El ombligo que ya no es centro: sobre el egocentrismo europeo de una izquierda decadente
Camaradas:
Hay que decirlo sin miedo, aunque duela: existe un egocentrismo occidental que también anida en la izquierda, un complejo según el cual seguimos creyendo que somos el ombligo del mundo, el centro desde el que se mide toda revolución posible. Y es un error de fondo.
Lo que fuimos.
Nadie puede negar que Europa fue cuna y germen de procesos históricos decisivos: la lucha por la emancipación obrera, el socialismo, el comunismo y el anarquismo. De aquí salieron Karl Marx y Friedrich Engels, Vladimir Ilich Lenin y Rosa Luxemburgo; de aquí surgió la Revolución Rusa y el movimiento obrero organizado que, durante décadas, hizo temblar a la burguesía. Es una herencia real, no una leyenda que nos hayamos inventado.
Lo que somos hoy.
Pero la herencia no es un cheque en blanco eterno. Hoy no somos el centro. Somos una sociedad envejecida, en retroceso, en franca involución social. Perdemos derechos sin apenas resistencia organizada y, mientras tanto, abrimos de par en par las puertas a la ultraderecha y al fascismo, que avanzan justo por el hueco que deja nuestra pasividad. No somos hoy la gran esperanza de la humanidad y, sin embargo, actuamos como si lo fuéramos.
El complejo que nos ciega.
Este espejismo tiene un nombre: un absurdo complejo de superioridad, completamente antirrevolucionario en su esencia, porque se sostiene más en el deseo y en la añoranza de lo que fuimos que en el análisis honesto de la decadente realidad que vivimos.
Un revolucionario no se mira en el espejo del pasado para consolarse; mira la realidad presente para transformarla. Mientras sigamos creyendo que la vanguardia del mundo se decide en Bruselas, en París o en Berlín, seguiremos ciegos ante procesos de dignidad, soberanía y lucha popular que hoy laten con más fuerza en otros continentes.
Conclusión.
La tarea no es lamentar lo que fuimos, sino asumir con humildad lo que somos: una izquierda que necesita reconstruirse desde la autocrítica, no desde la nostalgia imperial disfrazada de orgullo revolucionario. Solo así podremos volver a merecer ser parte de algo grande.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

