De Napoleón a Leningrado, los occidentales desconocen Rusia

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Augusto Zamora R.*— El Gran Emperador, harto de la ‘desobediencia’ de Alejandro I, Zar de Todas las Rusias, en su guerra con el Imperio Británico, decidió cortar por lo sano. Dentro de su prepotencia como amo de la Europa Occidental, organizó un ejército de 690.000 soldados, reclutados en media Europa (España incluida) para invadir Rusia. Los números le cuadraban. Rusia era, entonces, una gran potencia, pero pobre en recursos, atrasada y sin aliados en Europa, es decir, sería incapaz de resistir el brío y empuje de la Grande Armée, un ejército descomunal, invencible hasta entonces y el más fogueado y armado de la península euroasiática. Seguro de su victoria, pues los números no mentían, Napoleón invadió el Imperio Ruso. Su contraparte oficial era lo opuesto a él.

 

El general y príncipe Mijáil Kutúzov era un hombre mayor, sobre todo para su época (67 años), y tuerto, por enfermedad. Consciente de la superioridad francesa, Kutúzov evitó el enfrentamiento directo. Diseñó una estrategia de tierra quemada y repliegue que resultó mortal para el invasor francés. En la célebre batalla de Borodinó (inmortalizada por Tchaikosvky en su Obertura de 1812, y por Tolstoi en Guerra y paz). Se enfrentaron 300.000 soldados casi en partes iguales. La Grande Armée sufrió 28.000 bajas por 44.000 los rusos. Kutúzov no ganó, pero ganó. No ganó en lo táctico; ganó en lo estratégico. Golpeada militarmente, privada de suministros, mermada por el hambre y las enfermedades, falta de municiones, la Grande Armée se vio obligada a iniciar una de las más trágicas retiradas de la historia, hostigada duramente por el ejército ruso. En la batalla de Maloyaroslávets, Kutúzov asestó el golpe definitivo. Regresaron apenas 30.000 soldados. Clausewitz dijo de él, refiriéndose a su estrategia contra Napoleón: “Estos esfuerzos le otorgan la mayor gloria al príncipe Kutúzov”. Napoleón nunca se repondrá de la descomunal derrota. Al final, los números fueron eso, números.

Siglo y pico después, otro occidental llamado Adolph Hitler hizo cálculos similares a los de Napoleón. Calculó que su ejército de cuatro millones de soldados, fogueados y armados hasta los dientes, podría conquistar en cuatro meses la Unión Soviética, el país heredero del Imperio Ruso que Lenin había transformado en república socialista. La “Operación Barbarroja”, iniciada en junio de 1941, siguió, casi exactamente, el mismo camino que la Grande Armée, aunque se prolongara más en el tiempo. Casi dos tercios de los ejércitos nazis fueron destruidos por el Ejército Rojo. Aquello significó el fin del delirio de los Mil años del Reich y el asalto de Berlín por las tropas del mariscal de la Unión Soviética y general Gueorgui Zúkov, el gran artífice de la derrota nazi. Detrás de aquellas terminales derrotas estuvieron dos elementos. Uno, la prepotencia sobre la propia capacidad frente a la de Rusia. Dos, el menosprecio a la capacidad de lucha, resistencia e inteligencia de Rusia y de los militares rusos. De Kutúzov a Zúkov.

Hay otro episodio. El asalto a Leningrado. Ante su fracaso, Hitler decidió imponer el sitio atroz de la ciudad fundada por Pedro el Grande, llamada originalmente Petrogrado. Hitler reunió a un grupo selecto de personajes para diseñar una estrategia brutal para rendir Leningrado por hambre. Bloqueada por los nazis por todas partes, salgo el pequeño lago Ladoga, era imposible enviar provisiones suficientes para los habitantes de la ciudad sitiada. El sitio produjo una de las mayores tragedias humanas de un conflicto lleno de ellas. Casi un millón de personas falleció de hambre en Leningrado. Un millón. Pero Leningrado no se rindió y resistió el sitio nazi que duró 872 días.

Ver a los gobiernos del gallinero europeo siguiendo las órdenes de sus jefes gringos, diseñando con placer perverso e infinito -que envidiarían los asesores de Hitler- las sanciones comerciales, económicas y financieras contra Rusia, buscando con goce perverso de qué manera se puede provocar el mayor y más doloroso daño posible, no es muy diferente de la estrategia nazi de rendir Leningrado por hambre. A fin de cuentas, antaño y hogaño, los dos equipos de tecnócratas hacían lo mismo: hurgar en todos los resquicios para ver dónde, cómo y de qué forma se podía destruir a Rusia y su espíritu de resistencia, para que los sitiados, en su desesperación extrema, rindieran Leningrado.

En el patológico y demencial delirio de aniquilar todo lo ruso en este Occidente dizque ‘civilizado’, se ha llegado a niveles tan grotescos y absurdos como excluir a los gatos de origen ruso de concursos felinos; a prohibir que un árbol ruso compita como árbol europeo del año; a despedir al director de una orquesta sinfónica por ser ruso; a prohibir un seminario sobre Dostoievski por ruso; a cancelar óperas en Moscú y a excluir a los deportistas rusos, incluidos los paralímpicos, de todos los torneos habidos y por haber. Si no salen a matar rusos en masa es porque no pueden. Hitler se les ha quedado corto.

Otras medidas dan para descojonarse de risa. Rolls Royce ya no venderá sus autos (¡aaarg!, con la cantidad que compraban los rusos). Ikea cierra (¡debacle! En Rusia la gente no tendrá en qué sentarse). Airbind los bloquea (uuuy, ya no saldrán a turistear a países del gallinero). Uber cierra (los taxistas rusos están de fiesta)… ¿Se da cuenta alguien del ridículo que están haciendo? Más bajo se puede caer, pero más idiota no. Superar a los occidentales en estos trances resultará absolutamente imposible. Pero, ojito, el gobierno francés ha dicho a sus empresas que no se den prisa en salir de Rusia. Danone y Leroy Merlin se quedan. Y Nestlé. Se quedan también Coca Cola y Burger King (los rusos están salvados). Apple dejó de vender sus teléfonos sólo un día…

Corea del Sur demandó a EEUU una carta de exención y sigue comerciando con Rusia al margen de todo. La ocasión es de oro para colocar automóviles, teléfonos, chips y etc., en Rusia, ocupando los espacios abandonados por las empresas del gallinero. India está en lo mismo, como China, Paquistán, Irán y los países del Golfo. Ningún país del Sudeste Asiático se ha sumado a las sanciones, salvo Japón y Singapur. Tampoco México, Brasil y Argentina. No se ha oído de ningún africano. Turquía tampoco. Ni Serbia. Pero el periodismo fecal que nos inunda dice que Rusia está aislada.

Las preguntas que nos hacemos desde este palco en la Luna son: ¿A dónde lleva esta espiral paranoica, abusiva, delirante, ridícula, contra Rusia y lo ruso? ¿Dónde, en qué sitio, quedaron las cuatro neuronas que poseen, de general, los políticos, cuando son medianamente inteligentes? (algo que no hay, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid). No sabemos qué nube tóxica inhalan los que impulsan esas políticas, porque, si creen que por esas vías rendirán a Rusia, les decimos que esperen sentados.

No inició Rusia operaciones militares en Ucrania porque a Putin, ese día, le sirvieron el desayuno equivocado y, para no despedir al cocinero, mandó los tanques a Ucrania. Sí, como chiste no es bueno, pero bastante peor es lo que chorrean, como tubería de aguas negras, todos los días, los medios de comunicación propiedad de oligarcas occidentales que, por ser occidentales, no son oligarcas, sino empresarios. Que sean dueños de casi todo –medios informativos incluidos- no importa si son occidentales. Y, en estos días, en el proceso de blanqueo de la miasma ucraniana, si, además, son ucranianos, menos aún. Porque en la Ucrania de fantasía que pintan los retretes informativos, Ucrania es una democracia perfecta, sin corruptos ni oligarcas. En esa fantasía, ya no son oligarcas y corruptos. Son adalides de la libertad, dignos de estatuas como la de Nueva York.

Rusia invadió Ucrania porque los gobiernos ucranios, desde 2014, declararon a Rusia el Estado enemigo. A partir de ese año, el ejército ucraniano fue ‘limpiado’ de oficiales formados en la Unión Soviética, por poco fiables y fue reformado de pies a cabeza. Para garantizar su objetivo de construir unas fuerzas armadas ultranacionalistas y neonazis, sus oficiales y soldados fueron reclutados entre las organizaciones nacionalistas y neofascistas ucranianas. La doctrina militar impartida en las academias ucranianas era un lavado de cerebro, dirigido por asesores estadounidenses y del gallinero, para crear una maquinaria de matar rusos, porque los rusos, decían y repetían, eran los enemigos mortales de Ucrania y Ucrania, con sus aliados de la OTAN, debía prepararse para su exterminio. Esa es la explicación de por qué, hoy, Rusia exige la desmilitarización y desnazificación de Ucrania. Porque nadie quiere dormir con una organización de asesinos al lado. Rusia no dejará Ucrania hasta desmantelar al ejército neonazi. También debe admitirse la soberanía de Rusia sobre Crimea. Esa península ha sido y seguirá siendo rusa y debe darse el reconocimiento mundial de un hecho irreversible.

La clase dominante ucrania, formada por oligarcas putrefactos y políticos corruptos, se creyó a pie justillas y a cerebro vaciado los cantos de cisne de los atlantistas. Que no tuvieran miedo ni respeto con Rusia, que buscaran joder a Rusia, que se declararan enemigos de Rusia, porque si Rusia intentaba algo contra ellos –contra ellos, no contra el pueblo de Ucrania, que ignoraba lo que estaban haciendo en su país-, allí estaría la OTAN para defenderlos y hacerle pagar a Rusia su osadía. Los muy pendejos se creyeron el cuento y así están ahora. Llorando porque la OTAN acuda en su auxilio y la OTAN les dice que tururú. Que meterse con Rusia es la tercera guerra mundial y que se las arreglen solos. Que, para cubrir las vergüenzas –más bien las desvergüenzas- les mandarán armas de desecho y mucha, mucha, alharaca desinformativa, pero que, en el campo de batalla, la carne de cañón la pone Ucrania. Así que, ¡ucranianos, los oligarcas putrefactos y los políticos corruptos los llamamos a las armas! ¡Deben acudir ustedes! (Porque nosotros tenemos nuestro capital fuera y ahora somos los héroes de la OTAN).

Puestos aquí, el gallinero atlantista tiene únicamente tres caminos. Escalar el conflicto y llevarnos a una guerra mundial. Enviar armas a Ucrania, con lo cual prolongarán semanas y meses, inútilmente, el sufrimiento de la población, pues ese armamento no infligirá daños mayores ni cambiará el rumbo de la guerra. O poner en un psiquiátrico a los chiflados que quieren sangre (la ajena, la propia no) y sentarse a negociar un acuerdo de seguridad integral con Rusia.

Putin ha calificado la postura del gallinero de “teatro del absurdo”. Lo es. También ha avisado que “Si ellos [las autoridades ucranianas] continúan haciendo lo que hacen ponen en duda el futuro de la organización política de Ucrania”, es decir, Ucrania puede esfumarse como país. Ahí están los botones. Uno verde, de paz. Otro rojo, de guerra (los del PP no pueden votar). Sobre rendir a Rusia por hambre, verán. Es la segunda mayor potencia energética del planeta, la primera exportadora mundial de trigo y la segunda de cereales. La producción cerealera de 2021 fue de 123 millones de toneladas, de las cuales 77 millones son de trigo. Además, exportaron 35.000 millones en productos agropecuarios (leche, aceites y grasas, carnes, pescados). En suma, que padecerán de algunas limitaciones, pero en temas agroalimentarios están más que bien servidos.

En este panorama, de enfrentar la OTAN a una superpotencia nuclear, superpotencia agroalimentaria, superpotencia energética y superpotencia espacial, ¿qué van a hacer? Fuera de ese teatro del absurdo en que se han instalado sólo queda declarar la guerra total (nuclear) o, sencillamente, sentarse a negociar y aceptar las condiciones de Rusia. Cualquier cosa que se diga en contrario es perverso uso de la población ucraniana para, únicamente, posponer lo inevitable, que es aceptar el marco de negociación de Rusia. Lo cierto es que la humanidad quiere la paz. La OTAN es el problema. Un grave problema. Y no lo olviden. No se rindió Leningrado. No se rendirá Rusia. No se rendirá.

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* Exembajador de Nicaragua en España. Exprofesor de Derecho internacional público y Relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid

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