El PP es el guante de terciopelo que esconde el mismo puño de hierro contra los trabajadores que VOX.
André Abeledo Fernández
Hay una trampa muy vieja en la política de este país, y consiste en hacernos creer que entre la bota que te aplasta el cuello con furia y la que lo hace con elegancia existe alguna diferencia real para el cuello. El PP lleva décadas ejerciendo ese papel: el de la derecha presentable, la derecha de traje y corbata, la que habla de diálogo social mientras firma cheques en blanco para la patronal.
Pero los hechos son tozudos, y los hechos dicen que el Partido Popular, allá donde ha gobernado, ha aplicado exactamente el mismo programa de fondo que VOX proclama en voz alta. La diferencia no es ideológica. Es de marketing.
Cuando el PP impulsó su reforma laboral de 2012, no necesitó a VOX para abaratar el despido, precarizar los contratos y vaciar de contenido la negociación colectiva. Lo hizo solo, con mayoría absoluta, de madrugada, como hacen siempre los que saben que roban. Cuando la derecha más rancia de este país quiere destruir un derecho laboral, no lo anuncia en un mitin con banderas. Lo mete en un decreto-ley de doscientas páginas que nadie lee.
La clase trabajadora de este país tiene muy fresca todavía la memoria de lo que significa una mayoría del PP. Significa recortes en sanidad pública, en educación, en dependencia. Significa la congelación del SMI durante años mientras los beneficios empresariales no paraban de crecer. Significa trabajadores y trabajadoras que se ven obligados a medicarse para poder acudir a su puesto de trabajo, porque el modelo laboral que defiende la derecha —tanto la de etiqueta como la de botas— está diseñado para exprimir personas, no para dignificarlas.
El modelo que la patronal y sus partidos presentan como «éxito» oculta en realidad un sistema de gestión que afecta gravemente a la salud física y mental de la plantilla. Lo vemos cada día en los centros de trabajo. Lo vemos en la presión, en el miedo, en el silencio obligado de quien sabe que si levanta la voz le espera el despido. Y eso, camaradas, no es un problema de una empresa concreta. Es el modelo. Es el sistema.
La ultraderecha ha tenido al menos la desvergüenza de escribir en su programa lo que quiere hacer: más años de trabajo, peores condiciones, y el desprecio como política. Pero el PP lo practica con más discreción, amparado en medios de comunicación que le hacen la cama y en una clase media que prefiere no ver que la están desplumando con guantes blancos.
No hay nada más peligroso que el enemigo que se disfraza de moderado.
La clase trabajadora no necesita elegir entre quien le roba con navaja y quien le roba con bolígrafo. Necesita organizarse, sindicarse, tomar conciencia de que sus intereses no están ni en las urnas de la derecha ni en los despachos de la patronal. Están en los convenios colectivos arrancados con lucha. Están en los piquetes. Están en la solidaridad de clase.
Porque al final, como siempre, la historia la escriben quienes se organizan. Y nosotros llevamos mucho tiempo organizándonos.
¡Que la lucha de clases no descanse!
André Abeledo Fernández

