Marcas (+Video)

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La concepción del espacio apunta a preocupaciones que Limia, autor de entregas editoriales de sumo impacto, ha manifestado y que de tal manera halla cauce: cómo comunicar los contenidos históricos, de qué manera conectar el pasado, distante o más reciente, con la palpitante actualidad, qué lecciones extraer para leer el presente y afrontar los enormes desafíos de una hora crucial como la que se vive en el mundo y en la Cuba de hoy

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Pedro de la Hoz.— A las cinco de la tarde del último domingo, Marcas (Canal Caribe) dio continuidad a la saga fílmica de Patricio Guzmán sobre las vicisitudes y el final de la experiencia del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. En La batalla de Chile: el golpe de Estado, el cineasta del país austral sigue paso a paso, después del tancazo del 29 de junio de 1973, el curso de los acontecimientos que desembocó en la asonada fascista del 11 de septiembre.

Narración objetiva, tensa, minuciosa, registro fiel de la pugna entre las fuerzas políticas y militares al servicio del imperialismo, y el pueblo esperanzado en evitar una guerra civil y hacer viable la opción democrática elegida en 1970, la película sobrepasa la puntual referencia histórica y deviene plataforma para entender cómo los gobernantes estadounidenses, sus órganos de inteligencia, sus transnacionales y sus aliados y mercenarios, unos pagados, otros obcecados, no admitieron entonces ni admiten ahora nada que se salga de su esfera de dominación, y apelan a la guerra sucia, al terrorismo, a la manipulación mediática y a la subversión política.

Cuando el director y conductor del programa, Ernesto Limia, se refirió a las operaciones públicas y encubiertas detrás del golpe contra la Unidad Popular, podría haber colocado en pantalla una frase: cualquier parecido con ciertas realidades de hoy no son mera casualidad. Por otra parte, cuando el actor Jorge Enrique Caballero, en la sección A la caza de la anécdota, contó la respuesta de Raúl Roa al canciller de la Junta Militar chilena en el foro de Naciones Unidas, recordó de dónde nos viene ser verticales e insumisos.

En apenas unas semanas, la trayectoria de Marcas se ha ido asentando. La concepción del espacio apunta a preocupaciones que Limia, autor de entregas editoriales de sumo impacto (Cuba libre: la utopía secuestrada y Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural), ha manifestado y que de tal manera halla cauce: cómo comunicar los contenidos históricos, de qué manera conectar el pasado, distante o más reciente, con la palpitante actualidad, qué lecciones extraer para leer el presente y afrontar los enormes desafíos de una hora crucial como la que se vive en el mundo y en la Cuba de hoy.

El cine documental atrae a un telespectador previamente enganchado por la introducción temática y los recursos de que se valen el realizador Pablo Massip y el propio Limia para aportar contexto y valoración, esta última a partir de elementos de juicio para nada conclusivos.

En el arranque ello quedó establecido, al proyectar Markak, del vasco Hannot Mintegia, que desentrañó la tragedia de Guernica, la localidad española arrasada por los fascistas para escarmentar a los defensores de la República, e inmortalizada en el célebre cuadro de Pablo Picasso, con una admirable e incisiva puesta al día.

Los invitados al programa y las secciones convidan y a veces deciden la óptica con que se puede descifrar el documental de turno. Una prueba relevante de esto se tuvo cuando un crítico y un escritor, Guille Vilar y Francisco López Sacha, notables conocedores del rock y del fenómeno Beatles, acotaron la exhibición de Estados Unidos vs. John Lennon, de David Leaf y John Scheinfeld.

Vale, asimismo, el interés por resaltar la dimensión de los clásicos de la documentalística cubana. Seguramente no pocos se asomaron por primera vez a Muerte al invasor, de Tomás Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez; Los cuatro años que estremecieron al mundo, de Daniel Díaz Torres; Viva la República, de Pastor Vega; Antes del 59, de Rebeca Chávez, y Guantánamo, de José Massip. Recibí testimonios del descubrimiento, por parte de jóvenes telespectadores, de rasgos que no conocían de Pablo de la Torriente Brau, reflejados en el singular filme de Víctor Casaus sobre el revolucionario internacionalista.

Contar la historia implica ir a la raíz de las cosas, aunque para ello se tenga a veces que recurrir a caminos oblicuos. La vinculación entre arte, propaganda y nacionalsocialismo en la Alemania hitlerana, debidamente contextualizada en la presentación, alcanzó una deslumbrante densidad expositiva con la proyección del filme de Rudiger Suchsland, El Hollywood de Hitler, mientras de lo íntimo a lo público, de la individualidad a la esfera colectiva, se recorre el proceso de implosión de la Unión Soviética en la película Anna, de Nikita Miljálkov, material al que el historiador y politólogo Limia sacó filo, contrafilo y punta.

Marcas parece cumplir su cometido. Falta ver su real incidencia en las audiencias, dados la hora y el lugar de transmisión.

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