Ucrania y Gaza: cuando las cifras desmontan el doble rasero
Camaradas:
Hay una pregunta que deberíamos hacernos cuando hablamos de las guerras de nuestro tiempo:
¿Todas las vidas civiles valen lo mismo?
La respuesta debería ser evidente.
Un niño ucraniano vale lo mismo que un niño palestino.
Una madre ucraniana vale lo mismo que una madre palestina.
Una vida humana no adquiere más valor dependiendo de la bandera que aparezca en un informativo.
Y, sin embargo, cuando observamos cómo se informa y cómo se analiza la guerra de Ucrania y lo ocurrido en Gaza, resulta difícil no preguntarse si realmente estamos aplicando el mismo criterio.
No pretendo minimizar ni una sola víctima ucraniana. La invasión rusa de Ucrania ha provocado una tragedia enorme y los ataques contra civiles deben ser condenados sin matices.
Pero precisamente porque rechazo el asesinato de civiles, quiero aplicar el mismo criterio a Palestina.
Y cuando ponemos los números sobre la mesa, la comparación resulta estremecedora.
820 niños en Ucrania frente a más de 21.000 en Gaza
La Misión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ucrania había verificado, hasta el 13 de agosto de 2026, 16.874 civiles muertos desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala, entre ellos 820 niños. También había verificado 51.273 civiles heridos, incluidos 3.126 niños.
Son cifras terribles.
No hay que relativizarlas.
Un niño muerto en Kiev, Járkov, Odesa o cualquier otra ciudad ucraniana es una tragedia.
Pero ahora pongamos al lado la cifra de Gaza.
En el último desglose de víctimas publicado por OCHA, basado en las cifras del Ministerio de Sanidad de Gaza, 73.110 palestinos habían sido reportados como muertos hasta el 8 de julio de 2026.
De las 71.444 víctimas identificadas individualmente hasta el 31 de diciembre de 2025, 21.283 eran niños, 10.983 mujeres y 5.100 personas mayores.
Es decir: 21.283 niños identificados como muertos en Gaza frente a 820 niños muertos verificados por Naciones Unidas en Ucrania.
La diferencia es de aproximadamente 26 a 1.
Y hay que recordar algo fundamental.
La invasión rusa a gran escala de Ucrania comenzó el 24 de febrero de 2022.
La guerra de Gaza comenzó el 7 de octubre de 2023.
Estamos comparando una guerra que lleva aproximadamente cuatro años y medio con otra que lleva menos de tres.
Y, aun así, el número de niños muertos identificados en Gaza es más de 25 veces superior al número de niños cuya muerte ha verificado la ONU en Ucrania.
No es una diferencia pequeña.
Es una diferencia de una magnitud extraordinaria.
Pero debemos ser rigurosos con las cifras
Aquí hay que evitar cualquier manipulación.
En Ucrania, Naciones Unidas habla de civiles muertos verificados.
En Gaza, no podemos afirmar que los más de 73.000 muertos sean todos civiles. El Ministerio de Sanidad de Gaza no proporciona un desglose completo entre combatientes y civiles, y OCHA advierte de que las cifras más recientes todavía no han sido verificadas por la ONU.
Pero esa incertidumbre tampoco permite fingir que desconocemos la magnitud de la mortalidad civil.
De las 71.444 víctimas identificadas hasta finales de 2025:
– 21.283 eran niños.
– 10.983 eran mujeres.
– 5.100 eran personas mayores.
Eso suma 37.366 personas pertenecientes a esos tres grupos.
Y esa cifra ya supera ampliamente los 16.874 civiles muertos verificados por la ONU en Ucrania.
Además, ni siquiera estamos contando aquí a los hombres civiles muertos en Gaza.
Por tanto, sería incorrecto afirmar que los 73.000 muertos de Gaza son necesariamente civiles.
Pero también sería incorrecto utilizar esa incertidumbre para ocultar la enorme dimensión de la mortalidad civil.
Sabemos que decenas de miles de niños, mujeres y personas mayores están entre las víctimas.
Y eso aparece en las propias cifras recogidas por Naciones Unidas.
Gaza no es solamente una cuestión de bombas
Hay otra diferencia que a menudo desaparece de los titulares.
La muerte en Gaza no procede únicamente de los ataques militares.
Existe también una crisis humanitaria producida por la destrucción de las condiciones necesarias para sobrevivir.
Agua.
Alimentos.
Medicamentos.
Electricidad.
Hospitales.
Saneamiento.
Combustible.
Viviendas.
Todo aquello que una sociedad necesita para mantener con vida a su población.
OCHA señala que el 90 % de las infraestructuras energéticas de Gaza habían sido destruidas según las evaluaciones disponibles, mientras que el 81 % de las estructuras estaban destruidas o dañadas.
El sistema sanitario está prácticamente devastado.
De 302 instalaciones sanitarias evaluadas en el último desglose de OCHA, 268 no funcionaban y 34 funcionaban parcialmente. Ninguna de las instalaciones hospitalarias ordinarias figuraba como plenamente funcional.
¿Podemos imaginar algo parecido en Europa?
¿Podemos imaginar una población de más de dos millones de personas concentrada en apenas 365 kilómetros cuadrados, desplazada repetidamente, con gran parte de sus viviendas destruidas o dañadas y con el sistema sanitario prácticamente colapsado?
Eso también forma parte de la realidad que debemos analizar.
El hambre también mata.
Y aquí volvemos a aquella frase del portavoz militar israelí Roni Kaplan:
«Matamos niños, sí. Pero de una forma rápida y eficaz, casi sin dolor. ¿Es mejor acaso dejarlos morir de hambre, como hacen en España?»
La frase resulta especialmente siniestra cuando recordamos lo ocurrido posteriormente en Gaza.
Porque el hambre no es una figura retórica.
El último desglose de OCHA señala que, en una encuesta realizada en junio de 2026, el 70 % de los niños pequeños de Gaza sufrían pobreza alimentaria moderada o grave, mientras que miles continuaban necesitando tratamiento por malnutrición aguda.
No debemos afirmar que todos los niños que han muerto en Gaza han muerto de hambre.
No tenemos datos para afirmarlo.
Pero tampoco podemos ignorar que la falta de alimentos, agua, medicamentos, electricidad y asistencia sanitaria puede transformar enfermedades tratables en enfermedades mortales.
Un niño gravemente desnutrido tiene más dificultades para combatir una infección.
Un bebé enfermo sin medicamentos corre mayores riesgos.
Una mujer embarazada sin atención obstétrica también.
Y un hospital sin electricidad ni suministros no puede ofrecer la misma atención que un hospital funcionando normalmente.
Por eso la destrucción de las condiciones básicas de supervivencia también forma parte de la historia de la mortalidad en Gaza.
La ayuda humanitaria tampoco llega con normalidad
OCHA sigue documentando restricciones de acceso humanitario y limitaciones para la entrada y distribución de suministros.
En junio de 2026, por ejemplo, las autoridades israelíes mantenían cerrado el paso de Zikim y Kerem Shalom era el único paso disponible para determinadas cargas aprobadas. OCHA señalaba que las restricciones de acceso estaban dificultando todavía más la respuesta humanitaria.
Aquí debemos ser precisos.
No es necesario afirmar que Israel provoca deliberadamente cada muerte por hambre para reconocer que las restricciones a la entrada y distribución de ayuda tienen consecuencias humanas gravísimas.
La responsabilidad debe demostrarse caso por caso.
Pero las consecuencias son reales.
Y las sufren los niños.
Incluso después del alto el fuego
El alto el fuego de octubre de 2025 tampoco significó el regreso a la normalidad.
OCHA informó de que entre el anuncio del alto el fuego y el 5 de agosto de 2026 habían muerto, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, 1.254 palestinos, habían resultado heridos 4.121 y se habían recuperado 804 cuerpos de debajo de los escombros.
En una sola operación de recuperación se encontraron 112 cadáveres, entre ellos 40 niños y 38 mujeres.
Es decir: incluso cuando se habla de «alto el fuego», la muerte continúa.
Y continúa en una sociedad cuya infraestructura ha quedado devastada.
OCHA calcula que el 82 % de las estructuras de Gaza habían resultado dañadas a mediados de junio de 2026, con más de 134.000 estructuras destruidas.
¿Y qué ocurre en Ucrania?
Lo que ocurre en Ucrania también es terrible.
La ONU verificó 437 civiles muertos y 2.610 heridos solamente durante julio de 2026, el mes con mayor número de víctimas civiles desde marzo de 2022.
Durante los primeros siete meses de 2026 había verificado 1.839 civiles muertos y 10.638 heridos.
Rusia está matando civiles.
Rusia está destruyendo infraestructuras civiles.
Rusia está utilizando misiles y drones contra ciudades ucranianas.
Y eso debe condenarse.
Pero condenar los crímenes contra los civiles ucranianos debería obligarnos, por coherencia, a condenar con la misma contundencia los crímenes contra los civiles palestinos.
No podemos convertir los derechos humanos en una herramienta geopolítica.
La pregunta incómoda.
Volvamos a la pregunta inicial:
¿Todas las vidas civiles valen lo mismo?
Si la respuesta es sí, tenemos que ser consecuentes.
Si 820 niños muertos en Ucrania son una tragedia que merece nuestra atención, ¿qué hacemos con más de 21.000 niños muertos identificados en Gaza?
Si 16.874 civiles muertos en Ucrania constituyen una catástrofe humanitaria, ¿cómo describimos la muerte de decenas de miles de palestinos, entre ellos niños, mujeres y personas mayores?
Y si la destrucción de una infraestructura civil ucraniana constituye un crimen que debemos denunciar, ¿por qué debería ser diferente cuando la infraestructura destruida está en Gaza?
La vida de un niño no puede depender de quién dispara el misil.
Ni de quién sea nuestro aliado.
Ni de qué bandera aparezca detrás del dirigente que habla ante las cámaras.
No quiero minimizar Ucrania. Quiero dejar de minimizar Palestina.
No quiero un doble rasero.
No estoy diciendo que las víctimas ucranianas importen menos.
Estoy diciendo exactamente lo contrario.
Importan tanto como las palestinas.
Y precisamente porque importan, rechazo el doble rasero.
No quiero que se justifique a Rusia.
Pero tampoco quiero que se justifique a Israel.
No quiero que se relativice la muerte de un niño ucraniano.
Pero tampoco quiero que se relativice la muerte de un niño palestino.
Los crímenes de unos no convierten en legítimos los crímenes de otros.
Ese debería ser un principio elemental.
El sufrimiento causado por Hamás el 7 de octubre no puede utilizarse para justificar cualquier cosa que Israel haga posteriormente.
Del mismo modo, la invasión rusa no puede utilizarse para justificar los ataques contra civiles.
La misma regla debe aplicarse a todos.
Y aquí vuelvo a España
Viviendo en el Estado español conozco perfectamente los problemas del país.
Tenemos pobreza, desigualdad, corrupción, abusos, racismo, problemas de vivienda e injusticias.
Y debemos combatirlos.
Pero no vivimos en Gaza.
Nuestros hijos no viven bajo bombardeos permanentes.
No tenemos a más de dos millones de personas concentradas en un territorio de 365 kilómetros cuadrados y sometidas a una devastación de estas dimensiones.
No tenemos un sistema sanitario prácticamente destruido por una guerra.
No tenemos a más de un millón de niños dependiendo de una ayuda humanitaria que no puede entrar con normalidad.
En eso, España y Gaza no son comparables.
No podemos acostumbrarnos
Quizá el mayor peligro no sea solamente la muerte.
Quizá sea acostumbrarnos.
Acostumbrarnos a ver niños muertos.
A ver hospitales destruidos.
A ver madres buscando a sus hijos entre los escombros.
A escuchar que faltan alimentos o medicamentos.
A que una cifra de muertos pase por la pantalla y desaparezca cinco segundos después.
No deberíamos acostumbrarnos.
Porque detrás de cada número hay una persona.
Y detrás de los más de 21.000 niños identificados como muertos en Gaza hay más de 21.000 vidas que ya no volverán.
La historia nos juzgará por una cosa
No por cuántas banderas defendimos.
No por cuántos Gobiernos justificamos.
No por cuántas veces repetimos la propaganda de nuestro propio bloque.
Nos juzgará por si fuimos capaces de reconocer la humanidad del otro.
No hay una vida palestina y una vida israelí.
Hay vidas humanas.
No hay un niño que merezca ser llorado y otro que merezca ser olvidado.
No hay una muerte civil aceptable y otra inaceptable.
Si condenamos la invasión rusa de Ucrania, debemos condenarla.
Si condenamos el asesinato de civiles ucranianos, debemos condenarlo.
Si exigimos justicia para los niños ucranianos, debemos exigirla también para los niños palestinos.
Y si defendemos que los responsables de crímenes contra civiles deben responder ante la justicia internacional, ese principio debe aplicarse sin importar el uniforme, la bandera o la alianza militar del responsable.
Porque si los derechos humanos solo sirven cuando los viola nuestro enemigo, entonces no estamos defendiendo los derechos humanos.
Estamos defendiendo una bandera.
Y yo me niego a aceptar que la vida de un niño tenga bandera.
André Abeledo Fernández

