La superioridad del arte militar soviético queda de manifiesto una vez más

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Tras más de cien días de guerra en Ucrania, algunos expertos militares occidentales están cada vez más hundidos intelectualmente en un intento de minimizar la magnitud de la victoria rusa que se está gestando de forma lenta pero segura. Tras anunciar a su vez el colapso de la logística rusa (municiones, misiles, transporte, alimentos) y luego el de la moral de los combatientes, vuelven a la carga. Esta vez, sus ataques se sitúan en el plano doctrinal con, en particular, la entrevista del general Jerome Pellistrandi publicada por Atlantico en la que intenta desacreditar al ejército ruso y su doctrina.

 

Desde el final de la guerra franco-prusiana en 1871 y hasta finales de los años setenta, los estados mayores occidentales han experimentado una fascinación, a menudo malsana, por la doctrina militar prusiana y su evolución hasta 1945. Este fenómeno se arraiga en el examen de las causas de la derrota francesa hasta el cambio de siglo. Los historiadores y militares de la época destacaron el papel del Estado Mayor prusiano, la primera estructura profesional permanente de este tipo en la historia, en la planificación y ejecución de las operaciones contra el ejército imperial francés y luego republicano.

Para algunas mentes simplistas y reductoras, su superioridad intelectual, amplificada por la presencia del general Moltke “El Viejo” a la cabeza, fue la causa principal de la victoria de la coalición encabezada por Prusia. Sobre todo, los generales alemanes se apoyaron en un concepto original de ejercicio de mando: la Auftragstaktik [táctica de ordenación]. Este concepto aboga por establecer una misión para una unidad, pero dejar que el dirigente de esa unidad adapte los medios para cumplirla sin que el nivel superior de mando interfiera en este proceso.

La flexibilidad y la descentralización de la cadena de mando son las claves de esta doctrina. Mientras que a nivel táctico este enfoque es formidable en manos de un cuerpo de oficiales profesionales apoyados por suboficiales experimentados, a nivel estratégico puede ser una receta para el desastre. Sin embargo, la fascinación por este modelo continuó hasta 1914, borrando o minimizando las verdaderas y graves deficiencias de los ejércitos alemanes durante la guerra de 1870, empezando por la sorpresa estratégica creada por la Tercera República francesa cuando decidió, tras la derrota de Sedán, proseguir la guerra hasta el final.

Desde el principio de la Primera Guerra Mundial, el sentimiento de superioridad del ejército imperial alemán, tanto en el seno del propio ejército alemán como en la opinión de sus adversarios, seguía desempeñando un papel determinante en la valoración de las operaciones del Marne y en la amplitud de la victoria francesa, que fue juzgada como milagrosa por los vencedores, aunque se debiera a un ascenso real (momentáneo) del Estado Mayor dirigido por Joffre sobre el dirigido por Moltke “El Joven”. A pesar de esta innegable victoria, las concepciones doctrinales alemanas siguieron fascinando hasta el final del conflicto, a pesar de la aparición de una verdadera doctrina táctica eficaz y generalizada en los ejércitos franceses, así como de los inicios del arte operativo en el ejército zarista durante la ofensiva de Broussilov en junio-julio de 1916.

A pesar del evidente fracaso del ejército alemán durante sus ofensivas de 1918 y de su incapacidad para dotarse de un arma blindada siguiendo el ejemplo de Francia y Gran Bretaña, la calificación de la doctrina alemana, que ahora se atribuye esencialmente a la aparición de las Stosstruppen [tropas de asalto] y a las intensas pero cortas descargas de artillería, sigue fascinando, erróneamente, a los estados mayores occidentales.

Si el periodo de entreguerras marcó una pausa en este fenómeno, la conmoción de mayo-junio de 1940 y la invención del mito de la “Blitzkrieg” [guerra relámpago] reavivaron el proceso de fascinación hasta un grado sin precedentes. Las posteriores victorias alemanas contra el Ejército Rojo de 1941 a 1943 y la extensión del territorio soviético que cayó bajo el terrorífico control de la Wehrmacht acentuaron aún más la fascinación de los occidentales, que a menudo compartían el mismo anticomunismo que sus homólogos alemanes.

Pero en ningún momento percibieron que los generales alemanes seguían apoyándose en un magistral dominio de la táctica, esta vez articulada en torno al tríptico de los tanques, los aviones y las transmisiones, pero en concepciones cuando menos arriesgadas en el plano estratégico y que simplemente ignoraban el arte de las operaciones. Sin embargo, este último fue el pilar doctrinal de la victoria del Ejército Rojo sobre la Wehrmacht desde la Operación Urano en noviembre de 1942 (rodeando al Sexto Ejército en Stalingrado) hasta la toma de Berlín en 1945.

Con la destrucción de la Wehrmacht y la estrepitosa derrota de Alemania, se podría haber pensado que la fascinación de Occidente desaparecería finalmente. Pero, en contra del adagio de que los vencedores escriben la historia, la Guerra Fría rompió con esta tradición y permitió que la doctrina alemana sobreviviera a la ruina de Alemania.

De hecho, ante la amenaza soviética, los angloamericanos dieron a los generales de la Wehrmacht que habían caído en sus manos una oportunidad inesperada de escribir sus memorias de la guerra en el Frente Oriental para entender cómo derrotar al ejército soviético en caso de una invasión de Europa Occidental. Demasiado contentos de poder expresarse y, sobre todo, de exculparse de sus errores y de su connivencia con el nazismo, los guderianos, los mansteins y otros como Gehlen se lanzaron a afirmar que habían sido víctimas únicamente de los números -la apisonadora rusa- y de los errores estratégicos cometidos únicamente por Adolf Hitler.

La doctrina desarrollada por la Wehrmacht salió indemne de este inesperado giro de los acontecimientos. Así, a partir de los años 50, los distintos ejércitos de la OTAN -encabezados por el ejército estadounidense- adoptaron una doctrina basada esencialmente en las conclusiones de los vencidos. Por lo tanto, se hizo hincapié en el control táctico y en los equipos más modernos para llevarlo a cabo.

El Pentágono aprende del Ejército Rojo

A finales de los años setenta, tras el trauma de la derrota estadounidense en Vietnam, un oficial norteamericano, el coronel David M. Glantz, comenzó a estudiar en detalle el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial y fue sacando a la luz la debilidad del enfoque alemán en relación con el arte operativo soviético. Con el fin de la Guerra Fría, sus conclusiones empezaron a extenderse poco a poco dentro de los ejércitos occidentales, que se dieron cuenta, año tras año, de que los generales de la Wehrmacht habían abusado de ellos y de que, aunque el dominio táctico de los alemanes seguía siendo innegable, su concentración en este aspecto de la dirección de las operaciones era la causa principal de su estrepitosa derrota ante el Ejército Rojo.

Sin embargo, ante la reducción del número de ejércitos occidentales y la desaparición momentánea de los riesgos de conflictos de alta intensidad entre ejércitos de nivel comparable, la táctica volverá a imponerse bajo el impulso estadounidense como el alfa y el omega del pensamiento militar, apoyándose en los fundamentos heredados de la Segunda Guerra Mundial, con algunas mejoras vinculadas en particular a la digitalización del campo de batalla.

Finalmente, para confirmar esta americanización doctrinal, el término “Auftragstaktik” fue sustituido por el de “Mission Command”, que cubre más o menos la misma realidad. Pero desde principios de siglo, la eficacia de este enfoque sólo se ha comprobado sobre el terreno durante los conflictos asimétricos: en Afganistán, Irak y Mali. Nunca ha podido demostrar su valía en un conflicto de alta intensidad entre dos ejércitos convencionales. Por lo tanto, es muy presuntuoso erigirlo como referencia de superioridad en el plano doctrinal.

La superioridad del arte operativo soviético

Hasta 2014 en occidente nadie ponía en duda la superioridad y singularidad del arte operativo soviético, pero el Golpe de Estado en Ucrania en 2014 marcó el inicio de una inversión progresiva sobre este tema por parte de ciertos historiadores y de muchos oficiales occidentales, demasiado contentos de volver a su retórica antirrusa de los años ochenta.

El 24 de febrero la ofensiva rusa en Ucrania rompió los últimos límites de la moderación y la decencia en este punto. Así, Pellistrandi pensó que podía reiterar a un público no iniciado las mismas conclusiones que Guderian y Manstein para justificar los fracasos tácticos rusos en Ucrania, declarando que la “única superioridad está en la masa, en la cantidad y no en la habilidad táctica”.

Pellistrandi olvida que ninguna habilidad táctica ha permitido a un Estado moderno ganar una guerra, y con razón. Al igual que los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, los ucranianos, con el enfoque de mando descentralizado y flexible enseñado por los instructores de OTAN desde 2014, fueron capaces de asestar golpes espectaculares a los rusos pero, como en 1944-45, ninguno de sus éxitos pudo influir en el curso operativo de la ofensiva rusa.

De ninguno de estos éxitos se obtuvo más margen de maniobra que el táctico, lo que demuestra que esta superioridad sólo tiene un impacto limitado a medio plazo y ninguno a largo plazo. Al igual que al final de la Segunda Guerra Mundial, los rusos son los únicos que conservan la iniciativa operativa y, por tanto, estratégica. Su retirada ordenada de los sectores de Kiev, Chernihiv y Soumy a finales de marzo y principios de abril, sin apenas pérdidas, es una prueba magistral de ello. La flexibilidad operativa rusa demuestra una vez más su superioridad sobre el predominio táctico inmediato que tanto fascina a occidente.

Además, en el caso de la guerra en Ucrania, a nivel táctico, Pellistrandi y otros olvidan que los rusos y sus aliados están a la ofensiva en una proporción numérica desfavorable. Que están operando con considerable moderación, como han señalado todos los observadores estadounidenses, como Scott Ritter y el coronel MacGregor, limitando la destrucción de infraestructuras.

Esto representa un obstáculo adicional para la implementación de tácticas descentralizadas según el modelo occidental, ya que el uso de misiones de apoyo de fuego no puede llevarse a cabo sistemáticamente sin un acuerdo jerárquico. Por ejemplo, pronto podremos comparar el enfoque ruso en Mariupol con el de occidente durante la batalla de Mosul (octubre de 2016 – julio de 2017) para apreciarlo plenamente.

La toma del puerto del Mar de Azov se logró tras menos de tres meses de combates y que los rusos y sus aliados lo consiguieron con una proporción de 1:2 en términos de fuerzas, lo que es simplemente único en la historia de la guerra urbana moderna. El nivel de destrucción de las infraestructuras parece desde el principio mucho menor que el visto en Mosul en el verano de 2017.

Además, la superioridad táctica ucraniana, tan cacareada por Pellistrandi y los suyos, está mostrando todos sus límites ahora que los rusos están operando en áreas donde una gran proporción de civiles ha huido. La superioridad de la artillería, un arma que ha desempeñado un papel fundamental en el ejército ruso desde el siglo XVIII, puede entonces aprovecharse plenamente para asestar golpes devastadores a los grupos de combate ucranianos.

Por último, Pellistrandi no dice ni una palabra sobre lo que los expertos estadounidenses ya no dudan en señalar sobre la corrupción del ejército ucraniano, que dificulta su eficacia operativa a todos los niveles. El equipo occidental, incluidos los misiles javelin, es vendido, por ejemplo, por algunos oficiales en el mercado negro en lugar de ser enviados al frente. Asimismo, varias unidades se quejan de que simplemente han sido abandonadas por su jerarquía. En términos de superioridad táctica hemos visto cosas mejores.

Al igual que la Wehrmacht en 1945, el ejército ucraniano puede haber sido capaz de crear una ilusión en algunos círculos durante unas semanas a costa del innegable y valiente sacrificio de sus mejores hijos, pero es criminal que el pueblo ucraniano crea que esto será suficiente para tomar la delantera al ejército ruso, que, a pesar de sus dificultades tácticas, siempre está un paso por delante de occidente gracias al arte de las operaciones.

Sylvain Ferreira https://www.vududroit.com/2022/06/ukraine-le-temps-des-mauvais-generaux/

Fuente: mpr21.info

2 COMENTARIOS

  1. Difícil de digerir todas estas “explicaciones”.Guderian,
    Sedán, Stalingrad… hasta los Moltke! Si a algo se parece la operación” especial “és a la guerra de Finlandia (’39-’40), la Guerra de Invierno. Igual que hoy fue una” victoria “.Igual que hoy, amarga… Después de más de 100 días el plan de Ucrania (con OTAN) se puede ver con toda la claridad posible:se planta cara en TODAS las ciudades,villas, etc(con las destrucciónes y las bajas)… pero sólo en el suelo de Novorossia. El presidente Putin se queda con la “tierra quemada”… Todo lo perdido lo va a pagar Rusia. Ucrania no pagará nada. Hace años de cuando Lugansk y Donetsk yá no són ucranianos. Éste era el Plan? Se puede llamar ésto ” Arte Operativo “?… Soviético??

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