Mercadona: cuando la conciliación estorba a los beneficios
Hay empresas que hablan constantemente de conciliación y hay empresas que la destruyen cada día. Mercadona pertenece al segundo grupo.
Mientras la compañía presume de ser un ejemplo de gestión y de responsabilidad social, miles de trabajadores viven sometidos a un sistema de horarios variables que hace imposible organizar una vida familiar digna. La realidad desmonta toda la propaganda.
Porque la conciliación no consiste en llenar folletos de buenas palabras. La conciliación consiste en poder cuidar de un hijo, atender a un familiar dependiente, acudir a una cita médica o, simplemente, saber cuándo vas a trabajar la semana siguiente. Y eso, en Mercadona, sigue siendo un privilegio del que la mayoría carece.
Los gobiernos llevan décadas hablando de conciliación mientras permiten que las grandes empresas vacíen de contenido ese derecho. Se legisla de cara a la galería, pero cuando llega el momento de enfrentarse al poder económico siempre acaban imponiéndose los intereses empresariales sobre las necesidades de las familias trabajadoras.
Mercadona es un ejemplo perfecto de ese modelo. Una empresa que decide cuándo trabaja cada persona, que modifica horarios según las necesidades comerciales y que convierte la vida de su plantilla en un enorme puzle imposible de resolver.
Nos venden como un gran avance librar dos días a la semana. Lo que no cuentan es el precio. Jornadas más largas, flexibilidad absoluta para la empresa y una disponibilidad permanente del trabajador. Se entrega tiempo de vida a cambio de una falsa sensación de mejora.
No existe conciliación cuando cada mes cambia el horario. No existe conciliación cuando cada día puede empezar y terminar a una hora distinta. No existe conciliación cuando toda la organización familiar depende de las ventas previstas o de la planificación de una tienda.
Especialmente sangrante resulta el trato a quienes solicitan reducciones de jornada para cuidar de sus hijos o de familiares dependientes. Un derecho conquistado tras décadas de lucha sindical acaba sometido a las famosas parrillas horarias pactadas por los sindicatos dóciles a la empresa. En lugar de proteger a quien cuida, se protege la cuenta de resultados.
Eso no es conciliación.
Eso es utilizar la conciliación como propaganda mientras se vacía de contenido en la práctica.
Resulta aún más indignante que algunos sindicatos pretendan presentar este modelo como un éxito. Un sindicato existe para defender a la plantilla frente al poder de la empresa, no para convertirse en el departamento de comunicación de la dirección. Cuando se firma cualquier retroceso laboral para mantener la paz social, se deja de representar a los trabajadores y se empieza a representar los intereses empresariales.
Mercadona presume continuamente de patriotismo, de ser una empresa muy española y de contribuir al progreso del país. Pero cuando llega el momento de elegir entre garantizar horarios dignos o aumentar beneficios, nunca hay dudas sobre qué prioridad elige la empresa.
Porque el patriotismo empresarial termina exactamente donde empiezan los márgenes de beneficio.
La verdadera patria de quienes viven de su trabajo no son los balances económicos de las multinacionales. La verdadera patria son las familias trabajadoras que necesitan tiempo para vivir, cuidar y educar a sus hijos con dignidad.
Mientras Mercadona siga considerando el tiempo de sus trabajadores una mercancía al servicio de sus beneficios, toda su propaganda sobre conciliación, responsabilidad social y compromiso con las personas no será más que eso: propaganda.
Y los derechos laborales seguirán siendo el precio que algunos están dispuestos a pagar para que unos pocos sigan acumulando beneficios millonarios.
André Abeledo Fernández

