Moscú no cree en águilas

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La retirada de la Casa Blanca y del Kremlin recortó sobremanera, para la observación lícita, un telón celestial que antes iba desde la ciudad canadiense de Vancouver hasta el puerto de Vladivostok, en el extremo oriental ruso

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En adelante, estos colegas aéreos no se cruzarán en el cielo… al menos legalmente. Autor: Imagen tomada de News Front

Enrique Milanés León.— Está claro que, si el Tratado de Defensa de Cielos Abiertos entró vigor en el año 2002 para fomentar la confianza entre Rusia y Occidente y darle «un tin» de tranquilidad al planeta, ya era hora de que se agrietara, porque entre lo más escaso de estos tiempos de serias carencias hay que incluir la confianza entre el Kremlin y sus muchos adversarios y el sosiego de una humanidad enferma… no solo de COVID-19.

Hace solo ocho días pasó lo que se esperaba: «A partir del 18 de diciembre de 2021 Rusia deja de ser parte del Tratado de Cielos Abiertos», informó la cancillería del coloso eslavo. Entre otras, el comunicado hacía esta acotación: «Uno de los argumentos de peso para integrarnos fue la participación de Estados Unidos en el Tratado, que abogaba por la transparencia en la esfera militar. Pero (Washington) no se apuraba a abrir su territorio para la aplicación de medidas que elevasen la confianza».

En efecto, el 22 de noviembre de 2020 Estados Unidos se había llevado su «rubio» cielo a otra parte y abandonado el convenio, dizque para siempre.

Firmado en 2002, el tratado permite a sus miembros —eran 36 países hasta que la Casa Blanca y el Kremlin «guardaron» dos de los cielos mayores del conjunto— sobrevolar el territorio del resto de los firmantes y abrir desde aviones bien dotados una ventanilla in/discreta para observar incluso los movimientos de tropas y flotas y evitarse después grandes sorpresas militares o políticas.

Rusia se va tranquila. Su Ministerio de Relaciones Exteriores comentó la seguridad del país en trabajar bien y abrirse al punto de recibir «el mayor número de misiones de observación» entre todos los participantes. Los otros miembros se repartieron las 646 misiones de observación a Rusia, pero ella estuvo bajo el catalejo, posando para el enemigo, en 449 del total de 1580 vuelos ejecutados hasta la fecha. ¿Cuántos lunares íntimos quedarían a salvo en su vasta geografía?

De quejas y su injerencia

Cualquiera que mire los noticieros sabe que la principal receta en la geopolítica actual es la queja: mientras mayor la potencia, más grande será el descargo. Estados Unidos, el primer desertor de este cielo, se la pasaba quejándose de que Rusia violaba el pacto porque impedía supervisar desde el aire los ejercicios militares y vetaba vuelos sobre ciudades donde el «buen» Washington suponía que Moscú guarda armas nucleares capaces de golpear a Europa.

The New York Times publicó la idea de la inteligencia norteamericana de que el Kremlin aprovechaba los vuelos sobre Estados Unidos para identificar infraestructuras vulnerables a ciberataques, mientras el Pentágono argüía que Moscú faltaba a su compromiso porque restringía la observación sobre Chechenia, Abjasia, Osetia del Sur y Kaliningrado, sede esta última ciudad de la crucial flota del Báltico.

De modo que los yanquis se fueron. Ya a mediados del año pasado, Donald Trump —que igualmente sacó en 2018 a su país del acuerdo nuclear con Irán— se había retirado del Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), destinado a eliminar los misiles nucleares y convencionales de corto y mediano alcance de Estados Unidos y Rusia, lo que llevó a Moscú a abandonarlo y dar con Washington otro apretón a la puja armamentista.

En noviembre de 2020, Konstantín Gavrílov, jefe de la delegación rusa en las conversaciones sobre seguridad militar y control de armas que tuvieron lugar en Viena, dijo al canal Rossíya-24: «Nos enteramos de que Washington está practicando un juego encubierto sin escrúpulos, exigiendo que los aliados firmen documentos según los cuales entregarán a Estados Unidos los materiales de sus vuelos de observación sobre Rusia». Para colmo, según agregó, la Casa Blanca exigía «que los europeos nieguen a Rusia realizar vuelos de observación sobre instalaciones militares estadounidenses en Europa».

Piel de nubes, cual corderos

Los rusos marcaron sus líneas con suficiente anticipación. Serguéi Riabkov, viceministro de Relaciones Exteriores, estuvo entre quienes alertaron que el país podría abandonar el acuerdo si los otros signatarios trasladaban a Estados Unidos —que había dejado de serlo— información recolectada en el marco de los vuelos de observación o si impedían que Rusia volara sobre instalaciones militares estadounidenses ubicadas en sus territorios.

En enero de este año, Moscú solicitó al resto de naciones adheridas al tratado —la mayoría de ellas europeas e integradas a la OTAN— que no compartieran esos datos, pero al cabo la propia cancillería tuvo que admitir su fracaso en el pedido: «Constatamos con pesar que los aliados de Estados Unidos no apoyaron las propuestas».

Siempre concreta, la portavoz diplomática María Zajárova lo dijo en pocas palabras: «Durante los contactos con los aliados europeos, Washington les exigió que se comprometieran a compartir datos de vigilancia sobre el territorio de Rusia».

Al cabo, Europa hizo lo que mejor sabe: seguir al matón. Si bien cuando la Casa Blanca anunció que dejaba este (otro) acuerdo, Francia, Alemania, Bélgica y España lamentaron la decisión, endulzaron su reparo con su sempiterna coincidencia con Washington, referida en este caso al «irrespeto» ruso a los puntos del tratado.

Pateando la tierra se puede comprar el cielo. Donald Trump, el viejo zorro dorado que gobernaba el imperio como se opera un negocio, sabía que podía, por un lado, dar un golpe político a Rusia y, por otro, conseguir a mejor precio las imágenes acopiadas por los aviones del «otro» Occidente.

Se iba a caer y Trump lo debía saber

Rusia sabe cuánto se ha menguado, con los dos golpes de abandono, este recurso de contención internacional. En enero, presente todavía, su cancillería reconoció que «el equilibro de intereses de los países participantes quedó considerablemente perturbado, se causaron graves daños en su funcionamiento y el papel del Tratado de Cielos Abiertos como instrumento de refuerzo para la confianza y la seguridad ha quedado diezmado».

Pero el Kremlin, que no descarta regresar si Washington retornara, no hace mea culpa alguna: sus jefes diplomáticos insisten en que hicieron todo lo posible por quedarse, pero no recibieron «apoyo de los aliados de Estados Unidos».

Pese al primer impacto, y al segundo, contra el tratado, hay analistas que jerarquizan la repercusión simbólica sobre la militar, considerando los amplios recursos que en ese segundo frente poseen ambas potencias. Fabrice Pothier, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, sostiene que «desde el punto de vista político, es una señal importante de cómo se está derribando otro pilar del sistema de seguridad europeo de la posguerra fría, pero desde el punto de vista operativo, lo cierto es que tanto Estados Unidos como Rusia tienen suficientes capacidades satelitales para poder vigilar los movimientos y las posiciones militares del otro».

En todo caso, estas dos bajas recortaron sobremanera, para la observación lícita, un telón celestial que antes iba desde la ciudad canadiense de Vancouver hasta el puerto de Vladivostok, en el extremo oriental ruso. Moscú, que ha comentado la mengua en efectividad del tratado, cifra en el 80 por ciento la reducción del área de cobertura.

Aunque en este mundo todo se presta a sospecha, este tratado en particular es tan interesante que, en sus vuelos, representantes del país que observa pueden sentarse al lado de funcionarios del país mirado y, al cabo, cualquier nación miembro tiene acceso a las imágenes tomadas por las otras.

Alexander Grief y Moritz Kütt, investigadores del Institute for Peace Research and Security Policy, de Hamburgo, habían advertido en abril de 2020 que la retirada de Estados Unidos pondría en peligro el futuro del tratado. «Ello impediría a Rusia y a Bielorrusia efectuar vuelos sobre el territorio estadounidense, pero los aliados europeos perderían informaciones importantes, pues la mayoría de ellos no poseen satélites de reconocimiento», alertaban.

Se dio otro golpe a la seguridad colectiva. Puesto sobre la mesa el enorme lienzo de su cielo —protegido ahora de ciertas miradas ajenas—, Rusia no se va sin señalar al país que desgarró este lienzo de prudencia. Moscú no precisa volar para ubicar al autor de otra grieta en el techo de la paz.

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