Una advertencia a Stalin y un ultimátum a Europa: el bombardeo de Dresde en 1945

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Las televisiones se inundan de reportajes sobre los bombardeos rusos contra las ciudades ucranianas, e incuso contra la población civil. Lo mismo dijeron en Alepo, en Siria, durante los ataques contra las madrigueras yihadistas. Sin embargo, apenas pueden mostrar cadáveres, lo que no deja de resultar sorprendente. En efecto, Rusia ha llevado ataques devastadores contra instalaciones militares ucranianas y nudos de comunicaciones, pero el número de bajas es muy reducido. Son ataques quirúrgicos.

 

La táctica rusa es totalmente opuesta a los bombardeos estadounidenses en cualquier otra guerra, como en Indochina, donde masacraron indiscriminadamente a la población civil vietnamita y camboyana. Son prácticas adquiridas por estadounidenses y británicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial por una razón muy evidente: porque no se trataba de derrotar a la Wehrmacht sino de intimidar a la URSS.

En febrero de 1945 la aviación angloamericana destruyó la antigua ciudad alemana de Dresde en tres días de ataques devastadores. La llamaron Operación Rayo y era un anticipo de lo que luego ocurriría en Hiroshima y Nagasaki, aunque en versión convencional.

Dresde era una ciudad del tamaño de otras en Alemania, aunque no contaba con industria pesada. Era una de las capitales culturales de Alemania, famosa por sus monumentos arquitectónicos, museos y teatros. Desde el punto de vista militar era irrelevante, lo mismo que Hiroshima y Nagasaki.

Prueba de ello es que los aliados nunca la habían bombardeado, excepto en una incursión el 7 de octubre de 1944, cuando unas 30 fortalezas volantes estadounidenses atacaron la zona industrial de la ciudad, un objetivo alternativo en el ataque a una fábrica en Ruhland. En aquel bombardeo murieron 435 personas, en su mayoría trabajadores, entre ellos franceses y belgas empleados en las pequeñas fábricas Zeidel-Naumann y Hartwig-Vogel. También hubo muchas bajas entre los prisioneros de guerra aliados que trabajaban en la estación de clasificación.

Una ciudad indefensa, un bombardeo cobarde

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial se instalaron en la capital sajona numerosas baterías antiaéreas pesadas, pero como no la bombardeaban, la gran mayoría de los cañones se trasladaron al Ruhr y al frente oriental, frente al Ejército Rojo.

Muchos de ellos eran cañones antiaéreos soviéticos de 85 milímetros de un modelo de 1939, que habían sido perforados para adaptarse al calibre alemán de 88 milímetros. A mediados de enero de 1945, de los cañones antiaéreos de Dresde sólo quedaban las plataformas de hormigón. La total indefensión de la metrópoli fue un argumento importante en la elección del objetivo a bombardear. Fue un ataque cobarde.

El 2 de febrero de 1945, Hitler ordenó que los aviones de combate de la Luftwaffe sólo atacaran contra objetivos terrestres en el frente oriental, donde las unidades del Ejército Rojo habían tomado cabezas de puente en la orilla occidental del Oder, o contra concentraciones de tropas en al orilla oriental.

Los comandantes británicos y estadounidenses habían planeado de antemano atacar Dresde masacrando a civiles. Se decidió dar a la ciudad el tratamiento que habían dado a Hamburgo en 1943: primero volar tejados y ventanas con bombas explosivas, y luego bombardear bloques, incendiando casas y provocando remolinos de llamas ardientes y resplandecientes a través de tejados y ventanas rotos hasta engullir vigas, muebles, suelos, alfombras, cortinas. Entonces, de nuevo, utilizar bombas de alto poder explosivo para ampliar la zona del incendio y ahuyentar a los bomberos.

“Cuando llegamos a la zona objetivo al final de la incursión, era obvio que la ciudad estaba condenada”, recordó el piloto del Lancaster del Grupo Aéreo 3, que había sido dañado por el fuego antiaéreo y se retrasó. Debía acercarse a Dresde cinco minutos antes del final del ataque, pero llevaba diez minutos de retraso. Probablemente fue el último bombardero que sobrevoló la capital sajona (*).

“Por lo que pude ver, un mar de fuego cubría un área de unas 40 millas cuadradas. De este horno surgía un calor que se podía sentir en la cabina de mi avión. El cielo resplandecía con tonos rojos y blancos brillantes, y la luz del interior del avión era la de un oscuro atardecer de otoño. Estábamos tan horrorizados ante la visión de las monstruosas llamas que volamos solos sobre la ciudad durante mucho tiempo después. Completamente abrumados, imaginando lo que estaba ocurriendo abajo, dimos media vuelta. La luz cegadora de este holocausto era visible desde 30 millas de distancia”.

En la mañana del 14 de febrero Dresde fue atacada por más de 1.300 bombarderos estadounidenses B-17 Flying Fortress y B-24 Liberator. Lanzaron sobre Dresde un total de 1.477,7 toneladas de bombas explosivas, incluidas 529 bombas de fragmentación de 1.800 kilos y una bomba de fragmentación de 3.600 kilos, y 1.181,6 toneladas de bombas incendiarias. En incursiones de distracción, 109 cazabombarderos atacaron Magdeburgo, Bonn, Dortmund, Miesburgo y Nuremberg sin pérdidas. Varias docenas de Fortalezas Volantes se perdieron y alcanzaron Praga por error.

Más de 40.000 civiles murieron en la ciudad, de los cuales 28.736 fueron enterrados en el cementerio de Heidelfriedhof. Se destruyeron monumentos arquitectónicos de valor incalculable. Entre ellos, tres palacios, el antiguo ayuntamiento, el Zwinger construido por Semper, la nueva pinacoteca, cuatro museos y la casa de la iglesia. La mundialmente famosa galería de arte de las Bóvedas Verdes, la obra maestra arquitectónica de Schinkel, el Albertinum -con su valiosísima colección de esculturas- y la Academia de las Artes también fueron pasto de las llamas.

El Ejército Rojo estaba a las puertas de Dresde

El 15 de febrero los dirigentes políticos militares de los aliados recibieron el siguiente mensaje procedente de Moscú: “Tres compañías de tanques al mando del mariscal Konev han realizado un profundo avance hacia Dresde y han hecho retroceder ante ellos a entre 10 y 16 divisiones alemanas derrotadas. El número de prisioneros aumenta cada hora, ya que las formaciones alemanas, debido a su agotamiento, ya no son capaces de replegarse y, por otra parte, la falta de combustible paraliza las columnas de transporte. Esta tarde nuestras columnas de tanques estaban a 80 kilómetros de Dresde”.

Los tanques soviéticos podrían entrar en Dresde en las próximas horas y se hubieran ahorrado 40.000 vidas.

Los británicos afirmarían más tarde que Stalin les había pedido en la conferencia de Yalta que bombardearan Dresde. Era mentira. Ni Stalin ni ningún otro comandante del Ejército Rojo hizo ninguna petición en tal sentido a los aliados.

Los estadounidenses, por su parte, intentaron justificarse diciendo que querían ayudar a la ofensiva del Ejército Rojo destruyendo el nudo ferroviario de Dresde. Pero los ferrocarriles y las estaciones de la ciudad apenas sufrieron daños.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los políticos estadounidenses y británicos cambiaron el discurso. Querían culpar de la barbarie a la Unión Soviética. El 11 de febrero de 1953 el Departamento de Estado estadounidense emitió un comunicado en el que afirmaba que “el devastador bombardeo de Dresde se llevó a cabo en respuesta a una petición soviética de mayor apoyo aéreo y había sido acordado previamente con los dirigentes soviéticos”.

En febrero de 1955, cuando se cumplió el décimo aniversario del bombardeo, el periódico británico Manchester Guardian recordó que las incursiones fueron una operación “llevada a cabo por aviones británicos y estadounidenses en respuesta a una petición urgente soviética de atacar este importante centro de comunicaciones”.

Cometer un crimen de guerra para intimidar a Stalin

Churchill propuso la Operación Rayo a las fuerzas aéreas en la Conferencia de Crimea, celebrada del 4 al 11 de febrero de 1945. Quería intimidar a Stalin destruyendo una gran ciudad alemana. El mal tiempo retrasó el bombardeo y la destrucción de Dresde tuvo lugar una vez finalizada la cumbre de Yalta.

Los aliados occidentales siempre excusaron sus bárbaros bombardeos con el pretexto de la ayuda al Ejército Rojo. Por ejemplo, el 3 de febrero de 1945, Berlín sufrió el mayor ataque aéreo de la guerra. Ese día, 937 bombarderos estadounidenses B-17 y B-24, escoltados por 613 cazas, aparecieron en el cielo densamente nublado sobre la capital del III Reich. Durante 53 minutos, lanzaron 2.267 toneladas de bombas sobre los distritos de Tempelhof, Schöneberg y Kreuzberg. Durante esta operación fueron derribados 36 bombarderos y 9 cazas.

Fue la primera incursión aérea diurna estadounidense en zonas residenciales de Berlín, siguiendo el espíritu de las incursiones nocturnas británicas. Cuatro kilómetros cuadrados de la zona quedaron completamente destruidos y unas 23.000 personas murieron.

Los mandos estadounidenses comunicaron a sus pilotos antes del vuelo que el 3 de febrero el 6 Ejército Panzer de las SS pasaba por Berlín en su camino desde las Ardenas hacia el frente oriental y que debían ayudar a los soviéticos. Era otra mentira. El 6 Ejército Panzer de las Ardenas se había trasladado al lago Balaton, en Hungría, y no estaba ni a 100 kilómetros de Berlín. Sin embargo, la mentira se repitió incluso después de la guerra.

En cambio, cuando los comandantes soviéticos pidieron bombardear los barcos y puertos alemanes en las costas del Báltico y Prusia Oriental, Londres y Washington se negaron.

El bombardeo de Dresde, Berlín y algunas otras ciudades alemanas no tuvo ninguna importancia militar, lo mismo que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Los interrogatorios realizados por oficiales estadounidenses y británicos a los soldados de la Wehrmacht capturados en la primavera de 1945 dan testimonio elocuente de ello.

Las incursiones aéreas en Dresde y otras ciudades alemanas pretendían chantajear al gobierno y al pueblo soviéticos. Estados Unidos también planeaba arrasar Alemania, Francia e Italia para convertirlos en países clientelares después de la guerra. Es la política del palo y la zanahoria. Por un lado, destruyen cientos de ciudades en Alemania, Francia, Italia, Austria, Yugoslavia y otros países, y por otro, prometen el Plan Marshall: 13.000 millones de dólares de la época.

(*) https://svpressa.ru/post/article/359968/

Fuente: mpr21.info
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