Marruecos, Israel, Estados Unidos: el verdadero rostro de una tragedia anunciada.

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Marruecos, Israel, Estados Unidos: el verdadero rostro de una tragedia anunciada.

Vuelve a ocurrir. Vuelve a repetirse, como si fuese un guion ya escrito de antemano, una tragedia que ya conocemos de sobra. Más de cuarenta mil personas intentando cruzar de Marruecos a Ceuta. Veintiocho muertos, hasta ahora. Familias enteras, niños pequeños, menores no acompañados, jóvenes sin nada que perder, jugándose la vida por tierra y por mar. Y mientras tanto, aquí, en Europa, seguimos con el mismo teatro de siempre: fingir sorpresa, fingir que no sabemos por qué pasa esto, fingir que no tiene explicación.

Pues sí que la tiene. Y ya va siendo hora de decirla sin medias tintas.

Una frontera que se abre cuando conviene.

Marruecos es una dictadura. Un régimen sátrapa, con un rey que vive más en París que en su propio país, rodeado de una corte de corrupción y privilegio mientras su pueblo malvive sin horizonte ni esperanza. Y ese régimen, cada vez que necesita algo de Europa —dinero, silencio, complicidad—, utiliza a su propio pueblo como arma arrojadiza. Abre la frontera. La cierra. La vuelve a abrir. Todo según su conveniencia.

Que nadie se engañe: si Marruecos no lo permitiera, no pasarían familias con niños pequeños, no cruzarían menores solos, no lo haría nadie. Lo sabemos porque ya lo ha hecho antes. Lo hace porque la Unión Europea le paga por «controlar» las fronteras, y Marruecos, una vez cobrado el primer chantaje, siempre pide más. Y controla esas fronteras, según han denunciado organizaciones de derechos humanos, con una brutalidad que debería avergonzarnos a todos: autobuses llevando a personas saharauis al desierto para abandonarlas allí, a su suerte.

 

Huir de la miseria no es un delito.

¿Y qué hace ese pueblo marroquí? Huye. Huye de una dictadura, de una sociedad sin futuro, de la pobreza, creyendo —con razón— que en Europa tendrá una vida mejor. ¿Y quién no haría lo mismo?

¿Acaso nuestros abuelos no cruzaron el océano hacia América con lo poco que llevaban encima, huyendo también de la miseria? ¿Acaso no emigraron después a Alemania y a Suiza buscando lo que aquí se les negaba? Algunos dirán que a Suiza fueron con papeles. Puede ser. Pero a América no fueron con papeles: fueron con hambre y con la determinación de no morir en la pobreza. Es exactamente lo mismo que hace hoy el pueblo marroquí. La miseria no entiende de fronteras ni de siglos.

Un régimen al servicio de Israel y Estados Unidos.

Y aquí está lo que casi nadie se atreve a decir en voz alta: la dictadura marroquí no está sola en esto. Está sostenida, protegida y utilizada por Estados Unidos y por Israel. Por mucho que el pueblo marroquí sienta como propia la causa palestina, su gobierno siempre ha estado del lado de Israel y de Washington. Basta con mirar cómo coloniza el Sáhara Occidental: colonos, un muro, represión, un pueblo entero condenado al exilio en los campamentos del desierto argelino. Es, punto por punto, una copia del modelo de ocupación israelí.

Este es el régimen que no respeta los derechos de su propia ciudadanía, sostenido por la corrupción, con un rey que prefiere París, con figuras como Felipe González comprando mansiones en su entorno —imagino que allí se sentirá más cómodo—. Este es el régimen al que la Unión Europea le paga y le paga, y que aun así siempre pide más por hacer lo que es, sencillamente, su obligación. Este es el régimen que chantajeó a España para que reconociera el Sáhara como marroquí: una bajada de pantalones vergonzosa. Y este es el régimen que Trump y Netanyahu pueden utilizar, cuando lo necesiten, para presionar a Europa y a España.

Cobardes de un lado y del otro.

Y lo más lamentable es que ni el propio gobierno se atreve a llamar a las cosas por su nombre. Todo lo contrario: sumisión. Y desde la derecha, que tanto presume de patriotismo, la vendepatria es total: no solo no señalan lo que está ocurriendo, sino que redoblan el sometimiento a Estados Unidos, a Trump, a Netanyahu, a Israel y, por extensión, a la monarquía sátrapa de Marruecos, que nos chantajea y nos ataca con la inmigración cada vez que le conviene.

Señalemos a los verdaderos culpables.

No le echemos la culpa al más débil. No le echemos la culpa a quien huye de la pobreza. Echémosle la culpa a quienes convierten a su propio pueblo en pobres. A quienes tratan a sus ciudadanos como mercancía de negociación. A quienes los usan como arma de chantaje contra otros gobiernos.

Culpa al gobierno de Marruecos. Culpa a Israel. Culpa a Estados Unidos.

Tengamos, de una vez, el valor de señalar a los verdaderos responsables, y dejemos de ser tan cobardes y tan mentirosos como para culpar a quien más sufre en todo este drama. Aquí las grandes víctimas son el pueblo marroquí y quienes intentan huir de esa dictadura. Y también lo somos nosotros, ciudadanía europea convertida en rehén de un chantaje permanente.

El verdadero culpable, seguramente, está ahora mismo en París: el rey de Marruecos.

 

André Abeledo Fernández 

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