BRANKO MARCETIC. Colin Powell y la maquinaria bélica estadounidense

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Aclamado por los medios de comunicación como un patriota que ponía al país en primer lugar, Colin Powell puso la obediencia irreflexiva a los superiores por encima de la integridad moral. El mundo ha sufrido por ello.

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La muerte del exsecretario de Estado Colin Powell recuerda un viejo debate sobre la naturaleza del deber: ¿se trata de una cuestión de lealtad ciega a los líderes, sin importar lo insensatos o destructivos que sean sus actos? ¿O se trata de la fidelidad a un principio más elevado que el mero cumplimiento de órdenes, de tener el valor y la integridad de defender los principios fundamentales?

Aunque puede ser injusto reducir la vida de una persona a un solo acontecimiento, la guerra de Irak fue un desastre histórico mundial de tal magnitud —mató a cientos de miles de personas y desestabilizó una región ya inestable— que el papel crucial de Powell en su realización merece ser el titular de cualquier relato sobre su legado.

Sí, Powell desempeñó su tan cacareado papel como voz de la moderación dentro de la administración extremista de George W. Bush. Eso es un poco como ser el más inteligente de los tres chiflados, pero démosle a Powell lo que le corresponde: advirtió a Bush de que Irak podía ser un desastre («Si lo rompes, lo pagas», como dijo famosamente), y en el período previo a la guerra, fue una de las pocas voces solitarias que intentaron diseñar algún tipo de solución no militar al curso que Bush y el resto de sus lacayos ya habían decidido, sin importar lo condenados que estuviesen esos esfuerzos. Por desgracia para Powell (y para el pueblo iraquí), se vio constantemente superado y socavado por esos mismos lacayos, lo que hizo que su campaña de suave persuasión fuera inútil para detener la marcha hacia la guerra.

En cambio, el verdadero triunfo e influencia de Powell consistió en allanar el camino para esa guerra. Al ser la figura más popular y de mayor confianza de la administración (tanto entre el público como entre la comunidad de líderes extranjeros horrorizados por la locura que salía de la Casa Blanca de Bush), Powell fue astutamente elegido por Bush para vender a ambos grupos los méritos y la urgencia de hacer volar Irak en pedazos. Esta fue la famosa «mancha» en el historial de Powell —como la llamaría más tarde—: su infame discurso de febrero de 2003 ante la ONU, lleno de mentiras, en el que reunió todo el respeto y la integridad que había acumulado a lo largo de décadas de carrera para dilapidarlo en un instante.

En ese discurso de setenta y seis minutos de duración, Powell pasó por todas las mentiras cruciales para el caso fraudulento de la guerra: el supuesto programa de armas de destrucción masiva (ADM) de Irak, los vínculos de Saddam Hussein con Al Qaeda y la relación entre Irak y el ántrax, el agente biológico que aterrorizó al país cuando se envió por correo de forma anónima después de los atentados del 11 de septiembre —con Powell sosteniendo maquiavélicamente un pequeño frasco mientras hablaba (el equipo de Powell había considerado primero que sostuviera uno de los infames tubos de aluminio, pero decidió que eso era ir demasiado lejos)—. Entre sus pruebas de mala calidad estaba el testimonio de un comandante de Al Qaeda que había sido «entregado» a Egipto y torturado durante dos semanas, testimonio que la CIA admitiría que era falso un año después.

El discurso de Powell fue utilizado entonces por todos los partidos hambrientos de guerra del sistema político estadounidense —desde periódicos, como el Washington Post, hasta el entonces senador y ahora presidente Joe Biden— para argumentar a favor de la guerra, y fue fundamental para crear un apoyo público a la guerra tanto entre los estadounidenses como entre los británicos. «No son afirmaciones», había dicho Powell a los espectadores. «Lo que les estamos dando son hechos».

Esto, por supuesto, no era cierto. Pero la mayor vergüenza de la vida y el legado de Powell no es solo que utilizara su considerable estima para dar crédito a las mentiras (Powell y sus defensores insinuarían durante el resto de su vida que simplemente había sido engañado por la CIA): es que Powell sabía que no era cierto, y lo hizo de todos modos.

Su equipo ignoró las objeciones procedentes de la propia división de recopilación de información del Departamento de Estado sobre parte del material contenido en su discurso. «Esto es una mierda» estalló, según se dice, apenas tres días antes de pronunciar el discurso, mientras examinaba las pruebas que le habían preparado. Después de todo, habían pasado menos de dos años desde que dijo que Hussein no había «desarrollado ninguna capacidad significativa con respecto a las armas de destrucción masiva», y aún menos desde que dijo al Senado que no había «tenido mucho éxito» en la búsqueda de un programa de armas de destrucción masiva.

Pero Powell estaba ahora siguiendo la línea de la compañía, diciendo a la CNN que «hay un caso sólido que muestra que [Hussein] tiene armas de destrucción masiva», persuadiendo a los que se resisten en el Congreso, defendiendo públicamente mentiras como la de los tubos de aluminio a pesar de que se revelaron pruebas sobre su falsedad y diciendo engañosamente al Congreso que una cinta de Osama Bin Laden llamando a los musulmanes a defender a Irak (al tiempo que se refería a su partido gobernante Baath como «infieles») era en realidad Bin Laden hablando de «cómo está en asociación con Irak». El presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, Richard Haass, que trabajó para Powell durante todo esto, lo defiende hoy afirmando que Powell borró la mayor parte de la desinformación de la CIA de su discurso. Pero el engaño de Powell fue mucho más allá de ese día de febrero, por muy crucial que fuera.

De hecho, se dice que Powell estaba tan satisfecho con el discurso una vez que lo pronunció, que pidió placas especiales para todos los que habían participado en su elaboración. Días antes, cuando Biden le había advertido que no debía «hablar de nada que no supiera», Powell le respondió, tras un silencio: «Algún día, cuando ambos estemos fuera de la oficina, tomaremos una taza de café y te diré por qué».

Es exactamente este «por qué» lo que resume la tragedia de este hombre. La razón por la que Powell se prestó a participar en este crimen, a pesar de todos sus recelos, es casi una farsa: la lealtad.

Powell se consideraba a sí mismo como parte de la familia Bush y, además, decidió que ser un soldado significaba cumplir sin miramientos las órdenes de sus superiores, sin importar lo tontas, destructivas o francamente malvadas que fueran. Tiene sentido. Después de todo, éste fue el mismo hombre que, cuando se le encargó la investigación de la tristemente célebre masacre de My Lai en Vietnam, la blanqueó, declarando que las acusaciones quedaban refutadas por el hecho de que «las relaciones entre los soldados estadounidenses y el pueblo vietnamita son excelentes». (Como era de esperar, la lealtad de Powell no fue correspondida: Bush lo despidió poco después de ser reelegido, sin molestarse siquiera en pedirle personalmente su dimisión).

A pesar de toda la «integridad» que los periódicos y los políticos parecen estar obligados por contrato a atribuir a Powell, rara vez estaba dispuesto a asumir la responsabilidad de sus acciones. «No soy un oficial de inteligencia. Fui secretario de Estado. Lo que había en ese discurso fue lo que me dijeron», dijo en 2006. «Me molesta», dijo sobre el hecho de que su discurso fuera citado como un momento clave en la carrera hacia la guerra. «El mismo maldito caso fue presentado al Senado y al Congreso de Estados Unidos y ellos votaron a favor de la resolución [de Bush sobre Irak]. . . . ¿Por qué no están indignados? Ellos son los que se supone que deben supervisar». Esta no es ni mucho menos la única vez que Powell ha utilizado esta excusa, y fue igualmente escurridizo cuando se le preguntó por su papel en la aprobación de la tortura. Hay que darle puntos por su coherencia: Powell vio su papel como un zángano que seguía órdenes sin sentido mientras estaba en el poder, y esa es su defensa fuera de él también.

Esta es, por desgracia, la deformada concepción del patriotismo que prevalece en Washington y que Powell encarnó, y que puso a Estados Unidos en el oscuro camino que recorrió bajo la administración Bush. Lejos de anteponer «el país a uno mismo», como dijo Biden al recordarlo, el principio más preciado de Powell era la obediencia inquebrantable a la autoridad y a la jerarquía, y se aferró a él en detrimento del país y de los soldados a los que decía servir.

En lugar de utilizarlo para vender este crimen, Powell podría haber utilizado su considerable prestigio público para socavar el impulso de la administración para la guerra dimitiendo y hablando sobre lo que estaba pasando, evitando innumerables muertes iraquíes y estadounidenses. Esa es la valiente decisión que tomaron denunciantes como Daniel Ellsberg y Edward Snowden, con un considerable coste personal. En cambio, Powell fingió que no había sido despedido y que siempre estaba planeando dimitir antes de lanzarse al circuito de conferencias, obteniendo suculentos pagos por sus discursos ante los consejos de administración de las empresas.

Si a alguien le resulta molesto el hecho de que Powell sea recordado por su servilismo hasta el punto de llegar incluso a perpetrar asesinatos masivos, tenga por seguro que es exactamente así como él lo hubiese preferido. Atacado por su némesis y ex vicepresidente Dick Cheney por supuestamente socavar la guerra de Bush al no apoyarla lo suficiente, Powell insistió en 2011 que esto no podía estar más lejos de la realidad. Señalando que fue Cheney quien salió en público a socavar el prudente consejo que había estado dando a Bush en privado, Powell recordó a los espectadores:

«Él dice que yo no apoyaba las decisiones del presidente. Bueno, ¿quién fue a las Naciones Unidas —lamentablemente— con mucha información falsa? Fui yo. No fue el Sr. Cheney. Yo apoyé al presidente. Apoyo las decisiones del presidente».

Sí, eso lo resume todo.

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