Los verdaderos señores de la guerra

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En las ventas de armas están las causas de disímiles conflictos que hacen de la paz total una quimera

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El jugoso negocio de la venta de armas provoca que se abastezca un mercado negro y a los grupos irregulares tecnología bélica, capaces de contratar niños como soldados. Foto: Reuters

Manuel Valdés Cruz.— Tergiversar la verdad, lo sabemos, es una cualidad intrínseca de los grandes grupos de poder capitalistas para, con base en la mentira, someter a su control –y, por ende, a su explotación– extensas masas de personas, pueblos enteros a los que ven apenas en sus valores mercantiles, como mano de obra o como consumidores.

Para sostener sus intenciones, bien les vale el apotegma maquiavélico de que el fin justifica los medios, por lo cual es muy fácil encontrar ahí las razones primarias de casi todas sus estrategias preferidas de sometimiento y presión: sanciones, judicializaciones, promoción de golpes de Estado, guerra…, en tanto acomodan sus reflectores y hacen creer que otros son los responsables de los problemas que ellos reorientan a su favor.

Las consecuencias, ya dijimos, no importan. Si la guerra es el camino más corto, páguese ese precio, que es rentable; no por gusto las exportaciones de armas desde Estados Unidos aumentaron un 14 % en el lustro 2018-2022, respecto al quinquenio anterior, un incremento que lo consolidó como principal suministrador de material bélico.

Según el reporte del Instituto Internacional de Estudios para la Paz, con sede en Suecia, las del país norteño representaron el 40 % de todas las ventas de armamento del mundo; las cargas se entregaron a 103 países entre 2018 y 2022, y el 41 % se destinó a Oriente Medio, apuntó el estudio citado por PL.

Este comercio, en definitiva, es el más jugoso negocio de la mayor potencia imperial del mundo, y en esas multimillonarias ventas, en lo que desencadenan, están las causas de disímiles conflictos que hacen de la paz total una quimera.

Además, con el poder que le concede esa maquinaria bélica, Estados Unidos ejerce control sobre gobiernos que ceden a sus intereses, y hasta ofrecen otras oportunidades de ganancias, a costa incluso del grave deterioro del bienestar de sus pueblos, como el que significa, por ejemplo, el tráfico de drogas, tan ilegalmente naturalizado entre varios países del continente latinoamericano y el mayor mercado receptor de estupefacientes.

¿Qué otra cosa, sino ganancias, puede agenciarse Estados Unidos con la «ayuda militar» que ofrece a países como Israel o Ucrania, mientras pone zancadillas a todo intento de acordar la paz? ¿Qué «buenas intenciones» puede haber detrás de las listas de buena o mala conducta con que estigmatiza a gobiernos y países a su antojo?

En 2005 una película, El señor de la guerra, contaba la historia de un traficante de armas que llega, en ese negocio, a convertirse en un personaje por encima de toda ley, precisamente por estar al amparo bien pagado de los que velan por que se cumpla tal ley.

Lo que el filme intenta dejar en un suspenso dramático es una verdad a voces que se conoce bien por aquellos que la disfrazan con un guion a los ojos de un público que, enajenado, financia con sus impuestos el negocio predilecto de los poderosos.

Hollywood no los pone en los créditos, pero entre los más cotizados productores de sus filmes se cuentan los que cada año rompen los récords de exportaciones de armas, los que robustecen su economía al costo de la muerte que siembran sin reparos en otras latitudes.

Fuente: granma.cu

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