China no es como nos cuentan, y lo peor es que EEUU es exactamente lo que parece

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China no es como nos cuentan, y lo peor es que EEUU es exactamente lo que parece

Hay una operación de propaganda tan vieja como el propio imperialismo: convertir al enemigo de clase en víctima y al verdugo en salvador. Llevan décadas haciéndolo con China. Y mientras Occidente repite el mantra del «totalitarismo chino», conviene preguntarse: ¿quién ha sacado realmente a 800 millones de personas de la pobreza extrema? ¿Quién ha mejorado, año tras año, las condiciones materiales de su clase trabajadora? ¿Y quién, en cambio, hunde a la suya en la precariedad, el copago sanitario y la jubilación cada vez más lejana?

Vayamos a los datos, que son tozudos y no admiten relato.

La edad de jubilación, sin trampa ni cartón.

China ha elevado su edad de jubilación a partir de 2025: los hombres pasarán de 60 a 63 años, las mujeres de cuello blanco de 55 a 58, las trabajadoras manuales de 50 a 55. Y el cambio, atención, se aplicará de forma progresiva durante quince años, atendiendo a los derechos adquiridos de cada generación.

Comparemos sin trampa: en los Estados Unidos, cuna del «mundo libre», la edad plena de jubilación es de 67 años. En España, con la reforma de las pensiones de 2013, alcanzaremos esa misma cifra en 2027. Es decir: la potencia «comunista» sigue teniendo, incluso tras su reforma, una de las edades de jubilación más bajas del planeta, muy por debajo de las dos potencias capitalistas que se erigen en jueces morales del mundo. ¿Quién exprime más a su clase trabajadora, camaradas? Los datos no mienten, aunque los medios lo intenten.

Un hito histórico que Occidente no puede perdonar.

China ha derrotado la pobreza extrema. No es propaganda, es un hito reconocido incluso por organismos internacionales nada sospechosos de simpatías comunistas. No significa que no exista pobreza en China —la hay, y las contradicciones del gigante asiático son reales y merecen análisis serio—, pero la erradicación de la pobreza extrema, planificada desde el Comité Central del Partido en 2015 y cumplida en 2020, es un logro que ningún país capitalista puede exhibir. Ni España, ni Estados Unidos, ni la Unión Europea entera pueden decir lo mismo de sus propios pobres, de sus propios barrios olvidados, de sus propias periferias condenadas a la exclusión estructural.

Xi Jinping recorrió decenas de aldeas empobrecidas antes de anunciar la victoria, y ni siquiera la celebró con la euforia que cabría esperar, conscientes sus dirigentes de las tareas pendientes. Esa es la diferencia entre planificar el bienestar de un pueblo y dejarlo en manos del mercado: aquí, la vivienda, la sanidad y la jubilación son mercancías; allá, aunque con contradicciones, son objetivo de Estado.

El verdadero rostro del imperio.

Mientras China planifica, Occidente destruye. Donald Trump ha declarado la guerra arancelaria al mundo entero, a aliados y adversarios por igual, sin más brújula que los intereses de sus multimillonarios. El imperio yanqui no tiene amigos: solo tiene súbditos temporales y enemigos por decreto. Ha quedado claro para cualquiera con ojos para ver: ni Europa, ni Canadá, ni México, nadie está a salvo de convertirse en el próximo blanco de su agresión comercial.

Frente a esa arrogancia imperial, la respuesta de Xi Jinping ha sido meridiana: «No permitimos en absoluto que ninguna fuerza exterior nos atropelle, oprima o esclavice; si alguien lo intenta, estampará su cabeza ensangrentada contra la férrea gran muralla de carne y hueso de los más de 1.400 millones de chinos.» Esa dignidad soberana, camaradas, es precisamente lo que Cuba, Venezuela y tantos pueblos del Sur global llevan defendiendo desde hace décadas contra el mismo imperio.

Quién es el verdadero enemigo.

El mundo cambia, y en tiempos de cambio, como advertía Gramsci, nacen los monstruos. El fascismo avanza en Europa y América Latina, alimentado por la misma desesperación social que genera el capitalismo en descomposición. Y frente a ese avance, la izquierda no puede seguir señalando al enemigo equivocado.

El verdadero enemigo de la clase trabajadora mundial no es la República Popular China. No es Cuba. No es Venezuela. El verdadero enemigo tiene sede en Washington, apellido multimillonario y uniforme de traje caro. Es la internacional fascista del capital financiero, disfrazada de defensora de la libertad mientras hunde a su propio pueblo en la precariedad y bombardea al resto del planeta con sanciones, aranceles y golpes de Estado.

Que quede claro, compañeros y compañeras: no se trata de idealizar a nadie, sino de mirar los hechos de frente. Y los hechos dicen que quien ha sacado a su pueblo de la miseria no es quien nos lo cuentan como el villano. El villano, camaradas, es quien parece serlo.

 

André Abeledo Fernández

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