Las masas en la Revolución Socialista de Octubre

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“Solo sé que yo cuando “me hice orador” hablaba siempre mentalmente para los obreros y los campesinos. Mi única preocupación era que ellos lo entendiesen. Y donde quiera que habla un comunista, debe pensar en las masas, hablar para ellas”. V. I. Lenin.

Un año más, este 7 de noviembre los y las comunistas conmemoramos el aniversario de la Revolución que lo cambió todo, marcando un punto de inflexión para el movimiento obrero: respecto de la posibilidad de tomar el poder y construir una sociedad distinta, se pasa del dicho al hecho. Algo más de 70 años durará este primer intento serio de acabar con la barbarie capitalista, un proceso al que debemos volver constantemente, no como un acto de nostalgia, sino como una fuente de inspiración y una valiosísima experiencia, trufada de aciertos y errores de los que aprender.

Partamos de una afirmación axiomática: sin Partido revolucionario no hay revolución, sin amplio movimiento de masas, tampoco. Nos centraremos en cómo la clase obrera y las capas populares se organizan y movilizan, normalmente de forma espontánea espoleadas por la necesidad, y la influencia bolchevique en el proceso.

La Rusia de los Romanov era un país extenso, poblado por más de 150 millones de personas, de 100 nacionalidades distintas. Un país eminentemente agrario, donde el 75 % de la población pertenecía a la clase campesina pero más de la mitad de la tierra estaba concentrada en manos de aristócratas, Iglesia Ortodoxa y familia real, con un atraso técnico en la producción agropecuaria paralela al atraso cultural de esta amplísima capa social.

La burguesía, aunque progresivamente ganaba peso, seguía siendo una clase subalterna. La clase obrera industrial crecía día a día, pero no sobrepasaba los 3’5 millones de miembros en los albores de 1917. Eso sí, estaba muy concentrada en grandes núcleos industriales y grandes empresas, más de la mitad en empresas de más de 500 trabajadores y trabajadoras. La guerra hará que las mujeres pasen a ser más de la mitad de la mano de obra industrial.

Con estos mimbres, el Partido Bolchevique fue capaz de impulsar el proceso de cambio social más profundo de la historia. Y ello no hubiera sido posible sin un trabajo constante y paciente entre las masas obreras y populares.

Hablemos, en primer lugar, de los sindicatos. Estas organizaciones fueron legalizadas en 1906, en el marco de las reformas aceptadas por el zarismo tras la fallida Revolución de 1905. Si anteriormente se combinaba la represión del sindicalismo ilegal y el impulso de un sindicalismo amarillo controlado estrechamente por la policía, los sucesos de 1905 hicieron que el zarismo cambiara de táctica, y permitiera un sindicalismo independiente legal, pero con graves restricciones que los mantenía en una debilidad y precariedad permanente, sujetos a la disolución arbitraria por las autoridades. El bolchevismo entendió la importancia del trabajo sindical, lo que les llevó a tener una amplia influencia en los sindicatos de la capital ya en 1914, si bien otras organizaciones socialistas, como los mencheviques, tenían mayor influencia general.

Tras la Revolución de Febrero, surgieron los Consejos de Fábrica, iniciativa de la clase obrera fabril para mantener la producción en un momento difícil, supervisar la gestión y avanzar en las reivindicaciones laborales y sociales. El Partido Bolchevique trató de promoverlos, y a partir de julio su influencia en los mismos fue creciendo exponencialmente, hasta alcanzar en octubre una amplia mayoría en la III Conferencia de toda Rusia de estos órganos obreros. Los Consejos de Fábrica tendrán un papel destacado en la constitución de destacamentos de Guardias Rojos, una fuerza militar clave en la Revolución.

El ámbito principal de organización de masas fue los soviets (consejos). Estos órganos tienen su origen en la Revolución de 1905, y surgen en primer lugar entre la clase obrera de forma espontánea, con una configuración heterogénea. El primer soviet aparece en mayo de 1905, en la industria textil situada en el centro de la Rusia europea, en Ivánovo, donde 30.000 obreros eligen 110 representantes formando algo similar a un comité de huelga. Estos órganos se irán autodisolviendo o serán suprimidos por la fuerza por el zarismo tras la derrota revolucionaria. A partir de febrero de 1917, los soviets reaparecerán y vivirán un proceso continuado de expansión y transformación, hasta convertirse en órganos revolucionarios de contrapoder. Poco a poco se irán expandiendo también entre la tropa y el campesinado.

Los soviets constituían un instrumento de democracia popular directa, y a pesar de su disparidad inicial, mantenían como rasgos comunes el ser una asamblea de representantes plenamente revocables, con un comité ejecutivo y reuniones plenarias. Se organizaron a distintos niveles (fábrica, sector, barriada, ciudad,…), y confluyeron todos ellos en los Congresos de los Soviets. Entre febrero y octubre de 1917, Rusia vivió una situación de doble poder entre Gobierno Provisional y Soviets.

El Partido Bolchevique tuvo que remar bastante para ganar influencia en los soviets, donde eseristas y mencheviques eran mayoría en principio. Poco a poco, la hegemonía de esas organizaciones fue menguando, mientras el bolchevismo la ganaba. La Revolución de Octubre puso el poder en manos de los Soviets, e inició su camino como estructura fundamental del nuevo estado socialista. La aplastante victoria Bolchevique en el III Congreso de los Soviets de toda Rusia, en enero de 1918, señala cómo este partido había logrado hegemonizar a las masas obreras y populares, incluida gran parte del campesinado.

La historiografía burguesa presenta la Revolución de Octubre como golpe de estado de una minoría violenta. Esta patraña no se sostiene: sin un papel protagonista de las masas obreras y populares, la situación se habría vuelto insostenible en poco tiempo, especialmente durante la guerra civil. La influencia bolchevique entre la clase obrera es indiscutible, y fue trabajada durante décadas en las más duras condiciones, pero el ingente trabajo en los soviets rurales y militares (donde la inmensa mayoría de los soldados eran de procedencia campesina) y sus medidas hacia el campesinado al tomar el poder, especialmente el Decreto de 26 de octubre que establecía el reparto de la tierra, fueron determinantes para el resultado final.

Analizar la composición de clase de la sociedad y sus contradicciones, actuar desde la independencia de las posiciones obreras pero buscando las alianzas con otros sectores populares, y trabajar intensamente allá donde se organicen estas clases sociales, especialmente la clase obrera, son algunas de las más importantes lecciones que podemos sacar del Octubre Rojo. Un Partido revolucionario fuerte y un extenso movimiento de masas influenciado por el mismo, esas son las dos piezas clave que debemos desarrollar para que más pronto que tarde podamos tener nuestro propio proceso de cambio radical.

J.P.

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