
EL GENOCIDIO COMO BANDERA: LA VERDADERA HISTORIA DE ESTADOS UNIDOS
Camaradas:
Hoy asistimos, con la complicidad activa de Washington, al genocidio que el Estado de Israel ejecuta sistemáticamente contra el pueblo palestino. Bombas, hambre inducida, desplazamientos forzosos, hospitales convertidos en escombros: todo ello con financiación, armamento y cobertura diplomática estadounidense.
Pero quien se sorprenda de que Estados Unidos sostenga a Israel mientras se desarrolla esta tragedia en Gaza no ha entendido nada de la naturaleza histórica de ese Estado. No es una anomalía. Es, desde esta perspectiva, una continuidad de su forma de ejercer el poder en el mundo desde sus orígenes.
Gaza: el hambre como arma y el silencio como complicidad
En Gaza asistimos también a otra forma de violencia: el intento de impedir o limitar la llegada de ayuda humanitaria a una población sometida a una situación de extrema necesidad. Cuando se obstaculiza el acceso de alimentos, agua, medicinas y otros bienes esenciales, el hambre deja de ser una consecuencia accidental de la guerra y se convierte en una herramienta de presión sobre toda una población.
Y cuando personas desesperadas hacen cola para conseguir un poco de arroz, harina o agua y son alcanzadas por disparos, estamos ante una realidad que debería estremecer la conciencia de cualquier ser humano.
Israel no podría mantener durante tanto tiempo esta política sin el respaldo político, militar y diplomático de Estados Unidos. Washington no es un espectador distante: es el principal aliado internacional de Israel, quien le proporciona apoyo militar y quien, mediante su peso diplomático, actúa repetidamente como su guardaespaldas en los organismos internacionales.
Por eso, cuando hablamos de la tragedia de Gaza, no basta con señalar al Gobierno israelí. Hay que señalar también a quienes lo arman, lo financian y lo protegen políticamente. La responsabilidad no termina en quien aprieta el gatillo; también alcanza a quien proporciona las armas, sostiene al agresor y utiliza su poder internacional para evitar que se le exijan responsabilidades.
Venezuela: la guerra económica contra un pueblo
La misma lógica de asfixia aparece en Venezuela. Durante años, las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y sus aliados han golpeado duramente la economía venezolana, dificultando el acceso a financiación, comercio, determinados bienes y recursos necesarios para el funcionamiento de la economía.
A ello se han sumado conflictos sobre activos venezolanos en el extranjero, restricciones financieras y medidas que han afectado a la capacidad del Estado venezolano para disponer de sus propios recursos.
No estamos hablando únicamente de una disputa entre gobiernos. Cuando las medidas económicas terminan repercutiendo sobre los salarios, el empleo, los servicios públicos, la alimentación o la capacidad de las familias para vivir dignamente, quienes pagan el precio son, en buena medida, los trabajadores y la población civil.
La llamada «guerra económica» debe analizarse también desde esta perspectiva: como una estrategia de presión destinada a provocar el desgaste social y económico necesario para forzar un cambio político.
Y detrás de Venezuela existe, además, una cuestión que no podemos ignorar: sus enormes recursos naturales y energéticos. Petróleo, gas, minerales y una posición geopolítica estratégica convierten al país en un territorio demasiado importante para los intereses de las grandes potencias.
La historia de América Latina está llena de ejemplos en los que los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos han pesado más que la soberanía de los pueblos. Venezuela no es una excepción.
Un bloqueo que es una condena a muerte
Sobre Cuba pesa desde hace más de sesenta años un bloqueo económico, comercial y financiero que ha sido condenado reiteradamente por la Asamblea General de las Naciones Unidas. No es simplemente una sanción: es una política de presión que persigue asfixiar económicamente a un pueblo entero por el «delito» de haber decidido su propio destino sin pedir permiso al imperio.
Cada medicamento que no llega, cada alimento encarecido, cada persona que encuentra dificultades para acceder a determinados tratamientos son consecuencias de una política que castiga a la población cubana. Estados Unidos no bloquea únicamente a gobiernos: sus medidas afectan también a los pueblos.
Gaza, Venezuela y Cuba muestran, con características diferentes, una misma lógica: cuando un pueblo no se somete a los intereses de Washington, la presión económica puede convertirse en un arma destinada a provocar sufrimiento, desgaste y desesperación.
Un genocidio fundacional
Y es que el genocidio no es un accidente en la biografía de Estados Unidos: forma parte de una historia marcada por la conquista y la violencia contra las naciones indígenas. La expansión territorial norteamericana estuvo acompañada de masacres, deportaciones forzosas, desplazamientos, confinamiento en reservas y tratados incumplidos. Millones de vidas quedaron destruidas mientras se construía el mito de la «frontera» y del «destino manifiesto».
Sobre esa conquista se levantó, además, un modelo económico cimentado durante siglos en la esclavitud de millones de africanos secuestrados, comprados y vendidos como mercancía. La explotación esclavista contribuyó de manera decisiva a la acumulación de riqueza que posteriormente sería presentada bajo el lenguaje de la «libre empresa».
Y cuando la esclavitud formal terminó, tampoco desapareció el racismo de Estado. Llegaron la segregación racial, las leyes Jim Crow, los linchamientos y la exclusión sistemática. Sus consecuencias históricas siguen siendo objeto de debate en torno a la discriminación racial, la violencia policial y las desigualdades existentes en el sistema penitenciario estadounidense.
El disfraz del «faro de Occidente»
Con esta historia de fondo, resulta una obscenidad ideológica que se nos presente a Estados Unidos como el faro de Occidente, como modelo de democracia y de derechos humanos a imitar.
No hay ningún faro que ilumine por igual: hay un Estado que construyó una parte fundamental de su poder sobre la conquista, la esclavitud y la segregación, y que hoy mantiene una estrecha alianza con Israel mientras sostiene políticas que afectan gravemente al pueblo palestino y mantiene un largo enfrentamiento económico y político con Cuba y Venezuela.
Llamar «democracia» a ese proyecto sin reconocer sus contradicciones históricas es un insulto a la memoria de sus víctimas.
Frente a este relato impuesto, la clase trabajadora y los pueblos que luchan por su soberanía tenemos la obligación de recordar la historia real, sin eufemismos ni medias tintas.
Solo conociendo el pasado y las contradicciones del imperio podremos entender su presente y organizar la resistencia necesaria.
Até a vitoria sempre!.
André Abeledo Fernández






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