Jenín: Cuna de mártires

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Joan Cabases Vega.— La violencia impune de las tropas israelíes, el miedo, la humillación y la falta de perspectivas de futuro impulsan a la juventud de este y otros campos de refugiados en la Cisjordania ocupada a la lucha armada.

Ahmad tiene 12 años, los mofletes marcados y el pelo ligeramente pelirrojo. Como tantos niños de su edad, conversar con adultos le exige superar la timidez. Habla con la voz baja y evita mirar el interlocutor a los ojos. El contexto tampoco lo pone fácil. El interior de la casa de Ahmad, en el campo de refugiados de Jenín, está totalmente destrozado. Las fuerzas de ocupación israelíes han estado aquí sólo unas horas atrás, y el miedo y la tristeza se palpan en el ambiente. Ahmad es lo único que está de pie en medio de una casa donde todos los armarios están por el suelo. Su padre Khaled, derrotado y frustrado, se sienta en una silla de plástico mientras lucha por contener las lágrimas. Observa orgulloso a Ahmad defender la familia ante periodistas extranjeros, aunque ese orgullo por su hijo nunca se tendría que haber manifestado a raíz del derrumbe de su mundo.

“Nos intentan retratar como terroristas”, declara la voz asustada de Ahmad. “Incluso los israelíes saben que no somos malos. Pero ellos siguen diciendo que nosotros somos los terroristas y que ellos son los cautivos”. El terror paraliza, pero la sensación de injusticia vence el temor y Ahmad sigue hablando. Lo hace mientras muestra junto a su padre los destrozos y el desorden que los soldados israelíes han provocado en cada habitación. “Buscan cosas para meter niños en la cárcel”, dice el pequeño con un susurro casi imperceptible: “Buscan cosas para utilizarlas contra nosotros”.

Ahmad y su familia ya habían conocido el pánico y la vulnerabilidad en ocasiones anteriores. Esta es la quinta vez que las tropas israelíes les arrasan la casa por completo. La familia reside en la calle principal del campo de refugiados de Jenín, en el norte de la Cisjordania ocupada. Eso les expone al paso de las tropas, que cuando invaden el campo utilizan la terraza de la vivienda para apostar francotiradores. Isra, el vecino de enfrente, asegura que 50 soldados israelíes asaltaron su casa durante la redada del día antes. Enseña decenas de fotografías que muestran el interior de su casa devastada, impracticable, irreconocible. Otro residente sale a la calle con una edición antigua del Corán. El libro tiene casi todas sus páginas rotas, arrugadas. El hombre lo muestra sin terminar de creerse que alguien pueda hacer una cosa así.

Foto: Joan Cabasés Vega

La brutal campaña militar que los dirigentes israelíes lanzan sobre la franja de Gaza desde el pasado 7 de octubre no significa que el ejército israelí permita un respiro a Cisjordania. Todo lo contrario. Desde el ataque que Hamás perpetró desde Gaza contra el sur de Israel, no ha habido ni un solo día en el que los pueblos y campos de refugiados de Cisjordania no hayan sufrido violentas incursiones militares. A menudo terminan con muertos, con detenidos y con la destrucción del paisaje urbano. Aunque lo cierto es que la violencia israelí sobre territorio ocupado no nació el 7 de octubre. En estos dos meses, las tropas del estado de Israel y grupos de colonos violentos a quienes protegen han asesinado a más de 270 palestinos en Cisjordania. Pero desde enero hasta octubre habían asesinado a otros 200.

Las fuerzas israelíes invaden de forma habitual el campo de refugiados de Jenín, donde hay presencia de grupos armados locales. Estas milicias palestinas aseguran proteger la ciudad de las incursiones israelíes, que son ilegales de acuerdo con la ley internacional. Las invasiones recurrentes que el ejército israelí lanza contra el campo de refugiados de Jenín provoca la reacción de sus residentes. “La verdad es que no lo sé”, responde Ahmad cuando se le pregunta cuál es el protocolo a seguir si el ejército tumbara de nuevo la puerta de la casa en ese mismo momento: “pero cuando tenemos tiempo, nos vamos de aquí. Tenemos una casa fuera del pueblo. No está equipada, pero dormimos sobre unas sábanas en el suelo. Cada día a las 7 de la tarde nos vamos allí, porque estar aquí no es seguro”.

Cada incursión israelí deja huella. En la del miércoles de esta semana, la familia de Ahmad pasó horas de angustia. Corrió el rumor de que Ez, hermano de Ahmad, había resultado herido cerca de la mezquita a causa de la acción militar israelí. “Nos asustamos muchísimo. No sabíamos qué hacer”, recuerda Ahmad: “mi madre se negaba a que nos fuéramos a la otra casa sin él. No dejaba de llamar a todo el mundo para saber algo de Ez”. Terminaron sabiendo que el herido no era Ez, si no que era quien estaba movilizándose para llevar el herido a un lugar seguro. “Al final tuvimos noticias de él. No tenía batería en el teléfono y tuvo que rogar a unos vecinos que le dejaran un cargador. Su llamada nos puso muy contentos. Mi hermano se jugó la vida para salvar la vida a ese chico”, relata el pequeño con admiración. Los hermanos son algo muy importante para Ahmad. Quizá lo son todavía más desde que los soldados israelíes se llevaron a su hermano Ibra, que lleva en la cárcel cinco meses. Una fotografía del joven se sostiene sobre el marco de la ventana, presidiendo un salón en el que sofás y sillones están cabeza abajo.

Ahmad y su padre en la casa familiar. Foto: Joan Cabasés Vega

El esfuerzo de Ez por salvar el tipo herido no debió de ser fácil. Cuando las tropas penetran el campo de refugiados, cortan la electricidad y el internet de la zona. Algo que impide la comunicación en momentos de alto estrés y fuego cruzado. Ese mismo motivo hace que Ahmad y sus amigos pierdan el contacto que suelen mantener: “siempre hablamos de lo que ocurre, de quién muere”. Pero la imposibilidad de coordinarse con los demás no es lo único que dificulta la respuesta sanitaria cuando los tanques de guerra israelíes disparan munición real entre los callejones embarrados de Jenín.

Sitio contra hospitales, disparos contra ambulancias

Los residentes de Jenín aguantan la respiración durante las cinco o doce horas en las que una incursión israelí se puede alargar. La interrupción de la vida es total, y el ejército israelí se encarga de que así sea. También en cuanto al cuidado de los heridos. “Lo primero que hacen [los soldados israelíes] es sitiar los hospitales más cercanos e impedir que las ambulancias lleguen hasta la puerta”, denuncia en declaraciones a El Salto Diario la coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Jenín, Irene Huertas. El checkpoint improvisado inspecciona todo vehículo que se dirija al hospital. Si la pasajera es una mujer embarazada, explica Irene, “la tienen bajo registro durante unos minutos y al final la dejan pasar; pero si hay chavales jóvenes que están heridos, les da mucho miedo coger la ambulancia e ir al hospital aunque no sean sospechosos”.

Con esta nueva práctica por parte de las fuerzas de ocupación israelíes, tanto el personal médico local como equipos de apoyo como MSF se encuentran con que hacer su trabajo es imposible. “No sabemos dónde trabajar”, lamenta Irene. El cerco contra los hospitales y el miedo que producen hacen que “durante todo el tiempo que dura la incursión, ni los heridos se atreven a ser llevados al hospital ni tampoco nadie se atreve a llevarlos”. El motivo: “los primeros objetivos son los conductores de las ambulancias y los paramédicos que van con ellos”. La coordinadora de MSF en Jenín alerta que las ambulancias están siendo atacadas: “ahora mismo las ambulancias son un objetivo militar tanto en Gaza como en Jenín; aquí muchas ya han recibido disparos”. Irene constata que “cuando las ambulancias son objetivo, nuestro trabajo médico queda en riesgo”.

Ante tanta dificultad, los residentes del campo de refugiados de Jenín se abastecen de respuestas. Un grupo de 30 paramédicos voluntarios creado por la propia comunidad —y entrenado por grupos como MSF o la Media Luna Roja— se pone en alerta desde el mismo momento en el que los soldados israelíes ponen los pies en el campo. Y no solo eso. El sitio que las tropas israelíes instalan en los hospitales y el bloqueo de movimientos que imprimen sobre los callejones del campo, con francotiradores apostados en los tejados, tiene como respuesta entre la población local el establecimiento de puntos de estabilización cada dos o tres manzanas. Allí es donde llevan los heridos para que se les puedan ofrecer primeros auxilios. “Se les distribuye medicamentos, se les hacen torniquetes y se hace todo lo necesario para poder estabilizarlos hasta que los israelíes se retiren del campo y puedan llegar al hospital”, aclara Irene.

Foto: Joan Cabasés Vega

Muerte e impunidad sobre territorio ocupado

Las calles del campo de refugiados de Jenín son un lodazal. Las marcas de la metralla se expanden por las paredes de edificios residenciales y cada pocos pasos hay signos de violencia reciente. Vehículos calcinados. Paredes derruidas. El rastro de las numerosas incursiones militares ocurridas durante las últimas semanas se ve con la misma facilidad con la que se encuentran fotografías de los mártires, palabra que en el mundo árabe se utiliza para describir las muertes que no se tendrían que haber producido en un mundo en paz. Los mártires pueden ser jóvenes mobilizados como combatientes en los grupos armados locales que se conjuran para proteger la dignidad del propio campo de refugiados, pero también pueden ser civiles que tienen la mala suerte de recibir un balazo de un soldado asustado o con ganas de hacer daño.

“Están entrando un día sí, un día no”, lamenta un vecino del campo de Jenin. En algunas ocasiones, las incursiones parecen tener un objetivo claro. Tienen a alguien identificado, a menudo miembro de “la resistencia” local, lo matan o lo detienen y se van. En otras, sin embargo, las tropas israelíes invaden el campo y expanden el pánico durante horas que se hacen interminables. Lo que ocurrió el 29 de octubre es ejemplo de ello. El ejército lanzó el mayor asalto de los que ha sufrido este campo desde el 7 de octubre, y la destrucción causó impacto. Mataron a dos jóvenes, supuestamente vinculados a la lucha armada, y practicaron 17 detenciones. El ataque contra el campo de refugiados de Jenin incluyó la movilización de centenares de soldados, el bombardeo aéreo contra un edificio desde un dron, y la expulsión de múltiples residentes de sus casas a punta de pistola.

Entre tanto, parte de las tropas dedicó tiempo a patrullar el campo de refugiados con las excavadoras, destruyendo casas, rotondas o símbolos de identificación para la comunidad local, como el Caballo de Jenín. Esta escultura contra la que atentaron había sido construida en 2003 a partir de los restos de las ambulancias que las fuerzas israelíes habían destrozado durante la Segunda Intifada. El mismo 29 de octubre, tras arrancarla del lugar en el que había lucido durante dos décadas, los vehículos armados israelíes se pasearon por el campo de refugiados arrastrando el Caballo de Jenín.

Cuando las tropas ya se retiraban del campo tras 17 horas de invasión y después de haber eliminado los dos supuestos combatientes locales, los uniformados abrieron fuego contra dos niños a los que asesinaron. A Basil Suleiman Abu al Wafa, de 15 años, un balazo le cruzó el pecho. A Adam Samer al-Ghoul, de solo 8 años, la bala le alcanzó la cabeza. Y lo hizo por detrás: varios vídeos muestran como el pequeño huye corriendo en busca de algún lugar seguro cuando de repente se desploma. Vecinos del lugar asegura que estaba jugando a fútbol.

Tumba del niño Adam. Foto: Joan Cabasés Vega

La pequeña lápida de Adam ya engruesa el cementerio de los mártires del campo de refugiados de Jenín. A su lado están también los cuerpos de quienes han muerto durante las redadas militares de octubre y de noviembre, además de los 12 que una sola y violenta incursión mató el 4 de julio. El cementerio está justo enfrente de colegio local, gestionado por la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos. Centenares de niños pequeños acuden cada día a clase mientras pasan por delante de las lápidas. Entre los epitafios ven las fotografías de niños de su edad, como Adam, que han dejado de ir al colegio. También ven los retratos de los combatientes locales caídos, que posan orgullosos con sus fusiles. Los cuatro pasos que distancian el colegio del cementerio de los mártires parece indicar a los niños de Jenín el ciclo de la vida.

Miedo, humillación, falta de futuro

La acción de los tanques y el sonido de las explosiones despierta en los niños palestinos una experiencia traumática que les acompañará por el resto de sus vidas. Salwa Abughali, psicóloga de profesión y residente en Jenín, relata su última experiencia familiar tras la incursión del miércoles. “Mi sobrina, de solo tres años de edad, le dijo a sus hermanos que se tenían que esconder debajo de la cama”, relata Abughali preocupada: “decía que necesitaban alguien que les protegiera, e incluso le dijo a su madre que necesitaba que alguien la abrazara”. Impotente, Abughali se pregunta qué se puede hacer ante eso. “Yo le sugería que jugara con los niños, pero qué podemos hacer cuando oyen las explosiones? Son palestinos, están condenados a sufrir cosas como estas de todos modos”.

Mural en memoria de la periodista de Al Jazeera Shireen Abu Akleh, asesinada en mayo de 2022 por fuego israelí. Foto: Joan Cabasés Vega

Todo palestino tiene recuerdos de infancia en los que empezaba a sentir la intimidación de los soldados israelíes. Abughali también tiene el suyo. “Desde que abrimos los ojos en este mundo, ellos ya están aquí”, asegura esta residente de Jenín en relación a los soldados israelíes. “Recuerdo días en el colegio en el que el ejército israelí atacaba Jenín. Nosotros veíamos los vehículos armados desde la ventana. Es una situación muy difícil tanto para los alumnos como para los profesores”.

Para los palestinos que residen en los campos de refugiados, el miedo, la humillación y la falta de perspectivas de futuro son permanentes. Ante esto, muchos no ven otra opción que entregarse a la causa. Como palestina, admite Abughali, no sabe si sentir orgullo o tristeza, pero asegura que todos los niños responden lo mismo: “cuando sean mayores quieren ser combatientes o mártires”.

Rebelión / Resumen

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