Hugo Chávez: el comandante que le devolvió la dignidad al pueblo.

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Hugo Chávez: el comandante que le devolvió la dignidad al pueblo.

André Abeledo Fernández

Hay políticos que gestionan el sistema. Y hay políticos que intentan cambiarlo. Los primeros abundan. Los segundos escasean. Y cuando aparece uno que de verdad lo intenta, que de verdad pone el poder del Estado al servicio de los que no tienen nada, el sistema entero — la prensa, la oligarquía, el imperialismo yanqui, los golpistas de corbata — se le echa encima con todo lo que tiene.

Eso le pasó a Hugo Rafael Chávez Frías. Militar, revolucionario, presidente de Venezuela durante catorce años, y el dirigente político más odiado por las élites latinoamericanas y por Washington en las últimas décadas. Ese odio, por sí solo, ya habla muy bien de él.

Un hijo del pueblo que no olvidó de dónde venía.

Chávez nació en Sabaneta, en el estado Barinas, en 1954, en el seno de una familia humilde de maestros rurales. No era hijo de la oligarquía venezolana. No venía de las familias que controlaban el petróleo, la tierra y los medios de comunicación. Venía del pueblo llano, de esa Venezuela profunda que durante décadas había visto cómo la riqueza petrolera más grande del continente se evaporaba en los bolsillos de unos pocos mientras millones vivían en la miseria.

Y eso no lo olvidó nunca. Comprendía los problemas a los que se enfrentaban los trabajadores y campesinos pobres, rebosaba carisma y les daba el respeto y la dignidad que se merecían. 

En un continente donde los políticos hablan de los pobres pero comen con los ricos, Chávez fue una anomalía radical: un hombre de poder que seguía pensando como alguien que no tiene nada que perder.

Los números que la derecha no quiere que leas.

Cuando los medios de comunicación del sistema hablan de Venezuela, hablan de caos, de autoritarismo, de fracaso. Lo que no te cuentan son los datos. Y los datos son tozudos.

Venezuela redujo la desigualdad en un 54% y la pobreza en un 44% durante los años de la Revolución Bolivariana. La pobreza pasó del 70,8% en 1996 al 21% en 2010, y la pobreza extrema se redujo del 40% a tan solo el 7,3% en ese mismo período. Cerca de 20 millones de personas se beneficiaron de los programas de lucha contra la pobreza.  

La UNESCO reconoció que en Venezuela el analfabetismo fue eliminado, convirtiéndose en el tercer país de la región cuya población más lee. Desde la guardería hasta la universidad, la educación era gratuita, con el 85% de los niños en edad escolar asistiendo a la escuela y el país situado en el segundo lugar de América Latina en proporción de estudiantes universitarios.  

Estos no son datos inventados por la propaganda bolivariana. Son datos de organismos internacionales: la CEPAL, la UNESCO, el PNUD. Son los mismos organismos cuyas cifras la derecha cita cuando le convienen y ignora cuando no.

Pregúntale a cualquier trabajador venezolano que vivió la Venezuela de los años noventa — la Venezuela del «Caracazo», del FMI, del neoliberalismo puro y duro — qué significaron las Misiones Sociales. Las Misiones emergieron a partir de 2003 como respuesta directa a una situación de exclusión social acumulada durante décadas, llevando el Estado a territorios históricamente desatendidos, garantizando acceso gratuito a servicios fundamentales en salud, educación, alimentación y vivienda. 

Eso, en la práctica, es lo que VOX, el PP y toda la derecha de este país llaman «populismo». Sacar a la gente de la miseria. Darle acceso a un médico, a una escuela, a un techo. Qué escándalo.

El socialismo del siglo XXI frente al imperialismo del siglo XX.

Chávez defendió el socialismo cuando ningún dirigente de masas en el mundo lo hacía, allanando el camino a la clase trabajadora para acometer su tarea histórica. 

En la época del «fin de la historia», cuando nos decían que el capitalismo había ganado para siempre y que no había alternativa, Chávez se plantó en la tribuna de la ONU y dijo que el capitalismo era el problema, no la solución. Que la soberanía nacional no era negociable. Que los recursos de un pueblo pertenecen a ese pueblo y no a las multinacionales.

Washington no se lo perdonó. En abril de 2002 organizaron un golpe de Estado. La oligarquía venezolana, los grandes medios de comunicación y la CIA pusieron en marcha la maquinaria que ya habían usado en Chile en 1973, en Guatemala en 1954, en tantos otros países que osaron intentar algo diferente. Fue la acción de los trabajadores y el pueblo, movilizándose masivamente y estableciendo el control obrero de sectores estratégicos de la producción, lo que permitió derrotar el golpe y el posterior sabotaje patronal. 

El pueblo lo devolvió al poder en 48 horas. Eso no se improvisa. Eso es lo que pasa cuando un gobierno de verdad ha trabajado para su gente.

Sus contradicciones, que también las tuvo.

La honestidad intelectual obliga a no construir santos donde había seres humanos. Chávez concentró mucho poder en su figura personal, y esa dependencia del liderazgo carismático tiene límites y riesgos evidentes para cualquier proceso revolucionario. Su papel fue el de interpretar las necesidades y aspiraciones de las masas venezolanas confiando en los poderes creadores del pueblo, pero esa interpretación pasaba demasiado a menudo por su persona, por su voz, por su decisión. Un proceso revolucionario que no construye estructuras colectivas sólidas más allá del líder es un proceso vulnerable. Lo que vino después de su muerte en 2013 lo demuestra con dureza.

 

Pero los errores de Chávez no anulan lo que construyó. Los errores de Chávez nacían, como los del Che, de la urgencia de querer cambiar demasiado deprisa un mundo que llevaba siglos aplastando a los mismos de siempre.

Lo que su muerte nos enseña

Hugo Chávez murió el 5 de marzo de 2013, víctima de un cáncer. Tenía 58 años. Su legado vive en toda la clase trabajadora, impregnado en la fibra de cada persona que decide avanzar pese a cualquier dificultad.

Lo que Chávez demostró es algo que la derecha de todo el mundo lleva décadas intentando hacernos olvidar: que otro modelo es posible. Que los recursos naturales de un país pueden financiar escuelas, hospitales y pensiones en lugar de dividendos para los accionistas de una multinacional. Que un gobierno puede ponerse del lado de los que no tienen nada y construir algo diferente.

Aquí, en el Estado español, mientras VOX quiere abaratar el despido y privatizar las pensiones, mientras el PP recorta en sanidad y educación cada vez que gobierna, mientras la oligarquía mediática nos repite que no hay alternativa y que hay que apretarse el cinturón, el ejemplo de Chávez sigue siendo una bofetada de realidad.

Sí hay alternativa. Siempre la hay.

La pregunta es si tenemos la valentía de construirla.

¡Chávez vive, la lucha sigue!

 

André Abeledo Fernández

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