
La historia, maestra implacable, nos ofrece espejos donde se reflejan las glorias y miserias de los imperios. Recordamos los fastuosos triunfos romanos, donde generales victoriosos desfilaban por la Vía Sacra, exhibiendo el botín de guerra y, lo que es más crucial, a los monarcas y líderes derrotados, encadenados y humillados ante la plebe romana. Era la máxima expresión del poder imperial: la exposición pública de la rendición del vencido, un rito que consagraba la hegemonía y disuadía futuras resistencias.
Miles de años después, el declive del imperio estadounidense nos ha regalado una grotesca parodia de este rito, orquestada por el histriónico Donald Trump en su obsesión con Venezuela. No hubo desfile en Washington, ni carros tirados por caballos, ni multitudes vitoreando a un líder extranjero encadenado. En su lugar, el mundo fue testigo de un intento de «exposición pública indecente» de Nicolás Maduro, no a través de una captura física, sino mediante una estrategia de estrangulamiento económico y guerra psicológica diseñada para forzar su rendición o derrocamiento. Trump, en su delirio de grandeza, ofrecía recompensas por su cabeza, lo declaraba «narcotraficante» y reconocía a un autoproclamado «presidente interino» surgido de la nada. Intentó construir un triunfo sin batalla, una victoria sin conquista real, esperando que la presión externa, las sanciones criminales y el cerco mediático hicieran el trabajo sucio.
Pero, ¿quién fue realmente expuesto en esta farsa?
La farsa de la fuerza: Pura debilidad imperial
Lo que el hegemón estadounidense presentó al mundo como una implacable demostración de fuerza y determinación contra Venezuela, no era más que la manifestación descarnada de su creciente debilidad. El despliegue de «máxima presión» a través de sanciones económicas asfixiantes, el bloqueo financiero, el robo descarado de activos nacionales como CITGO, la manipulación del precio del petróleo y el apoyo descarado a una débil oposición golpista y fragmentada, no han logrado el objetivo de derrocar al gobierno bolivariano. Lejos de ser un signo de poderío, esta desesperada estrategia es el último recurso de un imperio en declive que ha perdido la capacidad de imponer su voluntad por medios más sutiles o efectivos.
La «exposición pública indecente» no fue de Nicolás Maduro, quien resistió con una tenacidad que desarmó a sus detractores, sino del propio imperio. Se expuso su doble moral, su desprecio por la soberanía de los pueblos, su voluntad de infligir sufrimiento a millones de personas con tal de imponer sus intereses geopolíticos y económicos. Se desnudó la falacia de su discurso «democrático» al apoyar regímenes de facto y conspiraciones militares en la región mientras acusaba a Venezuela de «dictadura». Se hizo evidente la desesperación de una potencia que, acostumbrada a imponer su voluntad con facilidad, se encontró con una resistencia inesperada y la emergencia de un nuevo orden mundial.
El declive sostenido: La hegemonía económica en la cuerda floja
Estados Unidos está inmerso en un declive sostenido que se manifiesta con particular crudeza en el ámbito económico. La hegemonía que mantuvo indiscutiblemente durante décadas se erosiona a pasos agigantados. China, la potencia emergente, ha superado a EE.UU. en numerosos parámetros económicos y lo hará en prácticamente todos en el corto y mediano plazo. Desde la capacidad de producción industrial hasta el comercio internacional, la inversión en infraestructuras a nivel global (como la Iniciativa de la Franja y la Ruta) y la acumulación de reservas, la nación asiática ha demostrado una resistencia y una visión estratégica que contrastan con el cortoplacismo y la especulación financiera estadounidense. El «Made in USA» es hoy una pálida sombra frente al inmenso y diversificado motor productivo chino. Esta pérdida de la supremacía económica es el pilar fundamental que se desmorona bajo el imperio.
La erosión militar: Adiós a la superioridad tecnológica
La otrora incuestionable superioridad tecnológica militar de Estados Unidos ha sido desafiada y, en muchos aspectos, superada. Rusia y, cada vez más, China, han desarrollado capacidades que contrarrestan o incluso exceden las de Washington en áreas críticas. La misilística hipersónica, capaz de evadir los sistemas de defensa actuales, es un campo donde EE.UU. va a la zaga. Los sistemas antiaéreos de última generación, como el S-400 y S-500 rusos, han demostrado ser una amenaza real para la aviación de combate estadounidense. En tecnología de drones avanzados y guerra electrónica, China está cerrando la brecha rápidamente.
Pero la verdadera brecha, la más fundamental, reside en la capacidad de producción industrial. Mientras que EE.UU. ha deslocalizado gran parte de su base manufacturera, Rusia y China han invertido masivamente en la suya, logrando una autosuficiencia y una escala que le permitirían sostener un conflicto prolongado, algo impensable para Washington. Un avión de combate o un tanque no son solo tecnología, son el producto de una gigantesca cadena de suministro y una infraestructura industrial que EE.UU. —y Europa— ha permitido que se oxide.
El talón de Aquiles: La dependencia de tierras raras
La dependencia estratégica de Estados Unidos en recursos críticos es un eslabón fatalmente débil. Las tierras raras, esos 17 elementos químicos esenciales para la fabricación de alta tecnología militar (sistemas de guiado de misiles, radares, sensores, motores a reacción) y civil (vehículos eléctricos, teléfonos inteligentes, turbinas eólicas), están prácticamente monopolizadas por China. No solo por sus yacimientos, sino, y esto es lo crucial, por sus sistemas de refino y producción. China procesa la inmensa mayoría de las tierras raras del mundo, controlando efectivamente la cadena de suministro global. Esta vulnerabilidad coloca a EE.UU. en una posición extremadamente frágil, incapaz de producir, escalar o incluso reparar muchas de sus avanzadas armas sin el beneplácito de su principal rival geopolítico. Es una espada de Damocles suspendida sobre su cabeza.
Aranceles: Un bumerán que golpea al propio pueblo
La guerra de aranceles iniciada por Trump, y mantenida en parte por la administración Biden, ha demostrado ser un fracaso rotundo. Lejos de «proteger» la industria estadounidense o forzar a China a ceder, esta política ha encarecido los productos importados para el consumidor estadounidense, ha dañado a las empresas que dependen de componentes chinos y ha generado incertidumbre en los mercados globales. El «baile de los aranceles» no está funcionando y solo va a acabar depreciando la calidad de vida de la ciudadanía norteamericana, erosionando su poder adquisitivo y exacerbando las tensiones inflacionarias. Es una medida desesperada que refleja una incapacidad para competir en términos justos y un desconocimiento de la interconexión de la economía global.
La verdadera vanguardia: China en la innovación científica
Si la producción industrial es la base material de la hegemonía, la innovación científica es su motor de futuro. Y en este ámbito, China ha emergido como la fuerza dominante. Se estima que la producción científica y la innovación de China en campos clave están cerca de acaparar el 90% de las publicaciones más relevantes, como se puede observar en la cantidad y calidad de los *papers* en las revistas científicas internacionales de mayor prestigio, especialmente en áreas como la inteligencia artificial, la computación cuántica, la biotecnología y las energías renovables. Esta avalancha de conocimiento y desarrollo tecnológico propio le confiere a China una ventaja competitiva insuperable a largo plazo, mientras que EE.UU. se aferra a un pasado de laureles.
El robo de recursos: El último estertor de un depredador
Ante esta debacle multifacética –económica, militar, tecnológica y científica–, a Estados Unidos no le queda otra que recurrir a tácticas desesperadas y criminales: robar recursos de otros países usando el músculo económico y militar que le queda. Venezuela es el ejemplo paradigmático. La obsesión por su petróleo, por su oro, por sus riquezas naturales, no es un signo de poderío, sino de una profunda debilidad. Es la rapiña del depredador herido que busca engordar para morir, un intento fútil de retrasar lo inevitable. Pero esta fuerza bruta, este latrocinio, no arregla nada a largo plazo; solo acelera el resentimiento global y el aislamiento del imperio. Es el patético espectáculo de un gigante que se desmorona y, en su agonía, intenta arrastrar a otros consigo.
Venezuela: Un escollo inquebrantable
La fuerza bruta no arregla nada. Tampoco las redes sociales, los *bots* o las operaciones de guerra psicológica. Venezuela es y seguirá siendo bolivariana. El imperialismo podrá conseguir contratos de petróleo a precio de mercado, pero no se va a quedar con el petróleo venezolano a menos que ponga las botas en el terreno. Y en ese escenario, con millones de personas del pueblo armadas y el propio ejército del país resistiendo, no van a conseguir gran cosa. La historia de la invasión y ocupación militar de Irak y Afganistán ya lo demostró: un pueblo unido es invencible. Si, en un acto de locura, intentaran destruir la infraestructura desde el aire, ¿cómo van a producir petróleo para poder robarlo después? El resultado sería una tierra arrasada y una quiebra operativa total, haciendo inútil la propia invasión. Esto tiene toda la pinta de acabar como Afganistán, con una salida por la puerta de atrás, humillante y costosa en vidas y recursos. El imperio no tiene el estómago ni la capacidad industrial para sostener una guerra de guerrillas prolongada contra un pueblo que defiende su soberanía.
La irrelevancia del dólar y el nacimiento de un nuevo orden
Mientras tanto, EE.UU. ve cómo sus bonos del tesoro se venden masivamente, especialmente por parte de China, en un proceso de desacoplamiento del dólar que avanza más rápido que en años pasados. Los BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y ahora una decena más de países) ya comercian en sus monedas nacionales, promoviendo alternativas al sistema SWIFT y al predominio del dólar. El dólar va camino de la irrelevancia en una mayoría de países de Asia y el Sur Global, que representan aproximadamente la mayoría de la población mundial y la mitad —creciente— de la economía global. Este golpe a la hegemonía financiera es, quizás, el más devastador de todos, ya que socava la capacidad de EE.UU. para imponer sanciones, controlar flujos de capital y financiar su exorbitante deuda. La «ruina del imperio estadounidense» se está escribiendo en el crepúsculo del petrodólar.
Venezuela: El penúltimo clavo en el ataúd del imperialismo
No demos Venezuela por perdida, ni mucho menos. Al contrario, la resistencia bolivariana, jugando bien sus cartas, aprovechando el contexto multipolar y la decadencia imperial, puede convertirse en uno de los últimos clavos en el ataúd del imperialismo estadounidense. La capacidad de resistencia de Venezuela ha expuesto la futilidad de la agresión y ha demostrado que un mundo diferente es posible.
Es crucial buscar apoyo de clase en los propios Estados Unidos. Como en muchos triunfos imperiales de Roma, donde a veces la población lograba indultar a líderes o sus familiares de países enemigos capturados, hoy podemos apelar a la conciencia de la clase trabajadora estadounidense, aquella que también sufre las consecuencias del militarismo y la voracidad de su propia élite.
El tiempo corre a nuestro favor. Hay que ganar tiempo para organizar la resistencia, la de los países aliados de Venezuela, la de los movimientos populares del Sur Global y, fundamentalmente, la de la solidaridad internacionalista global, de clase y revolucionaria. La ruina del imperio no es un evento repentino, es un proceso; y Venezuela está en la primera línea de esta lucha histórica, construyendo, con su resistencia, el camino hacia un mundo multipolar y verdaderamente libre.

