Sobre élites, elitismos y otras minorías dirigentes

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Bianchi.— A veces, parece que llamar a las cosas de siempre de otra manera cambia la esencia de esas cosas mismas. como si en la renovación fuera implícita la transformación del contenido, del significado. Es como cuando a los «grises» (policía armada con Franco) les cambiaron, ya en «democracia», la indumentaria, que pasó a ser marrón, y voilà, ya dejaron de repartir palos y hostias. Como diría el nominalismo medieval (Roscelino, Ockham), aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo entre intelectuales de izquierda, o que así se le figuran, se oye con frecuencia el término «élite», «élites», queriendo decir -pensamos-, pero orillando, el más tradicional «clase dirigente» o, por mejor decir, «dominante». No se trata de un eufemismo sino de vestir al santo remozándolo (me prohibo decir «modernizándolo» porque no veo aviesa intención). Pero sucede que, en realidad, el término es más viejo que la pana. Veamos.

La teorías sobre las élites políticas surgen en Europa a finales del siglo XIX. Las reflexiones se dan, en un primer momento, desde una òptica antidemocrática. El elitismo tiene como trasfondo teórico una valoración negativa, cuando no despectiva, del papel de las masas: quienes han de defender el sistema político son las élites, la clase dirigente. En todos los grupos sociales hay una minoría que dirige, que se eleva sobre las demás, que sobresale. El poder no recae ni en uno ni en todos, sino siempre en una minoría: la élite. En contradicción con el marxismo, opone la primacía de lo político sobre lo económico y lo social. Su éxito y su poder radica en que es una minoría organizada en contraposición con una mayoría desorganizada. Para la teoría de las élites la verdadera lucha por el poder se da dentro de la clase gobernante -y no a través de la lucha de clases-. Es la «circulación de las élites» -concepto acuñado por su principal teórico, Pareto– la sustancia real de la Historia. Concibe que las aristocracias no son eternas, caducan, motivo por el cual «la historia es un cementerio de aristocracias». Para perdurar necesitan organizarse con refuerzos provenientes de las clases «inferiores», con sus mejores elementos. La lucha y la circulación de las élites es la esencia de la Historia. En esta concepción burguesa y fascista (Mussolini llamaba a Pareto «el padre del fascismo»), en toda sociedad organizada siempre ha existido una clase gobernante poco numerosa que se mantiene en el poder en parte por la fuerza y en parte por el consentimiento de los gobernados que son muchos más. Saben que la movilidad social es el mejor antídoto contra las revoluciones.

Según Pareto, la élite logrará sus fines más eficazmente mientras más ignorantes permanezcan las masas. Parte de la premisa de que la verdadera lucha por el poder no se realiza entre las masas y los líderes, sino entre los líderes existentes y los líderes nuevos desafiantes y en ascenso (¿les suena de algo?). La constante en la Historia, para Pareto (1848-1923) es la aristocracia como clase gobernante, la de los mejores, diría Platón, o la oligarquía, como pregonaba el estasiólogo Gonzalo Fernández de la Mora. Inspirado, quizá, en Maquiavelo, Gaetano Mosca (1858-1941) esboza en 1884 su teoría de la «clase política». Basándose en Saint-Simon, dirá que un sistema descansa en dos clases con una minoría dominante y una mayoría dirigida. Toda agrupación humana -dirá- requiere jerarquía, y esto exige que unos manden y otros obedezcan. Mosca nunca creyó en la efectividad del
sufragio universal por considerar que se funda en la falsa creencia de que los electores eligen a sus representantes, cuando la verdad es que el representante se hace elegir por ellos (piénsese en las «listas cerradas» de hoy y habrá que convenir con él). En la conformación de la clase política Mosca destaca dos modalidades: la forma de «casta» y la forma de «camarilla». En la primera estarían las castas hereditarias y/o nepotistas, y en la segunda, grupos más o menos cerrados que se disputan los puestos más prominentes del Estado. La conclusión es que no puede haber organización humana sin jerarquía, y cualquier jerarquía exige necesariamente que unos manden y otros obedezcan, unos gobiernen y otros, la mayoría, sean gobernados.

Por último, en 1911, Robert Michels (1876-1936), discípulo de Mosca, daba a conocer su ley de hierro de la oligarquía, que es supuestamente, según él, en lo que desemboca la democracia. La organización del Estado necesita una burocracia numerosa y compleja. En ella se apoyan las clases políticas dominantes para asegurar su dominio y retener en sus manos el timón del Estado. Se esforzará siempre por controlarlo -el poder- y sustraerse al control de las masas. De este modo, los líderes se emancipan de las masas y se hacen independientes de su control. Todo ello facilitado por lo que Michels entiende como «apatía de las masas» en que, figuradamente, las masas necesitan del liderazgo y se sienten contentas de que otros se ocupen de sus asuntos. Las considera apáticas por lo que forzosamente requieren un guía. O, mejor, «expertos», funcionarios, profesionales para el buen funcionamiento de la organización, «técnicos», diría Fernández de la Mora (tecnocracia). De este modo, «pueden triunfar los socialistas, pero no el socialismo». Y es que, como diría Max Weber, «el político es alguien que vive de la política». Y el partido político sería transformado en una «empresa» (o agencia de colocación. añadimos nosotros).

Ortega y Gasset es uno de los grandes representantes de la teoría aristocrática de la sociedad en España: «una sociedad sin aristocracia, sin una minoría egregia, no es una sociedad». La aristofobia sería «una enfermedad». No identifica Ortega al aristócrata con la imagen vulgar, pero muy real, de un vago y un vividor, sino con un disciplinado gentleman que se esfuerza y se entrena, como un «sportman», para entrar en la élite de los mejores: una decisión ética, dirá Ortega.

Creemos que es desacertado e inapropiado emplear «élite» cuando se quiere decir «clase dirigente». El concepto «élite» quedaría más acorde con el deporte, con el sentido deportivo que le daba Ortega y Gasset a la palabra.

Fuente: mpr21.info
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