Feijóo y el pinchacito: la hipocresía de quienes quieren mandar a trabajar al enfermo.
La hipocresía de algunos no conoce límites. Tampoco la falta de empatía ni la falta de humanidad.
El pinzamiento de Feijóo y la cruzada contra el enfermo.
Tenemos a Feijóo, líder del PP y de la oposición, aspirante a presidir el Estado español, que lleva tanto tiempo pidiendo elecciones anticipadas que ya ni nos acordamos. Este mismo personaje dejó de dar mítines y de hacer campaña porque decía tener un pinzamiento en la espalda, un pinchacito.
Pues ese mismo Feijóo considera ahora que las bajas laborales son demasiado largas y quiere emprender una cruzada contra los trabajadores que enferman. Los trabajadores de verdad, los que saben coger una pala. No como él, ni como Rueda, el presidente de la Xunta, que da incentivos económicos a los médicos que dan menos bajas o más altas.
Las mutuas: empresas privadas con dinero público.
Son los mismos que quieren que sean las mutuas las que decidan también las altas en las enfermedades consideradas comunes. Enfermedades comunes que, muchas veces, son en realidad enfermedades laborales que el sistema se niega a reconocer como tales para ahorrar dinero y para ahorrárselo a esas mismas mutuas.
Unas mutuas que, en teoría, deberían cuidar la salud de los trabajadores y que, aunque no se presenten como empresas privadas, funcionan como tales: reciben dinero público, defienden los intereses de las empresas para las que trabajan, les ahorran costes y hacen que el trabajador enfermo vuelva al puesto cuanto antes. Todos lo sabemos, por mucho que nos cuenten otra cosa.
Que los sindicatos mayoritarios apoyen que las mutuas agilicen las altas tampoco debería sorprendernos: hace mucho que esas cúpulas dejaron de ser sindicatos. Están vendidas, son sistémicas y son una panda de traidores.
Lo que sí debería seguir indignándonos es que un presidente autonómico y el líder de la oposición pongan en entredicho a los médicos, los acusen casi de actuar de forma ilegal e inmoral y pretendan que, con incentivos económicos, se salten su juramento hipocrático y manden a trabajar a gente enferma.
Para ellos, el trabajador de baja es un presunto delincuente, un presunto estafador, y el médico que firma la baja, un presunto cómplice.
El INSS y los tribunales médicos: sin empatía y sin pruebas que valgan.
Después nos encontramos con un INSS que hace lo posible por mandar a trabajar a quien está enfermo, porque aquí lo que importa es el dinero. Si hay mucho en las arcas, la gente puede estar enferma; si no lo hay, no puede. Que una persona esté enferma es lo de menos.
Y esto ocurre gobierne el Gobierno más progre de la historia o gobierne la ultraderecha: seguimos topando con un INSS sin empatía y con tribunales médicos a los que no les interesan las pruebas médicas, sino encontrar la manera de deshacerse de ti y ponerte a trabajar.
Con los mismos criterios con los que hace unos años se concedía una incapacidad absoluta, hoy ya no se concede. Donde antes se reconocía un 60, un 70 o un 80 % de incapacidad, ahora cuesta que den un 35 o un 40 %. ¿Por qué? Una vez más, por motivos económicos.
Mutuas que deberían cuidar la salud de los trabajadores y están para defender los intereses de los patrones. Un INSS que debería cuidarla y está para tratarlos como presuntos delincuentes y, si no pueden seguir trabajando, para que la incapacidad o la pensión que les quede sea la mínima posible: lo justo para sobrevivir; no ya con dignidad, simplemente sobrevivir.
Enfermos, despedidos y encima culpables.
Y mientras tanto, una derecha y otra derecha pretenden que sea aún peor, porque les parece que los trabajadores tienen demasiados derechos y pasan demasiado tiempo enfermos.
¿Cuánto falta para que alguno de estos ultras diga que un trabajador enfermo y de baja tampoco debería tener derecho a votar?
La patronal catalana ya ha dicho estos días que a quien acumule muchas bajas, o bajas demasiado largas, habría que despedirlo. Aunque lo hayan reventado física y psíquicamente durante años de trabajo para esas mismas empresas. Cuando llegan a una edad en la que ya no sirven, despedirlos sin más, porque ya no sirven.
No sé cómo llamar a esto sin insultar a quienes piensan así.
Y los abanderados son Abascal, que ha vivido siempre de la política y de los chiringuitos que le han puesto; Feijóo, que por un pinchacito no podía hablar en campaña, pero cree que una persona con una hernia puede seguir trabajando con la pala; y Ayuso, que acusa a los trabajadores mientras presume de comprarse sus cosas con dinero público.
Poco más que asco se puede sentir.
Hay una sola respuesta: organizarnos.
Ni los patrones, ni las mutuas, ni el INSS, ni los sindicatos de cúpula van a defender la salud de la clase trabajadora. Tendremos que defenderla nosotros.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

