por los grandes medios y minimizadas por las potencias occidentales, volvió con la fuerza de un huracán luego del atentado suicida perpetrado en el aeropuerto internacional de Kabul, que causó más de 100 muertos, la mayoría civiles, pero también al menos una docena de militares estadounidenses.

Mientras las cámaras de televisión se peleaban por la mejor toma de los afganos y las afganas que intentaban, desesperados, huir en algún avión luego de la toma del poder del movimiento Talibán, el ahora conocido Estado Islámico de Khorasan (ISIS-K) utilizaba a uno de sus yihadistas suicidas para sembrar el terror y el pánico en el aeropuerto.

ISIS-K nació en 2015, como la filial afgana del Estado Islámico (también conocido como Daesh), que por esos tiempos azotaba con furia a Irak y a Siria. ISIS era comandando de forma “hollywoodense” por el malogrado Abu Bakr Al Baghdadi, un ex prisionero iraquí de la temible cárcel de Camp Bucca, apresado en ese entonces por las fuerzas de ocupación estadounidense y ultimado en 2019 en un ataque comando ordenado por Donald Trump en Idlib, provincia siria que, desde que comenzó la crisis en Siria y hasta la actualidad, es un reservorio de grupos terroristas, muchos de los cuales tienen el respaldo abierto de Turquía.

Daesh en Afganistán toma su nombre del Gran Khorasan (tierra del sol), nombre como se denominaba en la Edad Media la región que abarca a Afganistán, Irán y Asia Central. Sus objetivos son similares a los de sus “hermanos” de Irak y Siria: crear un gran califato conquistando territorios y aplicando la visión más ortodoxa y conservadora del Islam. ISIS en Irak y Siria lo logró durante un período de tiempo, al llegar a controlar una superficie similar a la de Reino Unido, que iba de Mosul (en Irak) hasta Raqqa y Deir Ezzor (en Siria).

En un principio, ISIS-K se alimentó de militantes yihadistas de Pakistán (la gran cantera de grupos de este tipo) y de Afganistán (sobre todo, quienes dejaron el movimiento Talibán al considerar que “traicionaba” las enseñanzas islámicas). A las filas de la organización, también se sumaron miembros del Movimiento Islámico de Uzbekistán, del Partido Islámico de Turquestán (muchos de ellos, pobladores uigures de China) y radicales islámicos de Irán.

Según diversos informes de prensa, ISIS-K cuenta entre 1.500 y 3.000 combatientes. El grupo, surgido en la provincia de Nangarhar, entre 2015 y 2016, perdió a seis de sus líderes, cuatro de ellos muertos por bombardeos estadounidenses y dos que fueron encarcelados. Cinco de estos dirigentes eran paquistaníes, de los cuales tres eran antiguos miembros de Tehrik-e-Taliban (el Talibán en Paquistán).

El actual líder de ISIS-K es Shabab Al Muhajir, señalado como un poblador árabe experto en guerra de guerrillas y presuntamente vinculado en el pasado con la red global Al Qaeda.

Mucho antes del atentado en el aeropuerto de Kabul, el Comité de la ONU sobre Al Qaeda e ISIS había alertado que el Daesh en Afganistán se había desplazado a provincias como Nuristán, Badghis, Sari Pul, Badaysán, Kunduz y en la propia capital del país, siempre actuando a través de células durmientes. Entre sus blancos principales, se encuentran los civiles, autoridades del extinto gobierno nacional afgano, las fuerzas de seguridad y diplomáticos. Entre sus predilecciones, ISIS-K tiene realizar ataques contra la minoría hazara, que profesa el Islam chiita.

¿Qué diferencia a ISIS-K de Al Qaeda, el movimiento Talibán y los grupos de muyahidines, estos últimos atrincherados en el Valle del Panjshir y presentados como la “resistencia” a los seguidores del Mulá Omar?

Hasta el momento, Daesh en Afganistán se presentó como el más radical de estos grupos. Son conocidas sus acusaciones contra los talibanes porque los ahora nuevos gobernantes se apartaron de las enseñanzas e interpretaciones más estrictas del Corán.

No hace mucho tiempo, Abu Hamza Al Qurashi, portavoz de ISIS-K, declaró que el acuerdo entre Estados Unidos y los talibanes, gestionado por Trump el año pasado, era una “alianza entre los apóstatas talibán y los cruzados para combatir a ISIS”. En esto, Al Qurashi no se equivoca. Los talibanes vienen combatiendo desde hace años a ISIS-K, en muchos casos, con el apoyo aéreo de Washington. Sí, el mismo Washington que, 20 años atrás, lanzó un tsunami de propaganda para hundir en el círculo más profundo del infierno al movimiento Talibán e invadir Afganistán. Los mismos talibanes que, durante el gobierno de Bill Clinton, despertaban las simpatías de la Casa Blanca, porque “se alineaban con la política antiiraní de Washington y eran importantes para el éxito de todo gasoducto tendido hacia el sur de Asia Central y que evitara el territorio iraní”, como bien lo recuerda el periodista Ahmed Rashid en su libro Los Talibán. El Islam, el petróleo y el “Gran Juego” en Asia Central.

ISIS-K, como Al Qaeda, los talibanes y la mayoría de los muyahidines, profesa el Islam sunita. Dentro de esta gran rama religiosa Daesh en Afganistán, aboga por el wahabismo, la doctrina musulmana más retrógrada y que tiene su propia Meca en Arabia Saudí, donde es la interpretación que rige los días y las noches de quienes viven en el país del Golfo Pérsico. Los talibanes son deobandis, una rama del Islam suní hanafí. Según Ahmed Rashid, cuando el movimiento Talibán irrumpió en la década de 1990, sus interpretaciones de la religión, la yihad y la transformación social “eran una anomalía en Afganistán”, un país que se caracterizó por la convivencia de corrientes islámicas y otras religiones minoritarias, como el budismo, el cristianismo y hasta el zoroastrismo. Para Rashid, los talibanes “no representaban a nadie más que a sí mismos y no reconocían más Islam que el suyo propio, pero tenían una base ideológica, una forma extrema de deobandismo que predicaban los partidos islámicos paquistaníes” en los campos de refugiados afganos en el país vecino.

A diferencia de los talibanes, que siempre tuvieron el propio territorio afgano como su ámbito de operaciones, ISIS-K, al igual que el ISIS original, buscan la ampliación de su territorio para conformar un gran califato musulmán. Ambos grupos comparten la idea de llevar a la población atrapada en sus fronteras al siglo VII después de Cristo, para vivir como lo hacía el Profeta Mahoma. Esta interpretación del Islam, ya sea de Daesh, Al Qaeda o de los propios talibanes, tiene un rechazo al unísono de la mayoría de la comunidad musulmana a nivel mundial.

Pero de religión no solo viven los hombres y las mujeres. ISIS-K, al igual que su hermano mayor en Irak y Siria, tienen ingentes recursos económicos. Se calcula que Daesh en Afganistán recibió de ISIS, al menos, 100 millones de dólares. El saqueo y la implementación de un régimen feudal, basado en la explotación más anticuada que se conozca, fue una marca registrada de ISIS cuando controló grandes extensiones iraquíes y sirias. El tráfico ilegal de petróleo, la esclavitud sexual como forma de financiamiento, el robo de reliquias culturas y su posterior venta fueron algunos métodos de recaudación. Por supuesto, no hay que olvidar el financiamiento otorgado por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Turquía para sostener las estructuras yihadistas.

La irresponsabilidad de Estados Unidos no es algo nuevo. El ejemplo más reciente es la “evacuación” del personal diplomático y de civiles afganos. El aeropuerto de Kabul es el caos absoluto. Las imágenes de desesperación y dolor son una seguidilla de pruebas concretas de lo que hizo Washington durante 20 años de ocupación militar en Afganistán.

Como no podía ser de otra manera, ante el atentado cometido por ISIS-K, la administración de Joe Biden no vaciló y ordenó un ataque con un dron en la provincia de Nangarhar. El mayor general William Taylor informó que “dos objetivos de alto perfil de ISIS fueron abatidos”. Según el militar, otro resultó herido y no hubo víctimas civiles conocidas. Biden, emulando al inestable George W. Bush, declaró: “Los perseguiremos y los haremos pagar”.

Para Estados Unidos, la salida de Afganistán puede significar muchas cosas. Pero hay algo claro: la maquinaria bélica estadounidense, que es uno de sus principales motores económicos, no se va a detener. Durante 20 años, se presentó como una ocupación que prometió “libertad” y “democracia”. Ahora, las bombas teleridigidas y los enjambres de drones serán el nuevo látigo que caerá contra la población afgana.

Por Leandro Albani para La tinta / Foto de portada: Ahmad Al Rubaye -Getty Images

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