El genocidio continúa y la diplomacia de la vergüenza lo blanquea

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El genocidio continúa y la diplomacia de la vergüenza lo blanquea.

Israel prosigue su proyecto de exterminio y limpieza étnica contra el pueblo palestino sin que nada ni nadie lo detenga. Mientras Gaza sigue siendo arrasada, el Estado sionista extiende su brazo criminal al Líbano, donde asesina a población civil, y a Siria, donde combina la ocupación territorial con bombardeos impunes. No hay tregua ni contención: hay terrorismo de Estado, apartheid, tortura y desprecio sistemático por el derecho internacional. Israel no incumple la legalidad internacional por error ni por presión de las circunstancias: la pisotea como método de gobierno.

La «Junta de Paz» de Washington: un decorado colonial.

La reciente puesta en escena diplomática impulsada desde Washington ha merecido el rechazo de numerosos analistas internacionales, de organizaciones de derechos humanos y, sobre todo, del propio pueblo palestino, que no se reconoce en ninguna de sus líneas. No es un plan de paz: es un simulacro, un decorado colonial diseñado para legitimar lo que ya existe sobre el terreno.

La denuncia más contundente que puede hacerse contra esta farsa es sencilla: reunieron a Israel, a gobiernos árabes cómplices y a lacayos internacionales del sionismo —empezando por Javier Milei—, pero excluyeron por completo a la representación palestina del diseño del futuro de su propio territorio. Se decide sobre Palestina sin Palestina. Así de simple, así de obsceno.

Un texto que calla lo esencial.

Los propios juristas que han analizado el documento coinciden en algo revelador: evita deliberadamente mencionar el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. No hay una palabra seria sobre el fin de la ocupación militar, ni sobre el estatuto de Jerusalén, ni sobre fronteras soberanas, ni sobre el derecho al retorno de las personas refugiadas. Se omite todo lo que importa porque todo lo que importa es, precisamente, lo que Israel y Washington no están dispuestos a conceder.

Un acuerdo entre genocidas, no un acuerdo de paz.

Lo que este plan hace en realidad es declarar unilateralmente Gaza bajo tutela israelí y norteamericana, exigiendo al pueblo palestino algo que no puede llamarse de otra manera que rendición. La mayoría de los observadores internacionales coincide: este texto no busca un acuerdo bilateral justo y equitativo, sino que valida la ocupación ilegal e impone una capitulación humillante bajo amenaza de exterminio. Es un insulto a la inteligencia y a la dignidad humana disfrazado de gesto diplomático.

Los nombres de la infamia.

Conviene no confundirse sobre quién es quién en este reparto de responsabilidades. Donald Trump, como presidente de los Estados Unidos, pasará a la historia como el patrocinador político de este plan de sometimiento y, muy probablemente, como uno de los mandatarios estadounidenses más serviles jamás puestos al servicio del proyecto colonial israelí. Benjamín Netanyahu, por su parte, quedará marcado como el artífice directo del genocidio contra el pueblo palestino, el hombre que dirigió el exterminio con la cobertura política y militar que Washington le garantizó. Ambos, sin duda, compartirán capítulo con Adolf Hitler cuando la historia escriba sobre los mayores genocidas de nuestro tiempo.

La solidaridad con Palestina no puede ser un gesto ocasional ni una consigna vacía. Es una obligación de clase y de conciencia frente a un genocidio que se desarrolla en tiempo real, con la complicidad de gobiernos que se llaman a sí mismos defensores de la paz mientras firman actas de rendición para las víctimas.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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