La izquierda que desprecia a los trabajadores

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La izquierda que desprecia a los trabajadores

Hay un clasismo evidente en las élites económicas. Es algo que la clase trabajadora conoce bien porque lo sufre cada día. Lo vemos cuando un millonario habla de sacrificios mientras aumenta su fortuna, cuando un gran empresario reclama moderación salarial mientras acumula beneficios récord o cuando los poderosos miran por encima del hombro a quienes levantan el país con su trabajo.

Pero el clasismo no es patrimonio exclusivo de la derecha económica. También existe en sectores de la socialdemocracia, de la izquierda progresista y de esa falsa izquierda que lleva décadas hablando en nombre de los trabajadores sin contar con los trabajadores. Una izquierda de salón, acomodada, que se considera a sí misma una élite intelectual y moral llamada a dirigir al pueblo, pero que cada vez conoce menos al pueblo real.

Es el viejo principio del despotismo ilustrado adaptado al siglo XXI: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Nada nuevo bajo el sol. Un pensamiento profundamente burgués y profundamente clasista que considera a la clase trabajadora incapaz de pensar por sí misma, incapaz de organizarse por sí misma e incapaz de defender sus propios intereses sin la tutela permanente de supuestos expertos, asesores, profesionales de la política o gurús mediáticos.

Son los mismos que hablan constantemente de reducir la pobreza, de disminuir la desigualdad o de aliviar los abusos. Como si la misión de la política consistiera en administrar la injusticia para hacerla más soportable. Como si la pobreza fuera una realidad inevitable que simplemente hubiera que gestionar mejor.

Pero la justicia social no consiste en repartir limosnas. La justicia social consiste en acabar con las condiciones que generan pobreza, explotación y desigualdad. No se trata de que haya menos miseria. Se trata de que no exista la miseria. No se trata de que los abusos sean más suaves. Se trata de acabar con los abusos.

Como decía Eduardo Galeano, la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo. Esa diferencia lo explica todo.

Los trabajadores no necesitamos salvadores. No necesitamos pastores que nos conduzcan ni dirigentes iluminados que nos expliquen cómo debemos pensar. Necesitamos camaradas. Personas que compartan nuestras preocupaciones, nuestras luchas y nuestras condiciones de vida. Personas que nos consideren iguales y no simples votantes a los que movilizar cada cuatro años.

La emancipación de la clase trabajadora será obra de la propia clase trabajadora o no será. Esa vieja idea sigue siendo hoy más actual que nunca.

Mientras tanto, una parte creciente de la juventud se refugia en la ultraderecha. No porque la ultraderecha tenga soluciones reales a sus problemas, sino porque ha sabido ocupar el espacio que una izquierda desorientada ha dejado vacío. Se presenta falsamente como antisistema ante jóvenes que no encuentran trabajo digno, que no pueden acceder a una vivienda, que encadenan contratos precarios y que contemplan un futuro peor que el de sus padres.

La tragedia es que quienes deberían haber construido una alternativa creíble al sistema han terminado formando parte de él. Muchos jóvenes no identifican ya a la socialdemocracia como una fuerza de transformación, sino como una pieza más del engranaje. Y siendo honestos, tienen motivos para pensarlo.

El resultado es que fascistas, liberales, conservadores y buena parte de la socialdemocracia terminan moviéndose dentro de unos límites marcados por los mismos poderes económicos. Las oligarquías financian, presionan, condicionan y protegen un modelo que garantiza sus privilegios. Lo que realmente temen no es un cambio de gobierno. Lo que temen es una clase trabajadora organizada, consciente de sus intereses y capaz de actuar políticamente de forma independiente.

Por eso la historia vuelve a repetirse. Porque una falsa izquierda que ha renunciado a transformar la sociedad abre una vez más las puertas al avance de la ultraderecha. Ya ocurrió antes y vuelve a ocurrir ahora. Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.

Salvador Allende afirmó que «ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica». Aquella frase sigue teniendo una enorme vigencia. El problema es que millones de jóvenes no encuentran hoy una referencia revolucionaria, ni una alternativa visible al capitalismo que los condena a la precariedad, a la explotación y a la incertidumbre permanente.

Sin conciencia de clase y sin una izquierda que represente realmente los intereses de los trabajadores, otros ocuparán ese espacio. Y mientras no entendamos esta realidad, seguiremos asistiendo al mismo espectáculo una y otra vez: una falsa izquierda decepcionando al pueblo y una ultraderecha aprovechando la frustración para crecer.

La tarea sigue siendo la misma que hace cien años: organizarse, recuperar la conciencia de clase y construir una alternativa política que no hable por los trabajadores, sino que sea de los trabajadores. Porque nadie va a liberarnos desde arriba. Esa tarea nos corresponde a nosotros mismos.

 

André Abeledo Fernández 

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