Tensar la cuerda

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Durante meses, la escasez de armas y las plegarias a sus socios extranjeros en busca de más equipamiento y munición ha sido la base del discurso ucraniano. La guerra se había convertido en una guerra de artillería -en realidad lo fue desde sus inicios en 2014- y la superioridad rusa en cantidad y en calibre retrasaban lo inevitable: la victoria de Ucrania. El discurso había cambiado y ya no se hablaba de las tropas rusas como un ejército inoperante que sería derrotado en dos semanas como ocurriera tras la retirada rusa de Kiev y Chernigov. En esas primeras semanas, Volodymyr Zelensky insistía en reunirse con Vladimir Putin para mostrarle cual era “el estado de su ejército”. El fracaso ucraniano a la hora de convertir esa retirada rusa del frente norte en victorias en los frentes sur o este obligó a modificar la comunicación de guerra.

 

Aunque la victoria ucraniana seguía siendo inevitable, los avances temporales de Rusia en Mariupol y especialmente en Lugansk hacían necesario adaptar la táctica, que pasaba a centrarse en la superioridad de las armas occidentales frente a las rusas/soviéticas. Temporalmente, hubo que explotar incluso el elevado número de bajas entre las tropas. Ucrania y su prensa afín pasaron rápidamente de ocultar todo intento por conocer el nivel de bajas ucranianas en el frente a exagerar las cifras como un argumento para remarcar la necesidad de mayor asistencia extranjera. Eso sí, la narrativa oficial seguía basándose en una supuestamente probada superioridad de los soldados ucranianos sobre los rusos, lo que haría de las Fuerzas Armadas de Ucrania imparables en caso de ser fuertemente armadas con equipamiento occidental.

Ese equipamiento comenzó a llegar en grandes cantidades y junto al resto de material pesado de fabricación rusa o ucraniana, dio ciertos resultados. Eso sí, en cada uno de ellos, eran las armas occidentales las que habían conseguido el logro, una forma, no solo de publicitar los éxitos del material, sino de exigir que el flujo de entregas continuara y aumentara.

En estos meses, la capacidad destructora de Ucrania ha aumentado notablemente, no solo por la disponibilidad de armamento de más precisión y mayor calibre, sino también por las propias necesidades de la guerra, que a medida que avanza supone mayor peligro y mayor destrucción a ambos lados del frente. A base de bombardeos constantes Ucrania logró la retirada rusa de la Isla de las Serpientes, un islote despoblado pero estratégico a la hora de controlar el tráfico marítimo de la región de Odessa y potencialmente peligroso para las tropas rusas y las regiones controladas por Rusia en caso de contar con una guarnición ucraniana armada con misiles de largo alcance. Pese al triunfalismo con el que Ucrania recibió la retirada rusa -que fue obligada y no un gesto de buena voluntad como quiso explicar Moscú- y una operación para colocar allí una enorme bandera ucraniana y rescatar a un perro, Rusia, que mantiene el control a fuego, ha logrado que no pueda instalarse allí base militar permanente alguna.

Zmeiny no ha sido el único éxito adjudicado a las armas extranjeras. Los constantes ataques a depósitos de armamento o munición -en ocasiones han resultado ser objetos civiles, como el depósito de tranvías de Alchevsk, que Ucrania presentó como un gran éxito- han dado imágenes espectaculares a ambos lados del frente, pero la prensa occidental ha destacado únicamente las explosiones ocurridas en zonas controladas por las tropas rusas. Y fuentes como The Times han querido ver en el ataque a un aeródromo en Crimea, que destruyó varias aeronaves, la prueba de que Ucrania dispone de misiles de aún más largo alcance de los que se había anunciado oficialmente. Sin embargo, por el momento no hay prueba alguna de la participación de misiles en el ataque, ya que la población de la región desde el primer momento afirmó no haber escuchado el sonido de misiles aproximándose.

A lo largo de estos meses, se ha hecho evidente que, armada con artillería de más largo alcance, que utiliza de forma combinada por sistemas de artillería de fabricación rusa, Ucrania ha adquirido una mayor capacidad destructora, pero también es obvio que eso no se ha traducido en un cambio de tendencia en el frente. Los avances rusos son lentos en Donbass, teatro principal de esta guerra, e inexistentes en la zona sur, pero también lo son los avances ucranianos, pese a tratar de presentar como una gran victoria la captura de una aldea abandonada en la zona de Izium.

Ese intento ucraniano de presentar como logro cualquier avance insignificante y que rápidamente puede ser revertido muestra grandes probabilidades de que la guerra se dirija a una fase de estancamiento en la que las partes tengan que arriesgar grandes pérdidas para lograr mínimos avances. Es así en el frente de Jerson-Nikolaev, donde las tropas ucranianas podrían avanzar ligeramente, pero a costa de quedar expuestas a la artillería rusa. Lo mismo podría ocurrir a las tropas rusas en caso de tratar de avanzar sobre Nikolaev, en cuyos alrededores quedarían expuestas ante la artillería ucraniana (ya fuera de producción occidental o la también potente artillería de fabricación rusa o ucraniana).

Esta situación condena a la guerra a continuar con el uso intensivo de artillería y ataques de largo alcance a ambos lados del frente, con la destrucción garantizada de objetivos tanto en Nikolaev como en Jerson, donde la inteligencia británica continúa afirmando que los ataques con HIMARS “probablemente” han dejado fuera de uso los dos puentes a través de los cuales Rusia suministra a la ciudad, situada en la margen derecha del río Dniéper. Esa capacidad destructora y la vulnerabilidad de las tropas rusas por causas geográficas son la principal esperanza ucraniana para recuperar Jerson, no por captura, sino por abandono ruso, una esperanza ingenua que en las últimas semanas está chocando con el aumento de los ataques rusos en dirección a Nikolaev.

Es más, la tantas veces anunciada ofensiva ucraniana sobre Jerson, que sería recuperado antes de finalizar agosto (Ucrania necesita una victoria que explotar el Día de la Independencia) es ahora cuestionada incluso por la prensa más afín a Kiev. Si hace dos semanas The Times publicaba un extenso reportaje sobre el frente sur en el que afirmaba que Rusia se enfrentaba a “una derrota humillante”, este último fin de semana, The Washington Post matizaba afirmando que Ucrania no dispone de las fuerzas suficientes para una gran contraofensiva en el frente sur. Sin embargo, incluso en ese escepticismo, el medio navega entre la exigencia de más armas para contrarrestar a la potente Rusia y la derrota inminente de esas tropas.

El artículo destaca la importancia estratégica de la parte oriental de la región para Rusia a la hora de garantizar el suministro de agua a Crimea. “En los primeros días tras la invasión, las fuerzas rusas hicieron explotar en el canal de la región una presa que hacía tiempo que enfurecía a Putin”, afirma el artículo en referencia a la barrera construida por Ucrania para impedir el paso de agua al canal que surtía de agua a la península y a su población. Ucrania era consciente, lo fue durante años, de estar causando una catástrofe para la agricultura de la región y grandes dificultades, no solo para las autoridades rusas, sino para la población.

Como otros medios, The Washington Post da por hecho que las tropas rusas lucharán por todo territorio al este del Dniéper, pero dan a Ucrania el beneficio de la duda en el caso de Jerson, al otro lado del río. En un discurso que parece dirigido no tanto a narrar la realidad sino a suplicar más armas pesadas para Ucrania, es la capacidad de destrucción de las armas occidentales las que, rápidamente, pueden conseguir una retirada unilateral rusa de la ciudad de Jerson. “Creo que los rusos abandonarán Jerson pronto”, afirma el diario citando a Dmitri Alperovitch, uno de los muchos empleados de think-tanks estadounidenses más interesados en presentar un relato que garantice más armas estadounidenses para Ucrania que en ver la realidad. En las condiciones actuales, y sin acuerdo diplomático a la vista (Rusia implícitamente ofreció retirarse de Jerson y el sur de Zaporozhie en marzo cuando se rompieron las negociaciones, en parte por la presión occidental) y tras casi seis meses de control sobre el territorio, Rusia está obligada a luchar por mantener su presencia en Jerson, única capital regional ucraniana en su poder.

Como ha podido observarse en el frente en los últimos meses, la capacidad destructora de Ucrania no garantiza victorias en las batallas cuerpo a cuerpo, pero sí logra infligir daños en las infraestructuras militares y civiles. A falta de tropas con las que avanzar sobre Jerson, Ucrania pretende destruir los puentes necesarios para el suministro -militar, pero también civil- de Jerson y a falta de recursos para avanzar sobre Energodar, (al contrario que Ucrania, Rusia por el momento no ha atacado los puentes sobre el Dniéper pese a ser clave para el envío de armamento al frente oriental) Kiev está dispuesta a un juego nuclear que está causando una gran preocupación mundial.

Eso es, al menos, lo que los líderes mundiales han intentado mostrar esta semana, cuando han exigido a Rusia el abandono de la central nuclear de Zaporozhie, en la localidad de Energodar. Bajo control ruso desde marzo, la situación ha escalado ahora que se acerca el mes de septiembre, en el que Ucrania cree que Rusia podría desconectar la centrar del sistema eléctrico ucraniano, lo que supondría una catástrofe para la economía de Ucrania, que hace tan solo unas semanas aspiraba -falsamente- a exportar electricidad a la Unión Europea.

Ucrania, que a coro con sus socios lleva días acusando a Rusia de terrorismo nuclear, afirmaba el domingo estar atacando a los “soldados rusos que disparan a o desde la central nuclear”, con lo que de forma dudosamente velada admite que usará su artillería contra una central nuclear. Después de más de una semana de alegar que los cada vez más constantes bombardeos de artillería contra la central y sus alrededores son ataques de falsa bandera realizados por Rusia contra el territorio bajo su control, Ucrania añade ahora un giro aún más increíble: Ucrania ataca a los soldados rusos que disparan desde la central, pero que, a su vez, están atacando la central. Rusia no ataca las centrales nucleares de Jmelnitski o Rovno, sino la de Energodar, única central nuclear situada en el territorio bajo su control, un sinsentido con el que Ucrania no solo intenta garantizar seguir siendo suministrada por la central, sino también que Rusia abandone esa localidad para conseguir acceso a la margen izquierda del Dniéper sin que medie batalla. Para ello parece estar dispuesta a arriesgarse a un incidente nuclear, un juego peligroso en el que ya ha demostrado disponer del apoyo de sus socios extranjeros, que ya han descargado sobre Rusia toda responsabilidad por cualquier posible incidente.

Sin confianza en que esas ofensivas que presagiaba rápidas y exitosas vayan a lograr sus objetivos y con la certeza de que las armas occidentales únicamente garantizan más destrucción pero no necesariamente superioridad en el frente, Ucrania se aferra ahora a la táctica de tensar la cuerda para hacer la situación insostenible, un riesgo para las tropas propias y ajenas, pero, ante todo, para la población civil a ambos lados de la línea del frente. Más aún si Ucrania está dispuesta a jugar con fuego alrededor de la central nuclear más grande de Europa.

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