
El cine, arte joven entre las artes, no es pese a ello solo imagen y sonido. Es también historia. Pero no en el caso que nos ocupa la que el cineasta de turno lleva a la gran pantalla, sino la Historia con mayúscula de la que brota. Por tanto, un cine como resultado del conflicto dialéctico entre lo viejo y lo nuevo. Lo que en términos marxistas representa la lucha de contrarios: el motor interno de todo cambio y desarrollo en la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. Un punto de inflexión, pues, que como en otras cinematografías (pienso en la soviética de los años 1920-1930 o en la norteamericana de 1940 y 1950), en el cine español sobrevino con la aparición del “Nuevo cine español” en las conocidas “Conversaciones Cinematográficas de Salamanca”. Un momento histórico-cinematográfico que constituye el fundamento de lo que es el cine español actual. Por consiguiente, hablamos de un importante acontecimiento cultural y de una cinematografía innovadora (la de los años 1960 y 1970) que finiquitó el cine franquista y que los jóvenes, y menos jóvenes, deberíamos descubrir o redescubrir en este previsible largo y caluroso estío que nos espera.
“Un cine de lo real”
En el cine español (temática que podríamos desarrollar en próximos “Travelling”) se distinguen tres grandes épocas: 1896-1930: Nacimiento y desarrollo del cine mudo. 1931-1939: Comienzo del cine hablado, bajo la II República y la Guerra Civil, y la época más extensa que va de 1939 a nuestros días, siendo en esa última época en la que surge ese antes y después del cine hispano que antes evocábamos. Concretamente, en mayo de 1955, en la Universidad de Salamanca. En aquella primavera, un grupo nutrido de cineastas dijo basta a un cine “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”: el cine franquista. Y sin más arma que su talento se echó a andar por un cine diferente. Un cine que fuese reflejo, y no parodia, de la realidad que vivía y sufría el país en aquel entonces. Y así empezaron a fluir joyas cinematográficas como: Muerte de un ciclista (1955) y Calle Mayor (1956), de J. A. Bardem; El pisito (1958), de Marco Ferreri; Los golfos (1960), de Carlos Saura; Plácido (1961), de L. García Berlanga; Viridiana (1961), de Luis Buñuel; El verdugo (1963), también de Berlanga; Del rosa al amarillo (1963), de Manuel Summers; La tía Tula (1964), de Miguel Picazo; Nueve cartas a Berta (1966), de Martín Patino; Tristana (1970), de Buñuel, etc., etc. “Un nuevo cine español” que debemos recuperar por su calidad artística, por ser una fotografía fidedigna de aquella descabellada sociedad fascista y en reconocimiento de la lucha enconada de aquellos hombres y mujeres “por un cine de lo real”.
Rosebud

