
Raúl Antonio Capote (Granma).— La lógica de la agresión no es nueva: estrangular económicamente a un pueblo hasta que el hambre se convierta en rabia, la rabia en caos, y el caos en la coartada perfecta para una intervención «humanitaria», camuflada tras la «responsabilidad de proteger»; es la misma partitura que tocaron en Libia, Siria, Iraq o Afganistán.
El desmontaje no necesita malabares teóricos. La maquinaria de guerra económica actualizada con algoritmos, busca el estallido ensayado en otros lares, pero que aquí, en la Isla, no ha ocurrido, poque el intento de convertir la carencia en ingobernabilidad choca con un tejido social resiliente, con una comunidad que ha aprendido a resistir junta.
La maldad del cálculo estadounidense radica en que necesita el sufrimiento extremo como materia prima. Cada medicamento que no llega, cada apagón multiplicado por la persecución a los suministros de combustible, es el eslabón de una cadena que pretende someternos a la irracionalidad del sufrimiento extremo.
Buscan apoderarse de los resortes económicos de la Isla sin disparar un tiro, en lo que sería un cambio de régimen con corbata y comunicado conjunto, en el que la soberanía se ahogue en el brindis, entre los sables y las banderas de 1902.
La máxima dirección cubana no es ajena a ese riesgo, y el hecho de que se denuncie sin paños tibios, demuestra que no hay disposición a entregar la llave del país a quienes todavía sueñan con transformarlo en casino y en burdel.
Puede ocurrir una agresión militar de EE. UU. La fábrica de pretextos está en acción: en la arquitectura de seguridad nacional estadounidense, a determinados sectores del aparato militar y de inteligencia les está permitido abogar por «medidas cinéticas», bajo la cobertura de la lucha antiterrorista.
Primero se construye al monstruo, luego se anuncia la cruzada, el mito de la Isla como amenaza, la calumnia de que su territorio es retaguardia de fuerzas desestabilizadoras, puede crear el clima emocional que justifica lo injustificable.
La historia de las intervenciones estadounidenses en la región muestra que, agotadas las vías no militares, el Pentágono siempre ha tenido un plan de contingencia sobre la mesa; negarlo es como negar las invasiones mercenarias, o los ataques bacteriológicos que golpearon la Isla en distintas décadas.
Lo dijo el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, con una crudeza que agradece el análisis serio: la dirección del país no descarta ese escenario porque sería una irresponsabilidad garrafal mirar para otro lado.
Díaz-Canel no ofreció un guion de ciencia ficción, lo que ofreció fue un diagnóstico de alta política, basado en la lectura de un adversario que jamás ha renunciado a destruir el proyecto revolucionario cubano.
La agresión militar no es un fantasma que camina solo en las palabras; explicarlo con rigor, lejos de las frases hechas, es también un modo de prepararse para conjurarlo, porque este país, que ya conoce el sabor de la pólvora, no piensa regalarle a nadie ni la sorpresa ni el miedo.





