El monstruo de tres cabezas: sionismo, nazismo y fascismo, hijos putativos del capitalismo
Camaradas:
Ser radical es ir a la raíz de los problemas. Y la raíz de nuestro problema tiene nombre y apellidos: se llama capitalismo y, hoy, en plena descomposición, está pariendo de nuevo a sus criaturas más monstruosas.
Una izquierda desnortada frente a una ultraderecha que avanza
Vivimos en una sociedad radicalizada, con una izquierda, como mínimo, desnortada y desclasada. Una izquierda que ha dejado de creer en la clase trabajadora, que llega a negar la vigencia de la lucha de clases y que se autoengaña pensando que la moderación es la solución. Mientras tanto, el futuro se ve cada día más negro.
Nuestra juventud no ve horizonte, y es lógico: después de estudiar y prepararse, no puede ni siquiera independizarse. Y no son solo los jóvenes: trabajadores con empleo no llegan a fin de mes, aplastados por alquileres que se llevan gran parte del salario, con sueldos insuficientes para pensar en un presente y, mucho menos, en formar una familia.
Esa gran masa de gente aplastada por el sistema y su avaricia tiene hoy como único referente «antisistema» a la ultraderecha. Y la ultraderecha, con la izquierda desaparecida, ocupa sin esfuerzo un espacio que no le corresponde, azuzando el descontento con las viejas recetas de Goebbels: repetir la mentira mil veces hasta convertirla en verdad, buscar chivos expiatorios y prometer un cambio radical que, en realidad, es un fraude, porque el fascismo es el perro de guerra del capitalismo y come de la mano de los oligarcas.
Ni la socialdemocracia ni la izquierda moderada están preparadas para frenarlo. No combaten el sistema y los pueblos las ven como parte del problema, entendiendo la moderación y las medias tintas como la antesala de la traición.
El monstruo de tres cabezas.
Sionismo, nazismo y fascismo son hijos putativos del capitalismo. Radicalizan su discurso movidos por el miedo a un cambio real que ponga límites a los privilegios del IBEX 35, de la banca y de las oligarquías que los financian y controlan. Ese monstruo de tres cabezas es el verdadero enemigo de la clase trabajadora, de los servicios públicos, de la justicia social, de las libertades, de la educación y de la sanidad universal.
El pensamiento del pueblo elegido para dominar, la idea de una raza superior destinada a mandar sobre las demás, es un pensamiento inhumano e intolerable, se llame como se llame quien lo enarbole.
El racismo como cortina de humo.
En tiempos de crisis sistémica, el capitalismo recurre siempre a sus viejos fantasmas para sobrevivir. El racismo no es un fenómeno aislado ni una cuestión de prejuicios individuales: es una herramienta política y económica para fracturar la unidad de quienes solo tenemos nuestra fuerza de trabajo para subsistir.
Nos dicen que el migrante viene a quitarnos el trabajo o a saturar los servicios públicos, mientras ocultan que son los recortes, la precariedad y la evasión fiscal de las grandes fortunas quienes desmantelan nuestro bienestar.
Como sabemos bien en Galicia, pueblo históricamente emigrante, nadie abandona su hogar por capricho. Se hace empujado por el expolio de los recursos del Sur Global, por guerras financiadas desde Occidente o por la falta absoluta de futuro.
Mientras el obrero local mira con recelo al obrero extranjero, ambos dejan de mirar hacia arriba, hacia donde de verdad se toman las decisiones que nos empobrecen. Es la vieja estrategia de dividir para vencer. Nuestra lucha no es contra quien llega en patera, sino contra quien nos desahucia, quien nos explota y quien utiliza el miedo para ganar votos.
¿Corrupción o sistema?.
Existen distintos niveles de corrupción según el grado de degradación de las instituciones burguesas, pero no olvidemos que la corrupción es inherente al capitalismo. Quien hable de un «capitalismo bueno» miente: es un sistema basado en la explotación y la acumulación.
El capitalismo no tiene futuro. Vivimos una crisis de sobreproducción y de escasez de recursos naturales que genera nuevas guerras por su control. Se basa en un crecimiento infinito que llega a su fin. Las alternativas, hoy como ayer, son socialismo o barbarie.
La vida encarecida, los derechos arrebatados.
Perdemos capacidad adquisitiva mientras suben los productos básicos. Electricidad, agua, gas, combustible, alquiler o alimentar a una familia son ya artículos de lujo. A la pobreza del desempleo se suman ahora la pobreza energética y la pobreza salarial: se puede tener empleo y vivir en la miseria.
Los pensionistas sobreviven con pensiones miserables mientras algunos políticos las llaman limosnas estatales.
Nos han robado derechos con la excusa de una crisis que ha engordado la fortuna de los más ricos. Han legislado contra el derecho de huelga; los trabajadores pagan con multas y hasta con la cárcel la defensa de sus derechos en la calle.
Los empresarios lograron una reforma laboral a su medida. La sanidad pública pierde medios para beneficiar al seguro privado, poniendo nuestra vida a la venta como mercancía. La educación pública retrocede porque la oligarquía no quiere que estudie el hijo del obrero.
La clase obrera, víctima y verdugo del sistema.
El capitalismo tiene en la clase obrera a su víctima y a su verdugo al mismo tiempo. Somos los pilares del sistema y, si nos movemos juntos, se derrumba. Por eso las oligarquías se dotan de herramientas para mantenernos desunidos y confundidos, negando la vigencia de la lucha de clases como motor de la historia.
Ser militante comunista, o militante de izquierdas en general, obliga a ser tan realistas como utópicos, a entender el contexto y la correlación de fuerzas, a saber perder parte de nuestra razón cuando haga falta, pero jamás el primero de nuestros principios.
Hace poco discutíamos si mil euros al mes bastaban para vivir con dignidad; hoy se discute si un becario debe cobrar, y esos insuficientes mil euros pasan por salario de privilegiados.
Ese caldo de cultivo, hecho de salarios degradados, derechos perdidos y leyes que criminalizan la protesta, es el que alimenta un discurso fascista disfrazado de antisistema, que se sirve de la desesperación de la clase trabajadora para sus propios fines.
No hace tanto, uno de los pueblos más «cultos» de Europa respondió a una crisis del capitalismo eligiendo a un fanático racista como líder. Aquel país era Alemania; aquel elegido, Adolf Hitler.
Vivimos tiempos interesantes, como reza la maldición china: tiempos de descomposición del capitalismo, una crisis sin salida hacia adelante dentro de este sistema.
O la izquierda recupera su esencia y pone los pies en el suelo para llamar a las cosas por su nombre, o viviremos tiempos de fascismo.
No cantemos victoria todavía.
Como advertía Bertolt Brecht en el epílogo de La resistible ascensión de Arturo Ui, que el mundo entero se levantase y derrotase a la bestia no significa que su matriz haya dejado de ser fértil: el vientre que la engendró sigue vivo y sigue en condiciones de volver a parirla.
El fascismo nunca fue una anomalía ni un accidente histórico cerrado en 1945; es una posibilidad siempre latente mientras subsista el capitalismo en crisis que lo engendra.
No basta con haber vencido una vez al monstruo: hay que impedir que su madre vuelva a estar en celo.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

