Fascistas, negacionistas y antivacunas

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Juan Manuel Olarieta.— Recientemente en Francia se produjo un acontecimiento que marca los ejes políticos sobre los que se ha construido la pandemia desde el primero minuto. El Partido Socialista presentó un proyecto de ley en el Senado para imponer la vacunación obligatoria en el país galo. Sólo votaron a favor sus propios senadores, por lo que el proyecto no fue aprobado… afortunadamente.

Los reformistas han sido la columna vertebral de las medidas de represión política que han venido adoptando las potencias capitalistas en sus propios países y en el mundo entero. Tras ellos han desfilado la corte de colectivos y medios políticos, sindicales y sociales que alardean de ser alternativos, antisistema e incluso “revolucionarios”, lo cual significa que estos últimos no son más que el brazo largo de los anteriores, es decir, que carecen de una política propia.

No obstante, a medida que con el tiempo los agujeros de la pandemia van saliendo a la luz, dichos colectivos se callan la boca, esperando que todo pase y quede convenientemente enterrado. Otros empiezan a asomar la oreja. Por ejemplo, el sindicato de enfermería SATSE coloca carteles en los hospitales donde se puede leer que para vacunar es necesaria la prescripción médica.

Lo dicen ahora, cuando ya han vacunado al 85 por ciento de los adultos, suponemos que sin la correspondiente prescripción médica, es decir, de manera ilegal, por lo que se mantiene el mismo tono desde el primer estado de alarma, que también fue ilegal.

Es la gran paradoja. Vivimos en un país donde las instituciones públicas se llenan la boca con el respeto a la ley… excepto cuando la ley no le interes a nadie. En tal caso, no pasa nada. Da lo mismo y seguimos adelante con restricciones, mascarillas y vacunas. “Hicimos lo que teníamos que hacer”, dicen.

Nadie ha exigido responsabilidades al gobierno que impuso a toda la población una medida ilegal, ni a los gobiernos autonómicos, ni a los partidos que votaron a favor de las restricciones, porque llevamos un año y medio escuchando un único mensaje uniforme, sin fisuras por parte de nadie y eso siempre da una sensación de impunidad, de que “todo vale”, lo legal y lo ilegal.

Si al SATSE se le ha ocurrido ahora colocar un cartel disonante es porque le ven las orejas al lobo: en la medida en que las vacunas se están convirtiendo en una carnicería, con consecuencias lesivas que se prolongarán a lo largo del tiempo, van a aparecer cada vez más exigencias de responsabilidades por parte de las víctimas de la vacunación, que van a alcanzar a todos, empezando por los más inmediatos: los médicos y el personal sanitario.

La historia no olvida este tipo de responsabilidades, por más que, como en el caso de la colza, transcurran 40 años. Del mismo modo, en lo sucesivo y durante décadas, todas y cada una de las medidas políticas y sanitarias serán juzgadas muy severamente en todos los terrenos: político, médico y científico. Con ellas serán juzgados los colectivos y los medios que las han amparado o que se han callado.

Que a nadie le quepa ninguna duda: la mierda va a seguir saliendo, el torrente será cada vez mayor y dará lugar a enconadas controversias que van a dejar malparados, no sólo a los autores, sino también a los cómplices y encubridores, como se dice en el lenguaje jurídico, que afectará muy especialmente a los reformistas y a quienes les hacen el juego con una empalagosa retórica seudorrevolucionaria.

Como ocurrió durante la transición, la demagogia de la izquierda domesticada ha querido esconder sus propias responsabilidades atribuyendo etiquetas políticas a las diversas corrientes críticas hacia la pandemia, las restricciones o las vacunas, especialmente la de que no hay alternativa al mensaje dominante… excepto que se trata de la “extrema derecha” o que le hacen el juego.

Es justamente al revés: desde el gobierno, el reformismo ha pretendido arrojar a los críticos a los brazos de la reacción. El cambio de signo se ha producido cuando se han dado cuenta de que hay muchos más críticos de los que suponían y que en el futuro el número va a seguir aumentando.

A pesar de una campaña feroz de desprecio, el movimiento crítico con la pandemia no ha hecho más que crecer y acabará organizándose, por encima de su carácter heterogéneo porque, en efecto, la primera mentira empezó cuando le atribuyeron una naturaleza compacta de la que carece. Tanto desde el punto de vista político, como científico y médico, los críticos son una amalgama.

Pero es verdad, y a nadie le puede caber ninguna duda de que hay muchos reaccionarios y fascistas dentro de ese movimiento que intentan pescar en río revuelto, sobre todo aprovechando un gobierno, como el actual, del PSOE y Podemos. Es un terreno intimidante. Muchos empiezan a intuir que algo huele mal, pero no quieren ser tachados de “negacionistas” y se guardan sus reservas para que sean otros los que den la cara.

Hasta ahora la oposición a la pandemia ha sido diversa porque su origen es doctrinal y hay decenas de corrientes en materia de salud pública que llevan décadas estudiando este tipo de fenómenos, naturalmente silenciadas, cuando no aborrecidas.

El panorama cambiará en cuanto se formen colectivos de afectados por las vacunas, es decir, cuando ya no haya ningún remedio, salvo el de protestar, el de que indemnicen a las víctimas y atiendan sus lesiones, porque una vacunación indiscriminada de las proporciones que estamos conociendo, además de cadáveres, va a crear una sociedad de enfermos, de personas dependientes, necesitadas de un fármaco que les cure el daño que les ha causado el anterior.

Cuando ese momento llegue, el escenario se llenará de plañideras que se subirán al carro de los damnificados y sujetarán una pancarta en la calle. Entonces no podrán decir que son fascistas, negacionistas o antivacunas. Pero habrá que recordarles que no hicieron nada cuando podían hacerlo y que deben tomar nota para las sucesivas pandemias que nos aguardan.

Fuente: mpr21.info

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